Vecinos y otras catástrofes 11. El fantasma de la corrala
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11. El fantasma de la corrala

Porque el horario no lo eligió ella por capricho.

Lo eligió porque la tertulia de la madrugada, esa a la que llama de vez en cuando y en la que la conocen por el nombre de pila, termina a las dos y cuarto en punto, y porque una mujer que se levanta de la butaca cuando se despide el locutor no está haciendo nada raro: está apagando la radio y yéndose a la cama, como todo el mundo.

Y porque a las dos y cuarto Inma estaba en el hospital, que aquella semana le tocaban noches.

Conviene explicar el trabajo de preparación, porque hubo trabajo y no fue poco.

Se decidió por el sistema de sujeción con dos pinzas de tender en la nuca, que sujetan sin marcar, y por dejar el frente suelto, para que el aire hiciera su trabajo.

Lo segundo, y esto le llevó dos días, fue el personaje.

Un fantasma que corre es un chaval con una sábana.

Un fantasma que anda despacio también, si anda despacio como quien tiene prisa y se aguanta.

Lo que hace falta, y esto Maruchi Ardales lo sabe desde 1987, cuando la enseñaron a salir a un escenario sin dar un paso de más, es que la figura tenga una razón para estar ahí.

—Un fantasma no aparece —le dijo al espejo—. Un fantasma vuelve.

Y para volver hay que haberse ido de algún sitio.

De modo que el jueves 11, aprovechando que había bajado a por hilo blanco, Maruchi le preguntó a Chelo, así, de pasada, entre las gomas y los botones, quién vivía en aquella finca cuando ella puso la mercería.

Chelo contestó de corrido, porque a Chelo esas preguntas le gustan y porque nadie se las hace nunca.

Le habló de los Berrocal, que tenían el bar viejo.

Del practicante del segundo. De un matrimonio de Lucena que se volvió al pueblo en el 79.

Y le habló, sin darle importancia, de una costurera que vivió muchos años en el entresuelo, que cosía para la tienda a destajo, que se quedó viuda joven, que no salía apenas y a la que en el barrio llamaban Ramona la del Girasol.

—¿Y qué fue de ella?

—Se murió. En el ochenta y cuatro, o el ochenta y cinco. Aquí mismo, en su casa.

Maruchi le dio las gracias por el hilo y subió los tres pisos sin tocar la barandilla, que es como sube ella cuando va pensando.

Aquella noche escribió en el dietario, debajo de FUNCIONES, cuatro palabras: Ramona. Costurera. Viuda. Vuelve.

La primera función

La madrugada del domingo 14, a las dos y cuarto, Maruchi Ardales salió de su casa con la sábana doblada bajo el brazo, la regadera de plástico llena hasta la mitad —llena entera pesa demasiado y hace ruido de chapoteo— y las zapatillas de suela de goma que se compró para el crucero que no hizo.

Bajó por la escalera de servicio hasta el patio.

Y aquí hay que contar la escena dos veces, porque ocurrió dos veces a la vez.

Desde dentro de la cabeza de Maruchi Ardales, aquello fue una entrada.

Salió a un patio que ella había medido esa misma tarde en pasos, doce por siete, con la luz del rellano del primero como único foco y con el suelo de albero mojado por el riego de Encarni, que le daba a la escena una atmósfera que ninguna productora podría pagar.

Se colocó en el ángulo del fondo, el que se ve desde más ventanas.

Esperó veinte segundos, que es lo que se espera antes de una entrada, para que el silencio se dé cuenta de sí mismo.

Y avanzó tres metros y medio, sin correr, arrastrando un poco el paso, con el brazo derecho levantado no hacia arriba, que es de película antigua, sino a media altura y hacia adelante, como quien busca a alguien.

Desde fuera, es decir, desde la ventana del cuarto de baño del 2ºC, que era la única ventana con luz en ese momento, aquello fue una señora con una sábana por encima regando una pared.

Y ese hueco —el que va de una cosa a la otra— es todo lo que hay que saber sobre esta mujer y sobre esta historia.

Porque las dos versiones son verdad. La sábana se movía, y se movía bien.

Y la regadera, mientras tanto, iba echando el agua contra el paño de la fachada este por la parte de arriba, despacito, dejando que bajara sola por las juntas, exactamente como ella había visto que bajaba el martes desde el balcón.

Ocho minutos de función. Dos regaderas. Se retiró a las dos y veintitrés.

Y antes de subir hizo lo que iba a hacer todas las noches de aquella semana, que era levantar la cabeza y mirar el ático.

El ático estaba oscuro.

La segunda noche también. La tercera, la del lunes 15, se veía luz azul detrás de la persiana, la luz de una pantalla, y Maruchi alargó la función a once minutos y se colocó dos metros más a la izquierda, en el ángulo que se ve desde arriba, y estuvo allí de pie, quieta, con el brazo levantado, hasta que se le durmió el hombro. La persiana no se movió.

El jueves 18, cuando ya llevaba cuatro funciones, Maruchi Ardales había conseguido lo siguiente: que el 2ºC no durmiera, que el 2ºA bajara a contarlo, que la señora Angustias rezara un responso por una costurera muerta en el ochenta y cuatro y que en la mercería se hablara del asunto tres veces antes del mediodía.

Y que el único espectador para el que estaba montando aquello no se hubiera enterado de nada.

Un hombre de treinta y cuatro años que duerme con tapones porque viene de una ciudad con tráfico, en un ático que da a la calle y no al patio, no oye nada de lo que pasa en un patio a las dos y cuarto de la madrugada.

Eso lo hubiera sabido cualquiera. Lo sabía Rafi Cuenca, sin ir más lejos, que a esa hora estaba en su ventana con un vaso de agua.

Ella no. Ella llevaba treinta y seis años trabajando para un público que se supone que está ahí.

Lo que pasó por la mañana

El domingo 14 a las nueve y media, Federico Pardal estaba en el patio con las manos en la cintura mirando una mancha oscura del tamaño de una bandeja y una esquina de papel levantada a la altura del zócalo.

Llamó a Rafi. Rafi bajó, miró, tocó el papel con el dorso de la mano y dijo que era el engrudo, que con la pared húmeda tardaba en secar y que ya lo había dicho.

Lo había dicho. Eso era verdad, y a Federico le fastidió mucho que lo fuera.

Se decidió repegar la esquina y esperar a que secase.

Se repegó el domingo por la tarde. El lunes 15 por la mañana había dos manchas y tres esquinas levantadas.

Se repegaron. El martes 16 llovió, cosa que en aquel barrio en septiembre es una noticia, y aquello sirvió de coartada natural para todo.

Y el miércoles 17, cuando ya no había llovido en veinticuatro horas y el papel del paño este seguía blando como una servilleta, Federico Pardal empezó a hacer una cosa que no había hecho en siete años de presidencia: empezó a mirar a sus vecinos de otra manera.

Rafi Cuenca, mientras tanto, no dijo absolutamente nada. Ni lo del engrudo, que era verdad. Ni lo de la figura de la madrugada del sábado, que también.

Herminio

Herminio Rueda estudia por las mañanas y repasa por las noches.

El repaso nocturno es de una a tres, y es sagrado, y lleva haciéndolo desde la convocatoria de 2019, cuando un opositor de Linares le explicó en un foro que el temario se fija mejor de madrugada porque el cerebro no tiene competencia.

Lo hace con los tapones puestos, la lámpara de pie y la ventana del cuarto de baño abierta, porque en esa casa no hay aire acondicionado y en septiembre no hay quien duerma.

La madrugada del domingo 14, a las dos y dieciocho, Herminio Rueda fue al cuarto de baño a echarse agua en la cara.

Se quitó los tapones, cosa que hace siempre para no mojárselos, y miró por la ventana al patio, cosa que hace siempre porque desde esa ventana se ve el patio.

Volvió a su mesa. Estuvo doce minutos sentado sin leer. Después cerró el tema 9, apagó la lámpara y se acostó.

Al día siguiente no se lo contó a nadie. No se lo contó porque en aquella finca él era el hombre que lleva diecinueve convocatorias y unos cascos de obra al cuello, y porque un hombre así no puede permitirse ir contando que ha visto una figura blanca en el patio a las dos y cuarto de la madrugada.

Lo aguantó tres noches.

El miércoles 17, a las dos y veinticinco, Encarni del 2ºA salió a fumar al descansillo y se encontró a Herminio Rueda de pie en el rellano, con el temario debajo del brazo y los cascos puestos, mirando la escalera.

—Herminio, ¿qué haces aquí?

—Que hay una mujer.

—¿Qué mujer?

—En el patio. Todas las noches. Con algo blanco.

Y Encarni, del 2ºA, que llevaba desde 2016 sin dirigirle la palabra a los del cuarto y que llevaba toda su vida esperando una noticia de este calibre, hizo lo único que se puede hacer con una noticia así a las dos y veinticinco de la madrugada: bajó a decírselo a alguien.

A las dos y media lo sabía la señora Angustias. A las nueve de la mañana lo sabían siete pisos. Y a las once, Chelo, desde el mostrador, oyó por tercera vez aquel día que en el patio del Girasol había una mujer vestida de blanco, y a la tercera preguntó, sin mirar a la clienta:

—¿Y esa mujer tiene nombre?

—Dicen que es la costurera aquella. La que se murió aquí. Ramona.

Chelo se quedó con el bolígrafo en el aire un segundo y medio.

Después escribió la fecha en la libreta y no dijo nada, porque una cosa es archivar y otra es ir por ahí explicándole a la gente de dónde ha sacado los datos.

A la una y media de aquel mismo jueves, Bruno Salcedo bajó a comprar tabaco y se encontró en el portal a Encarni, a don Aurelio y a la señora Angustias hablando los tres a la vez debajo del póster de la Macarena.

Tardó cuatro minutos en entender la historia, porque se la contaron desordenada y con dos versiones distintas del pelo de la aparición.

Cuando la entendió, se quedó callado un momento, mirando el patio por el hueco de la puerta, con esa cara que ponen los de su oficio cuando les acaban de regalar algo y todavía están calculando cuánto vale.

—Interesante —dijo.

Y subió a por la cámara.

El vestuario

La madrugada del jueves 18, después de la función, Maruchi Ardales subió los tres pisos por la escalera de servicio con la regadera vacía y la sábana en el brazo.

Entró en casa. Encendió la lamparita del recibidor y no la del techo. Se quitó las zapatillas.

Y se puso a doblar la sábana.

La estiró primero sobre la mesa camilla, para quitarle las arrugas de haberla llevado encima; después la dobló por la mitad a lo largo, alisando con el canto de la mano desde el centro hacia los bordes, dos pasadas por cada mitad; después en tres, no en cuatro, porque en cuatro se marca el pliegue del medio; y al final le dio la vuelta al paquete para que la inicial bordada quedara arriba y a la vista.

Así se doblan los trajes de gira. Así los doblaba ella en habitaciones de hotel de Torremolinos, de Mérida y de Puertollano, a las cuatro de la mañana, cuando terminaba y todavía quedaba viaje.

Después subió al altillo, abrió la funda de plástico del vestido verde botella del ochenta y nueve y metió la sábana dentro, con él.

En aquella casa el vestuario se guarda junto.