Vecinos y otras catástrofes 13. La trampa
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13. La trampa

Fue el primero en catorce años y las condiciones en que se produjo importan, porque no fue una claudicación: fue una interpretación.

Federico Pardal había bajado al patio a las siete y media, antes que nadie, y se había encontrado el paño de la fachada este con el papel color hueso reblandecido hasta media altura y un charco de dos palmos al pie del zócalo.

No había llovido. No llovía desde el martes anterior.

Y el charco, que es el detalle que a un hombre de números le quita el sueño y a cualquier otro no le dice nada, tenía forma de abanico, con el vértice pegado a la pared.

—El agua ha caído de arriba —dijo Federico—. Desde arriba y a mano.

—O es capilaridad.

—La capilaridad sube, señor Cuenca. Usted me lo explicó en su cocina con una cucharilla.

Rafi Cuenca miró el charco un rato largo.

Sabía de sobra que el agua había caído de arriba y a mano, porque llevaba nueve noches viéndolo caer desde la ventana de su cocina, y no lo había dicho, y no pensaba decirlo, por una razón que en su caso no era lealtad ni caridad sino aritmética: en aquella finca había veinticuatro llaves colgadas de un corcho en su trastero, y un edificio donde se empieza a buscar culpables es un edificio donde alguien acaba preguntando de quién son las llaves.

—Quiero que lo cace usted —dijo Federico.

—Yo no soy vigilante.

—Usted es la única persona de esta comunidad que está despierta a las tres de la mañana y no tiene que madrugar.

Aquello era, en rigor, un elogio, y Rafi lo aceptó como tal. Después expuso la única objeción de fondo, que era doctrinal:

—Federico, yo tengo un principio. Yo no arreglo.

—No le pido que arregle. Le pido que mire.

Y ahí se le acabaron a Rafi Cuenca las objeciones, porque mirar sí.

Mirar es exactamente lo que él lleva haciendo catorce años, y lo que su doctrina no solo permite sino que exige.

Vigilar no es intervenir. Vigilar es dejar que las cosas ocurran mientras uno está delante, que es la definición misma de la entropía comunitaria.

Aceptó por veinte euros la noche, importe que Federico, después de discutirlo consigo mismo durante cuatro minutos, decidió imputar al concepto «servicios de conserjería nocturna» de un presupuesto que no existía.

El dispositivo

El dispositivo de vigilancia del Edificio Girasol constó de tres elementos y costó cero euros, porque todo salió del trastero.

El primero fue el puesto de observación.

Rafi descartó su propia ventana, que da al patio pero desde arriba y con mal ángulo, y descartó el rellano, donde hay corriente.

Se decidió por el 1ºB, que lleva vacío desde 2018 y cuyos propietarios viven en Reus y pagan la cuota por domiciliación sin haber pisado la finca en siete años.

La llave del 1ºB estaba en el corcho, con su etiqueta, entre la del 1ºA y la del 1ºC.

Entró el martes a las once y media de la noche.

El piso olía a cerrado y a cañería seca, y tenía las persianas bajadas y un calendario de 2018 en la cocina.

Rafi subió media persiana del salón, que da al patio a la altura justa, colocó una silla y comprobó el ángulo.

Se veía el paño este entero, el ángulo del fondo, la puerta de la escalera de servicio y la mitad del portal.

El segundo elemento fue la tumbona.

Es una tumbona de playa de las de aluminio y tela de rayas, de los años noventa, que estaba en el trastero desde que la trajo un vecino que se mudó.

Rafi la bajó el miércoles por la noche, cuando comprobó que la silla del 1ºB era incómoda y que tres horas sentado recto no las aguanta nadie con criterio, y la instaló en el patio, contra la fachada este, a dos metros del paño empapelado, porque desde allí se veía peor pero se estaba mucho mejor.

Esa tumbona iba a quedarse en el patio hasta noviembre.

Nadie la movió. Y el hecho de que aquel hombre durmiera en ella tres noches de finales de septiembre, a la vista de todo el mundo, iba a resultar más adelante, en circunstancias muy distintas, la única coartada sólida que tuvo nadie en aquel edificio.

El tercer elemento fue un termo de café y una linterna de la que su madre no quiso decir la procedencia.

Primera noche

La noche del martes 23 al miércoles 24, el dispositivo cazó a dos personas.

A la una y cincuenta entraron en el patio, por la puerta de la escalera de servicio, los dos chavales de dieciséis años del bloque de la esquina, con un móvil cada uno y una linterna de las de aplicación, que es una linterna que ilumina poco y avisa mucho.

Rafi los dejó llegar hasta el centro. Después encendió la suya.

Lo que siguió no fue una detención, porque un vecino en chanclas no detiene a nadie, sino una conversación de tres minutos en la que quedó establecido: que los chavales venían «a ver lo del fantasma»; que habían venido también el sábado y el domingo; que la puerta de la escalera de servicio estaba abierta porque siempre está abierta; y que ellos no habían tirado agua a ninguna pared, cosa que Rafi verificó por el procedimiento de mirarles las manos y las zapatillas, que estaban secas.

Los echó. Volvieron el jueves.

Y aquí surgió el primer problema serio del dispositivo, que Rafi anotó mentalmente y no le comunicó a Federico: que él no podía llamar a la policía.

Ni él, ni Federico, ni ningún otro miembro de una comunidad que estaba, en aquel preciso momento, empapelando una fachada con material de origen no acreditado, pegado con engrudo casero, para engañar a un técnico municipal.

Una finca que ha decidido no hacer nada ilegal todavía tiene un margen de maniobra policial muy estrecho.

Segunda noche

La noche del miércoles 24, el dispositivo cazó al podenco.

Herzog apareció a las dos y cuarto en punto, solo, entrando por la puerta de la escalera de servicio como si tuviera aquello mirado, cosa que a lo mejor tenía.

Bruno Salcedo estaba durmiendo cinco pisos más arriba, con la ventana a la calle y los tapones puestos, convencido de que su perro dormía en la cocina.

Rafi se levantó de la tumbona y lo llamó por el nombre, que él sí pronunciaba bien porque se lo había hecho repetir a Bruno dos veces, y el animal fue hacia él moviendo el rabo y le puso el hocico en la mano.

Después se apartó, se fue derecho al ángulo del fondo del patio —al ángulo del fondo, no a otro— y se puso a olfatear el suelo.

No olfateó al azar. Olfateó una franja de dos metros pegada a la pared, ida y vuelta, tres veces, con la insistencia de un animal que reconoce algo que no está.

Rafi Cuenca se quedó de pie a cuatro metros, con la linterna apagada, mirando aquello.

Podría haberlo entendido. Tenía todos los datos: la figura de la madrugada del domingo, la franja del suelo, un perro que había pasado cuarenta minutos atado a una tela el lunes 8 y que ahora buscaba esa misma tela en el sitio donde alguien la había arrastrado durante nueve noches.

No lo entendió. Lo apuntó, que no es lo mismo.

Subió al perro al ático a las tres menos cuarto y estuvo un minuto largo llamando al timbre hasta que Bruno abrió en calzoncillos, con un tapón en la mano y cara de no saber en qué país estaba.

—Se le ha escapado.

—¿Cómo se le va a escapar? Si duerme dentro.

—Pues duerme fuera.

Tercera noche

La noche del jueves 25 de septiembre, el dispositivo cazó a la señora Angustias Cuenca, de ochenta y cuatro años, y a cuatro señoras del mercadillo.

Entraron a la una y cuarenta por el portal, con la llave del portal, en fila y en silencio, con esa manera de andar de las mujeres de este país cuando van a un sitio donde no deberían estar y saben que no las van a echar. Angustias iba delante. Llevaba una linterna pequeña y una bolsa de tela.

Rafi las vio desde la tumbona, que quedaba en sombra, y no se movió.

Y desde allí, a seis metros, escuchó a su madre dar el tour.

Duró once minutos y tenía guion. Empezaba en el portal, delante del póster de la Macarena, donde se explicaba que debajo hay una humedad que llora desde el 96 y que tiene nombre.

Seguía por el arranque de la escalera, con una parada técnica en el papel pintado nuevo, «que se despega solo, señoras, ustedes verán».

Continuaba en el patio, en el ángulo del fondo, donde se contaba entera la historia de Ramona la del Girasol, costurera, viuda, muerta en aquella casa en el ochenta y cuatro, con dos detalles que a Rafi le constaban falsos y uno que le constaba inventado aquella misma noche.

Y terminaba junto a la puerta de servicio, donde la señora Angustias abrió la bolsa de tela y repartió una croqueta por cabeza.

Tres euros. Croqueta incluida.

Cuando se fueron las señoras, Rafi encendió la linterna.

—Madre.

—Ay, hijo, qué susto.

—Tres euros.

—Con croqueta.

—Que esto es la finca donde vivimos.

—Y por eso las traigo aquí y no a otra —dijo ella, sentándose en el bordillo del arriate con la bolsa vacía en las rodillas—. ¿O querías que anduviera enseñando el portal de los del número 5?

El interrogatorio duró veinticinco minutos y hay que reconocer, en honor a la verdad, que lo dirigió ella.

Empezó negando. Después reconoció «un paseíllo».

Después explicó que ella no cobraba por el fantasma, que ella cobraba por la croqueta y el paseo era gratis, distinción de una elegancia jurídica que dejó a su hijo sin argumentos durante un minuto entero.

Después pasó al ataque y le preguntó a él qué hacía sentado en una tumbona en el patio a las dos de la mañana cobrando veinte euros por noche de un presupuesto que no existe.

Y cuando su hijo le contestó que él estaba trabajando, la señora Angustias dijo la única frase de aquella noche que Rafi Cuenca no ha repetido nunca a nadie:

—Pues ya somos dos en esta casa que trabajamos de noche. Y no le hemos hecho daño a nadie, que yo sepa.

Cerraron el asunto a las tres menos veinte, en los siguientes términos: los tours seguían, pero de lunes a jueves, nunca en fin de semana; el guion se quedaba como estaba, incluida la parte inventada, porque quitarla ya era tarde; y las señoras entraban por la puerta de servicio, no por el portal, para no despertar al primero.

De comisión no se habló. Rafi Cuenca lo intentó dos veces y las dos veces su madre se puso a recoger.

Aquella noche, antes de acostarse, hizo la cuenta.

Y antes de la cuenta hizo otra cosa, que fue mirar el paño de la fachada este con la linterna, de cerca, como llevaba haciendo cada noche al terminar.

Estaba seco.

Seco el martes, seco el miércoles y seco el jueves. Tres noches seguidas sin una gota, después de nueve seguidas con ellas. El papel, libre por fin de agua, había empezado incluso a agarrar en la parte de arriba, y el engrudo de su madre, que era bueno, estaba haciendo por fin su trabajo.

Rafi Cuenca se sentó en la tumbona con la linterna apagada y le dio vueltas a aquello con el método que usa para las paredes, que consiste en no forzar y esperar a que la cosa hable sola.

Y la cosa habló: el agua había dejado de caer el mismo día en que él bajó la tumbona al patio.

De lo cual se seguía, sin necesidad de ser nadie, que quien echaba el agua veía el patio; que veía el patio desde dentro del edificio; que sabía cuándo estaba él y cuándo no; y que, por tanto, no era un gamberro del barrio, ni un chaval, ni una casualidad, sino uno de los diecinueve.

Aquello no se lo apuntó ni a sí mismo.

En el patio del Edificio Girasol funcionaban a esas alturas tres economías nocturnas distintas: alguien que echaba agua en una pared por motivos desconocidos, una anciana que cobraba tres euros por enseñársela a las señoras del mercadillo, y él mismo, cobrando veinte por noche por vigilar a los dos anteriores desde una tumbona.

Ninguna de las tres podía denunciar a las otras dos sin quedarse fuera del edificio.

El viernes 26 por la mañana, Rafi Cuenca subió al 1ºD y le entregó a Federico Pardal, en mano, un papel doblado en cuatro con el informe de las tres primeras noches de vigilancia.

Constaba de una línea.

Noches del 23 al 25: sin novedad.

Federico lo desdobló, lo leyó, le dio la vuelta por si había algo detrás y volvió a leerlo.

—¿Sin novedad?

—Sin novedad.

—¿Y el agua?

—No ha caído agua desde el martes. Puede usted comprobarlo.

Aquello era verdad, y por eso funcionó. Federico Pardal bajó al patio, palpó el paño de la fachada este con el dorso de la mano, lo encontró seco y firme, y experimentó durante unos cuarenta segundos la sensación más peligrosa que puede experimentar el presidente de una comunidad de propietarios: la de que un plan suyo está funcionando.

Subió a casa, abrió el archivo y anotó en la pestaña OCTUbrE que la incidencia de humedad en el paño este quedaba resuelta mediante servicio de vigilancia nocturna, con un coste de sesenta euros.

Después plastificó el informe.

Un papel de una sola línea, doblado en cuatro, escrito a bolígrafo por un hombre que sabía de sobra quién no era el culpable y que empezaba a sospechar quién sí, quedó archivado aquel viernes en la carpeta azul, entre el parte de la empresa de seguridad número 4471 y la copia del acuerdo de no hacer nada ilegal todavía.

Los tres papeles iban a leerse juntos, en voz alta y delante de todo el mundo, el 22 de octubre.