9. Dos relojes
Federico leyó lo de la vivienda tres veces.
A las once bajó Bruno Salcedo al patio y estropeó los veintiún días.
Bajó con el perro y sin cámara, cosa que resultó ser peor, porque un hombre que baja sin cámara viene a hablar.
Bajó cuando estaban abajo Encarni, los Salguero en su turno, don Aurelio, Vane, la señora Angustias y Chelo en la puerta de la mercería, es decir, bajó cuando estaba el edificio entero, cosa que en aquella comunidad no es un momento: es un formato.
Se puso en el centro del patio, entre el cubo de la pintura y las cajas de papel pintado, y dijo que quería contar una cosa.
Lo primero que dijo fue gracias.
Lo segundo fue que estaba haciendo una película, un documental, sobre edificios como aquel y sobre la gente que vive dentro, y que hasta el día anterior creía que la película iba del edificio y que después de la tarde del lunes sabía que iba de ellos.
—Yo lo que les pido —dijo— es permiso para grabar el día a día. Sin posar, sin arreglar nada, sin que nadie se ponga guapo. Y muy importante: no me toquen la finca por mí.
Se hizo un silencio de los buenos.
—¿Cómo que no la toquemos? —dijo Encarni.
—Que no la arreglen. Que no la pinten. Que no tapen nada. Lo que tiene esta casa es lo que la hace única. La humedad del portal, por ejemplo. Esa mancha tiene nombre y todo, ¿verdad? Eso no lo tiene un edificio nuevo.
Y el que estaba oyendo aquello no era uno solo.
En el patio del Girasol, a las once y veinte de la mañana del martes 9 de septiembre, un hombre de treinta y cuatro años que hablaba de luz y de textura dijo tres frases, y esas tres frases entraron por dos oídos distintos y salieron convertidas en dos planes opuestos.
Por el oído de Federico Pardal entraron así: el del ático va a estar grabando dentro de mi finca los veintiún días que tengo para maquillarla, y además ha pedido en público, delante de testigos, que no la maquillemos.
Por el balcón del tercero, donde una mujer con un albornoz de raso llevaba diez minutos regando unos geranios que ya estaban regados, entraron de otra manera. Se verá luego.
—Nosotros tenemos una inspección —dijo Federico, en un tono que quería ser neutro y le salió administrativo—. Hay unas obligaciones legales.
—Claro, claro. Yo no me meto en eso.
—Ya. Pero es que usted acaba de pedir públicamente lo contrario de lo que dice la ley.
—Yo no he pedido nada legal ni ilegal —dijo Bruno, con la mejor voluntad del mundo—. Yo he pedido que no se disfracen.
Encarni dijo que eso era muy bonito. Los Salguero dijeron que qué salía ganando la comunidad.
Don Aurelio, que se había subido el audífono y estaba en primera fila, preguntó si aquello iba a salir en la televisión y si podía avisar a su hija de Girona.
Vane, que grababa desde el escalón sin sacar caras, se llevó aquella mañana ciento diecinueve seguidores nuevos y una idea que no compartió con nadie.
Herminio Rueda, que había bajado a por el pan y se había quedado en la puerta con la barra debajo del brazo, hizo la única pregunta con fondo jurídico de toda la mañana: quiso saber si eso que iba a grabar el señor se podía ver después en cualquier sitio o hacía falta pagar, porque si hacía falta pagar entonces él no salía, y si no hacía falta pagar, entonces su madre en Jaén lo iba a ver, y su madre en Jaén creía desde hacía cuatro años que él ya tenía la plaza.
Nadie le contestó. En el Girasol, a las preguntas de Herminio se les concede siempre el mismo trato: se escuchan enteras y se dejan donde están.
Y la señora Angustias preguntó lo único que a esas alturas quedaba por preguntar, que fue si eso se pagaba.
—Se paga una cantidad por localización —dijo Bruno—. Es lo normal. Ya lo hablaremos.
Aquella frase, «ya lo hablaremos», iba a tardar catorce días en volver, y cuando volvió, volvió con cifras y con abogados. Aquel martes no le hizo caso nadie, porque los vecinos del Girasol estaban ocupados en dos cosas mucho más urgentes: unos, en calcular; y otra, en decidir.
A la una y media, Federico bajó a la mercería y le pidió a Chelo la persiana.
Chelo la bajó hasta media altura, que en aquella tienda no significa que esté cerrada sino que está reunida, y puso tres cafés. A los diez minutos llegó Rafi Cuenca sin que nadie lo hubiera llamado, lo cual, dijo, era la prueba de que hacía falta.
Fue la primera cumbre de las tres que hubo aquel septiembre y fue la más limpia, porque todavía nadie mentía a nadie.
El problema técnico se planteó así: veintiún días, nueve personas con horarios incompatibles, doce rollos de papel, dos garrafas de pintura, un póster todavía sin abrir y una cámara que iba a estar dentro de la finca todos los días de la semana menos los que no.
—Necesitamos un plano —dijo Federico.
—De esta finca no hay plano —dijo Rafi—. Y si lo hay, está en el ayuntamiento, que es justo el sitio donde no conviene ir a pedirlo.
Chelo se metió en la trastienda y volvió con la carpeta de gomas, la abrió sobre el mostrador y sacó el folleto amarillo de la promotora, doblado por la mitad desde 1962, con las cuatro fachadas dibujadas a plumilla y el patio en el centro, bañado por un sol de tinta que en la realidad dura veinte minutos.
—Esto no es un plano —dijo Federico.
—Es lo que hay —dijo Chelo—. Y no se me manche.
Después abrió el cajón de la mercería y puso al lado un acerico de terciopelo lleno de alfileres de cabeza de colores, de los de costura, que ella vende desde 1974 y que no le compra nadie desde 1994.
Y así fue como el plan de fraude a la administración local más ambicioso que ha conocido la calle Anunciación se diseñó sobre un folleto publicitario de una promotora quebrada, con alfileres de modista clavados en las paredes de papel.
Alfiler rojo: lo que se tapa. Portal, paño de la izquierda —el de la Lourdes quedó en discusión y se le clavó igual, con el alfiler puesto en diagonal, que era la manera de Chelo de anotar «pendiente»—, rellano del entresuelo, fachada este a la altura del primero y del segundo.
Alfiler verde: lo que se limpia y se deja. Buzones, barandilla, claraboya.
Alfiler blanco: lo que no se toca ni de broma. Cuarto de contadores. Ese lo clavó Rafi él mismo, sin explicar por qué, y cuando Federico fue a preguntarlo, ya estaba hablando de otra cosa.
Y alfiler negro, uno solo: el patio. Porque el patio, dijo Rafi, es lo primero que mira un técnico, y porque el patio es lo único de aquella finca que no se puede disimular con nada de lo que había en el trastero.
Repartieron los veintiún días en cuatro bloques.
Se decidió que se trabajaría de siete a nueve de la mañana, antes de que el ático se levantara, y de tres a cinco de la tarde, que es la hora en que en aquel barrio no hay nadie despierto ni con cámara ni sin ella.
Se decidió que a Vane se le seguiría dando contenido, porque una Vane sin contenido es una Vane que va a buscarlo.
Y se decidió, esto lo propuso Chelo y lo apuntó ella sola en su libreta, que en presencia del señor Salcedo no se pronunciaría en voz alta ninguna de estas cuatro palabras: inspección, arquitecto, tapar y derrama.
Eran las tres y veinte cuando terminaron. Federico salió a la calle con el folleto doblado en la carpeta azul y los alfileres pinchados en el corcho de la mercería, en la misma posición, para poder rehacerlo.
Andando hacia el portal se dio cuenta de una cosa rara y desagradable, que era que se lo había pasado bien.
Llevaba siete años presidiendo aquella comunidad y aquella era la primera vez que se sentaba a hacer un plan con alguien. Con alguien que le llevaba la contraria, que le caía mal, que no pagaba y que probablemente le iba a costar un expediente; pero con alguien.
Subió al 1ºD sin silbar, porque él no silba, y con la sensación exacta de un hombre que silbaría.
Mientras tanto, en el tercero, Maruchi Ardales llevaba dos horas regando.
Había salido al balcón a las once, cuando bajó el del ático, y no se había vuelto a meter.
Regó los geranios. Volvió a llenar la regadera y los regó otra vez.
Y a la tercera, con la regadera todavía en la mano y la cabeza en otro sitio, dejó caer el agua fuera de la maceta, contra el peto del balcón, y se quedó mirando.
El agua bajó por la fachada. Bajó despacio, buscando las juntas, y donde tocó el revoco viejo, el color de la pared cambió: de aquel beis polvoriento pasó a un marrón oscuro y vivo, con manchas de borde irregular, y esas manchas tardaron un rato largo en desaparecer, y algunas, en la parte de abajo, no desaparecieron del todo.
Maruchi Ardales miró aquello el tiempo que tardó en entenderlo, que fueron unos cuatro segundos, porque cuando una persona lleva treinta y seis años esperando una oportunidad tiene el entendimiento muy entrenado para lo que le conviene.
Repasemos su razonamiento, que es impecable si se acepta la premisa, y la premisa era del propio interesado, dicha en voz alta en el patio delante de nueve testigos: lo que hace única a esta casa es la humedad, la mancha, lo que se cae.
Ergo lo que da valor no es la finca arreglada: es la finca como está.
Ergo lo que la brigada de Federico se dispone a hacer durante veintiún días no es adecentar.
Es destruir el único activo del edificio.
Ergo alguien tiene que defenderlo.
Entró en casa, dejó la regadera en el suelo del salón, sacó el dietario de tapas de hule y escribió tres líneas en bolígrafo azul. La segunda decía: el agua se seca; el papel no .
Inma llegó a las siete, antes del turno, con el pelo mojado de la ducha del hospital y una bolsa de la compra en cada mano.
—Te ha visto medio barrio dos horas en el balcón.
—Estaba regando.
—Dos horas.
—Los geranios de septiembre piden mucho.
Inma dejó las bolsas en la encimera y estuvo un momento callada, ordenando las latas por tamaños sin darse cuenta de que las ordenaba, que es una cosa que hace desde la carrera cuando algo le da vueltas.
—Hoy me ha dicho la supervisora que en el hospital nuevo están cogiendo gente. En Sevilla.
—Ah.
—Digo por decir.
—Muy lejos —dijo Maruchi, sin levantar la vista del dietario, y aquella fue la conversación entera, porque a las siete y veinte Inma se fue a cambiarse y a las ocho menos cuarto ya estaba en la calle.
A las nueve, el patio del Girasol tenía la luz naranja de los primeros días de septiembre, esa que entra de lado y le sienta bien hasta a los desconchones.
Sonaba una televisión en el segundo. Alguien freía algo en el cuarto.
Y en el portal, apoyada en la pared recién empapelada, había una escoba que nadie recogió hasta el jueves.
Aquella noche, en el Edificio Girasol, había dos planes, dos calendarios y una sola fachada.
Y en la pestaña que llevaba desde el miércoles anterior sin nombre, Federico escribió por fin una palabra: OCTUbrE.