Vecinos y otras catástrofes 12. Fe, humedad y stories
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12. Fe, humedad y stories

Aquel viernes traían todas lo mismo.

—Chelo, ¿tú te has enterado de lo del patio?

La primera fue Encarni, a las diez menos cuarto.

La última fue una señora de la calle de atrás que ni siquiera vive en la finca y que llegó a las siete y media de la tarde con una versión que incluía dos apariciones, un olor a azahar fuera de temporada y un dato nuevo: que el ente llevaba un canastillo de costura.

A las once de la mañana, Chelo había apuntado seis testimonios en la libreta del trimestre.

A la una y media tenía once y una dificultad.

La dificultad era esta. En seis testimonios, la figura era baja.

En tres, era alta. En dos, «normal, como una persona».

Aparecía a las dos y cuarto, a las tres, «de madrugada» y, según Yoli del 3ºB, que tiene una niña de dos años y por tanto una relación libre con el reloj, «a una hora rara».

Se movía flotando, andando y «como quien busca algo».

Llevaba una sábana, un camisón, un velo y, en el caso de la señora de la calle de atrás, un canastillo.

Una libreta no aguanta eso. Una libreta es para cosas que pasan una vez.

De modo que aquella tarde, a las cinco, Chelo cerró media hora, se fue a la copistería de la avenida y volvió con cincuenta fotocopias de una hoja que había escrito ella misma a mano y que se titulaba, en mayúsculas y subrayado dos veces:

REGISTRO DE APARICIONES. EDIFICIO GIRASOL, C/ ANUNCIACIÓN 7.

La hoja tenía nueve campos.

Nombre y piso del declarante. Fecha. Hora exacta o aproximada, y ahí una nota entre paréntesis que decía «si es aproximada, póngase aproximada».

Lugar desde el que se observa. Duración.

Vestimenta del ente. Movimiento del ente, con cuatro opciones para marcar con una cruz: anda, flota, está parado, otro.

Sonidos. Y el noveno campo, que era el que Chelo consideraba el más importante y el que nadie de aquel edificio encontró raro, decía:

Estado de ánimo de la Lourdes ese día.

Con tres casillas: tranquila, llorando, mucho.

La cola empezó el sábado 20 a las diez de la mañana.

Vinieron a declarar catorce personas en dos días.

Vino Encarni, que declaró dos veces porque la segunda se acordó de un detalle.

Vino don Aurelio, que declaró a voces y de frente.

Vino la señora Angustias, que declaró un responso rezado por su cuenta a las tres de la madrugada y que preguntó, ya de paso y sin venir a cuento, si Chelo tenía cambio de cincuenta.

Vinieron dos chavales de dieciséis años del bloque de la esquina, que no habían visto nada pero querían saber a qué hora había que estar.

Y vino Yoli, que rellenó el formulario entero de pie y con la niña en la cadera y que marcó, en el campo nueve, la casilla de «mucho».

Federico Pardal no vino. Federico Pardal entró el domingo a las nueve, miró el taco de fotocopias sobre el mostrador, leyó los nueve campos sin tocar el papel y salió sin decir una palabra, cosa que en aquel hombre es la forma más alta de la protesta.

Maruchi Ardales sí vino.

Vino el sábado a mediodía, la sexta de la cola, con el bolso de rafia y las gafas de cerca colgadas del cuello, y pidió un formulario como quien pide un impreso en una ventanilla.

Chelo se lo dio. Se lo dio y se apartó al otro extremo del mostrador, a colocar unas madejas que no hacía falta colocar, y desde allí la estuvo mirando el rato que tardó en rellenarlo, que fueron cuatro minutos largos.

Maruchi escribió despacio. Se paró en el campo de la duración, contó algo con los dedos apoyados en el cristal y escribió una cifra.

En el campo de la vestimenta escribió tres palabras y tachó una.

En el de movimiento marcó la casilla de «anda», y fue la única declarante de los diecinueve que marcó esa.

Y en el campo nueve, el del estado de ánimo de la Lourdes, marcó «mucho», que era la casilla correcta, porque aquel día era la casilla correcta.

Devolvió la hoja doblada por la mitad.

—¿Y usted desde dónde lo vio, Maruchi?

—Desde el balcón.

—El balcón del tercero no da al patio.

—Da a la esquina —dijo Maruchi, sin mover un músculo de la cara—. Se ve el ángulo.

Chelo cogió la hoja, la grapó al bloque y le puso el número seis.

—Pues eso —dijo.

Y Encarni, el segundo día, cuando ya llevaba media hora hablando y Chelo llevaba media hora escribiendo, dijo lo que dicen siempre.

—Chelo, hija, es que tú lo que quieres es enterarte.

—Yo no cotilleo —dijo Chelo—. Yo archivo.

Y grapó el formulario número once encima del número diez, que es lo que hace ella cuando una conversación ha terminado.

Paranormal Girasol

Vane, del 4ºB, empezó a publicar la serie el sábado 20 por la noche.

Se llamaba «Paranormal Girasol», tenía sintonía —doce segundos de una música de miedo gratuita que se descarga de una biblioteca de sonidos y que llevaba usándose aquel año en cuarenta mil vídeos de todo el mundo— y tenía una estructura que Vane no había estudiado en ninguna parte pero que ejecutó con una limpieza que hubiera firmado un profesional: plano del patio vacío, plano del formulario de Chelo grapado, plano de la mancha del papel pintado, testimonio de vecina sin sacar cara, plano del reloj marcando las dos y cuarto, negro.

El primer capítulo lo vieron mil doscientas cuatro personas.

Fue la primera vez que un contenido de aquella chica salía del barrio.

Entre los comentarios había ya gente de Alicante, gente de Murcia, una cuenta de sucesos paranormales con veinte mil seguidores que preguntaba si podía compartirlo y los búlgaros de siempre, que en aquella ocasión también comentaron, aunque nadie supo qué.

Vane bajó el domingo a la mercería a enseñárselo a Chelo en el móvil.

Chelo lo vio dos veces. La segunda, con las gafas puestas.

—¿A que queda bien?

—Queda muy bien —dijo Chelo, y era verdad, y no lo dijo por quedar bien ella—. ¿Y esto lo ve quién?

—Cualquiera.

—¿Cualquiera cualquiera?

—Chelo, es internet.

Chelo dejó el móvil en el mostrador, boca abajo, y estuvo un momento con las dos manos apoyadas en el cristal, mirando la calle.

Llevaba cincuenta y un años enterándose de todo en aquel barrio con la única condición, no escrita y jamás discutida, de que lo que ella sabía se quedaba entre las cuatro paredes de una tienda que no vendía nada.

Aquella tarde, por primera vez, alguien le había puesto delante un sistema que hacía lo mismo que ella y que no tenía paredes.

—Vane, hija. Lo de la Lourdes no lo saques.

—¿Por qué?

—Porque la Lourdes es de la casa.

La noche del rodaje

Bruno Salcedo bajó al patio el sábado a las once y media de la noche con dos focos, el trípode y una silla plegable.

Lo montó todo en la esquina de las macetas, comprobó el sonido con unos auriculares grandes, apagó los focos para no contaminar la escena y se sentó a esperar con la cámara encendida en modo nocturno, que es un modo en el que todo se ve verde y todo el mundo parece culpable.

A las doce y media había en el patio tres personas más.

A la una y cuarto, nueve: los dos chavales del bloque de la esquina, una prima de Encarni que había venido de Dos Hermanas, don Aurelio con una banqueta, Yoli sin la niña, un señor que nadie identificó nunca y Vane, grabando a Bruno mientras Bruno esperaba al fantasma, plano que iba a tener más recorrido que ninguno de los suyos.

A las dos y cuarto no pasó nada.

A las dos y media, un chaval le preguntó a Bruno si aquello era para Netflix.

A las tres menos cuarto, don Aurelio se quedó dormido en la banqueta.

A las tres y diez, la prima de Dos Hermanas dijo que a lo mejor no salía porque había mucha gente, y todo el mundo estuvo de acuerdo, y esa fue la única explicación correcta que se dio aquella noche en el patio del Girasol.

Bruno recogió a las cuatro menos veinte, dio las buenas noches y subió.

En la ficha de rodaje de aquella jornada, en el apartado de material útil, escribió: nada . Y debajo, porque era honrado y porque estaba empezando a entender dónde se había metido, escribió una segunda línea: la gente esperando, sí .

Herminio

El domingo 21, a las dos y media de la tarde, entró Herminio Rueda en la mercería con el temario debajo del brazo.

Chelo le puso una silla sin que se la pidiera.

Herminio no venía a declarar. Herminio venía a comunicar, que es distinto, y lo hizo en el único registro que aquel hombre domina, que es el de la administración postal, de pie primero y sentado después, sin que Chelo lo interrumpiera ni una sola vez.

Dijo que llevaba desde 2019 haciendo un repaso nocturno de una a tres de la madrugada.

Que ese repaso no lo había suspendido nunca: ni el año de la gripe, ni el año que se le murió el padre, ni las dos veces que se quedó a diez décimas.

Que un repaso nocturno interrumpido no se recupera al día siguiente, porque el que se hace al día siguiente ya es el del día siguiente.

Y que aquella noche, la del sábado, había cerrado el tema a la una y cuarenta y no había vuelto a abrirlo.

—Es la primera vez en seis años —dijo.

—Ya.

—Y ahora encima hay gente en el patio a las dos de la mañana grabando con los móviles.

—¿Cuántos?

—Anoche, siete.

Chelo apuntó el número.

Después le preguntó, porque era la pregunta que había que hacer y porque en aquella tienda las preguntas que hay que hacer se hacen aunque no gusten, si él estaba seguro de lo que había visto el domingo 14.

Herminio Rueda se quedó callado el tiempo que tarda un hombre serio en contestar una cosa que lleva una semana sin contestarse a sí mismo.

—Yo vi algo blanco —dijo—. Lo demás lo he ido oyendo.

Y aquella frase, que fue la más honrada que se pronunció en el Edificio Girasol durante todo el mes de septiembre, se archivó en el formulario número diecinueve, campo de observaciones, con la letra pequeña de Chelo.

El patio

El lunes 22 por la mañana, el paño de la fachada este del patio estaba perdido.

No hacía falta ser Rafi Cuenca para verlo.

El papel color hueso tenía cuatro manchas grandes, tres esquinas levantadas y una franja entera despegada a la altura del zócalo, y por debajo asomaba el revoco viejo con su color de siempre y con la grieta, que iba desde el cuarto de contadores hacia arriba y que en dos semanas de septiembre no se había movido ni un milímetro, porque las grietas de verdad no tienen ninguna prisa.

Lo que sí se había movido era el suelo.

Chelo, que barre la puerta de su tienda todas las mañanas desde 1974 y que por tanto conoce el albero de aquel patio mejor que su propia letra, se dio cuenta el lunes de una cosa que nadie más apuntó: el albero estaba pisado.

Pisado de verdad, con esa capa dura y brillante que se le hace a la tierra cuando pasa gente todos los días por el mismo sitio, y las macetas del rincón estaban corridas, y en la esquina del fondo, la que se ve desde más ventanas, había siete u ocho colillas y un vaso de plástico.

De modo que aquello había dejado de ser un fantasma.

Aquello, en la tarde del lunes 22 de septiembre, era ya lo que Chelo apuntó en su libreta con una sola palabra, subrayada: público .

Y el público, cuando entra en un sitio, lo desgasta.

La operación más brillante que había emprendido aquella comunidad en sesenta y tres años se estaba deshaciendo, y no la deshacía el enemigo: la deshacía su propio éxito, siete personas por noche con el móvil en la mano pisando el albero y respirando encima de un papel que no había secado nunca.

Chelo cerró a las ocho y media.

Recogió los diecinueve formularios, los ordenó por fecha, los grapó por bloques de cinco y los metió en una carpeta de gomas nueva, a la que puso una etiqueta escrita a mano y que colocó en el estante de arriba, al lado de la que pone ANUNCIACIÓN 7.

Después abrió la libreta del trimestre por la última página, donde no hay formulario que valga, y escribió una línea suya, con su letra, que no le enseñó a nadie:

Jueves 11. Alguien me preguntó por Ramona.

Y debajo, más pequeño todavía:

Todavía.