Vecinos y otras catástrofes 10. Fachada Potemkin
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10. Fachada Potemkin

En sesenta y tres años, el Edificio Girasol había acometido cuatro obras.

La quinta obra de aquella finca fue la única que salió bien, y fue la única que no arregló nada.

El sábado fue el día grande.

Rafi Cuenca bajó al portal a las siete menos cinco, antes que nadie, con el café en un vaso de duralex, y dio la primera vuelta él solo. Aquella vuelta la daba todos los días y ninguno de los otros ocho entendió nunca para qué servía.

Iba despacio. Se paraba en cinco sitios: los buzones, el arranque de la escalera, el rellano del entresuelo, la esquina del patio y el cuarto de contadores, delante del cual no se paraba del todo, sino que aflojaba el paso.

En cada sitio ponía la mano en la pared a la altura del hombro y cerraba los ojos dos segundos, como el que cata, y luego seguía.

Después, cuando llegaba la brigada, dirigía.

Dirigir, en el sistema de Rafi Cuenca, consiste en no coger nada. En cuatro días no tocó una brocha, no cortó una tira de papel, no movió una caja. Los demás lo comentaban, y él lo tenía contestado desde el primer día:

—Si yo me pongo a pegar papel, ¿quién mira? Un edificio no se arregla mirándolo, pero se estropea si no lo mira nadie.

A las siete y cuarto llegó el desastre número uno, y llegó puntual, porque los desastres de aquella semana llegaron todos con una puntualidad de tren suizo.

Se acabó la cola.

Los dos paquetes de la ferretería habían dado para el portal y para el rellano del entresuelo, y quedaban por empapelar veintiséis metros de paño en la fachada este del patio, que era la parte importante, la que da a la escalera y la que ve un técnico municipal nada más entrar por la puerta de atrás.

La ferretería del barrio no abre los sábados.

La grande de la avenida sí, pero la grande de la avenida da factura, y una factura es un papel, y un papel es una prueba.

Aquí intervino la señora Angustias, que ya iba camino de convertirse en el departamento de compras de la operación.

—Engrudo.

—¿Cómo?

—Harina y agua, hijo. Con eso empapelaba mi madre la casa entera y allí sigue el papel, en el pueblo, cincuenta años después.

Se hizo en la cocina del entresuelo B, en dos ollas, con cuatro kilos de harina del súper y agua del grifo, y salió una pasta blanca y templada que olía a colegio. Lo subieron en cubos. Funcionaba. Pegaba de maravilla.

Rafi metió el dedo, lo probó con la yema, se lo limpió en el pantalón y dijo una cosa que en aquel momento no significó nada para nadie:

—Con la pared húmeda, esto tarda en secar.

—¿Cuánto? —dijo Federico.

—Depende del tiempo que haga.

Y no dijo más, porque le pareció que decir más era decir demasiado y porque, dicho sea en su honor, aquel hombre llevaba catorce años entrenándose para no terminar las frases que empiezan por «con la pared húmeda».

A las nueve pararon, que era la hora, porque a las nueve y cuarto bajaba el del ático con el perro.

Y el del ático bajó a las nueve y cinco.

Fue el momento más tenso de la mañana y se resolvió con una obra maestra colectiva de la que aquella comunidad no habla nunca porque no fue premeditada.

Encarni echó un trapo sobre el cubo del engrudo.

Don Aurelio se sentó encima de las cajas de papel.

Herminio, que aquel sábado sí estaba porque el sábado no cuenta como mañana de estudio, se puso delante del paño recién pegado con los brazos cruzados y la cara del que espera un autobús.

Vane empezó a grabar los geranios del patio.

Y Federico, que estaba a metro y medio con el rotulador en la mano, se metió el rotulador en el bolsillo y le dio a Bruno Salcedo los buenos días con una naturalidad que a Rafi le pareció, se lo dijo luego, malgastada en un presidente de comunidad.

Bruno se paró.

—¿Están de limpieza?

—Zonas comunes —dijo Federico—. Lo de siempre.

—Qué bien huele.

—Es de la iglesia.

Bruno se rió, dijo que aquel edificio era una película por sí solo y se fue con el perro.

En cuanto la puerta se cerró, nueve personas soltaron el aire a la vez y don Aurelio se levantó de las cajas y dijo, en voz muy alta porque tenía el audífono bajo, que él pensaba que se le iban a saltar los puntos.

El póster

A las tres y media se abrió el póster.

Llevaba desde el viernes 5 apoyado en la esquina del trastero, enrollado y atado con dos gomas, y la señora Angustias se había negado a explicar qué era, primero porque le gustaba el suspense y después porque, cuando ya llevaba una semana negándose, explicarlo habría sido perder categoría.

Lo desenrollaron entre Herminio y Encarni en el suelo del portal.

Era una Macarena. Un póster de un metro noventa por uno diez, en papel satinado, con la Esperanza a tamaño casi natural, la corona, las cinco lágrimas y un fondo de terciopelo verde, de esos que se imprimieron por millares para las casas de este barrio y que hoy solo se ven ya en los bares antiguos y en las peluquerías que no han cambiado de dueño.

Lo miraron todos en silencio. Después miraron el paño de la izquierda, el de la Lourdes, que aquella semana andaba muy activa y tenía el reguero bajando dos dedos por debajo del buzón del 4ºB.

Y volvieron a mirar el póster.

—Ni hablar —dijo Encarni.

—Mide justo —dijo Federico, que ya había hecho la cuenta con los ojos, que para eso llevaba cuarenta años.

—Federico, que eso es la Virgen.

—Eso es un póster.

—Es un póster de la Virgen.

El debate duró veinticinco minutos y tocó, por este orden, la fe, la costumbre, el respeto, lo que dirían los del número 5, lo que diría el arquitecto y lo que diría la propia Lourdes si pudiera hablar, argumento que en aquel portal ya se admitía sin que a nadie le llamara la atención.

Lo cerró la señora Angustias, que estaba sentada en el escalón pelando una naranja y que no había abierto la boca.

—Ponedlo. Que llore la Virgen, que para eso tiene cara.

Se puso.

Y hay que decir, porque es verdad y porque el Cronista no está aquí para adornar, que quedó bien.

Quedó, de hecho, mucho mejor que la pared.

El portal del Edificio Girasol, con el papel color hueso a un lado y la Esperanza de Sevilla a tamaño natural al otro, tenía a las cuatro de la tarde del sábado 13 de septiembre un aire de sacristía de barrio que emocionó a tres vecinas y que dejó a Vane, que lo grabó entero, con una frase para la posteridad publicada a las cuatro y diez:

mi bloque ha puesto a la virgen a tapar una humedad y os juro que queda increíble.

Aquello se lo vieron, aquella tarde, seiscientas sesenta y dos personas.

El olor

Quedaba el olor, que era el problema serio.

Un portal de 1962 con humedad de capilaridad huele a lo que huele, y ese olor no se quita: se sustituye.

Las cuatro garrafas de ambientador industrial del hotel cerrado eran de un aroma que en la etiqueta se llamaba «brisa nórdica» y que en la práctica consistía en pino, cloro y una tercera cosa dulce que nadie fue capaz de identificar.

Se pulverizó media garrafa a las cuatro y media.

El resultado fue el que había anunciado Rafi la semana anterior: la brisa nórdica no tapó el moho. Se casó con él. Y de aquel matrimonio salió un olor nuevo, propio, sin precedentes conocidos en el barrio, que Chelo describió desde la puerta de la mercería como «a pino recién muerto».

De modo que se volvió al incienso.

—Poquito —dijo Federico—. Dos pastillas.

Se pusieron cuatro, porque en este país nadie ha puesto nunca dos de nada, y se pusieron a las cinco menos veinte con las dos puertas cerradas, que fue el error, porque el miércoles se habían dejado abiertas y el miércoles no había pasado nada.

A los seis minutos, el humo blanco llegaba a la altura del primero.

A los siete, el detector que Chelo tiene puesto en la mercería desde el robo del 2013 hizo dos pitidos cortos y uno largo.

Y a los ocho, sonó el teléfono del mostrador, y era la central de alarmas, y preguntaron por la clave.

La clave de Chelo está apuntada en una caja del estante de arriba en la que pone «cinta de bies 15 mm».

Chelo tardó en llegar a la caja cuarenta segundos, en abrirla veinte y en encontrar el papel doblado otros treinta, y para entonces la operadora ya había cumplido protocolo, y el protocolo, cuando no hay clave y hay detección de humo, no es preguntar otra vez.

El vigilante llegó a las cinco y veinte en una furgoneta blanca.

Lo que se encontró aquel hombre, y así lo hizo constar en el parte número 4471 de aquella tarde, del que se dieron dos copias, fue lo siguiente: un portal sin fuego; nueve personas de entre veintinueve y ochenta y siete años, ninguna herida; una atmósfera de incienso de cofradía «con visibilidad reducida»; olor intenso a ambientador; y, en la pared del fondo, una imagen religiosa de gran formato recientemente instalada.

El vigilante hizo dos preguntas. La primera fue si había alguna procesión. La segunda, ya en la puerta y sin mirar a nadie, fue si aquello era una comunidad de propietarios o una hermandad, porque de una manera u otra tenía que ponerlo en la casilla.

Federico pidió una copia del parte y la guardó en la carpeta azul, y aquel papel, que a las cinco y media del sábado 13 de septiembre parecía la anécdota de la tarde, iba a leerse en voz alta en circunstancias mucho menos divertidas.

Cuando se fue la furgoneta, Rafi Cuenca se plantó en el centro del portal, con las manos en los bolsillos, y miró su obra.

Antes de mirarla, sin embargo, hizo una cosa que nadie vio: se acercó al paño de la fachada este, el del engrudo, y apoyó el dorso de la mano en el papel recién puesto.

Estaba frío. A las cinco y media de una tarde de septiembre, con veintiocho grados en el patio, aquel papel estaba frío y algo blando, como una servilleta que lleva un rato debajo de un vaso.

Cinco horas después de pegado. Rafi retiró la mano, se la secó en el pantalón y no dijo nada, y esa fue la tercera frase que se tragó aquel día.

El papel del ochenta y dos. La Esperanza. El olor. El brillo de los buzones, que don Aurelio había sacado con Netol. Y detrás de todo aquello, a cuatro milímetros de distancia, exactamente lo mismo que había el martes 2 de septiembre.

—Esto —dijo— es ingeniería popular no homologada.

Nadie se rió, porque nadie estaba escuchando: Encarni recogía cubos, Herminio se había ido a estudiar, Vane subía a montar y Federico contaba metros de papel sobrante para la señora Angustias. Y así es como se pierden las mejores frases de este país, que es dichas en el momento justo y sin público.

Aquella noche, Rafi Cuenca no durmió.

No dormía nunca bien, pero aquella noche menos, y a las tres y veinte de la madrugada se levantó a beber agua y se quedó en la ventana de la cocina, que da al patio y desde la que se ve, con la luz del rellano encendida, todo el paño de la fachada este recién empapelado.

Había alguien.

Se veía una figura, más bien baja, más bien ancha, con algo en la mano derecha que a esa distancia no era más que un bulto con asa. La figura se movió tres metros a la izquierda. Se paró. Levantó el brazo despacio, casi con cuidado, y estuvo así un rato largo.

Rafi Cuenca no encendió la luz, no abrió la ventana y no dijo nada.

Se quedó mirando, con el vaso en la mano, hasta que a las cuatro menos veinte la figura se fue por la escalera de servicio.

Por la mañana, en el paño nuevo de la fachada este, el papel color hueso tenía una mancha oscura del tamaño de un plato, y a la altura del zócalo se había levantado, muy poquito, una esquina.