8. Se busca podenco
Decía, resumido, que España se está quedando hueca por dentro; que la ruina de este país no está en los pueblos vacíos, que eso ya se ha contado, sino en los edificios de las ciudades donde todavía vive gente; que había que rodarla sin pintoresquismo, sin guitarra, sin plano de anciana en silla de mimbre a contraluz; y que el autor, Bruno Salcedo, treinta y cuatro años, proponía instalarse seis meses en una finca de los años sesenta de un barrio popular del sur y filmarla con luz natural hasta que dejara de disimular.
En la página nueve, en el apartado de riesgos de producción, se enumeraban tres: la meteorología, la disponibilidad del ayuntamiento y el acceso a los vecinos.
No figuraba el riesgo de que a uno le perdieran el perro.
Bruno bajó al portal a la una menos veinte con el bolso de la cámara al hombro, buscando a Herzog para irse a una reunión, y se encontró un pasillo de humo blanco que olía a iglesia, media pared empapelada con un dibujo de rombos en relieve, once vecinos que se le acercaron todos a la vez y una señora mayor de pie en mitad del patio con una sábana en las manos.
Le pidieron perdón por turnos. El problema fue que se lo pidieron contándole cosas distintas.
Uno le dijo que el animal se había asustado del incienso.
Otra le dijo que la culpa era del humo y que el humo era de la hermandad y que la hermandad no tiene culpa de nada.
Un señor mayor con audífono le dijo que él lo había visto salir tranquilo, andando, «como quien va a un sitio».
Una chica con el móvil en la mano le enseñó nueve segundos de vídeo en los que no se veía nada.
Y la señora de la sábana no le dijo nada.
—¿Cuánto hace? —preguntó Bruno.
—Cuarenta minutos —dijo el hombre mayor de la carpeta azul, mirando el reloj—. Cuarenta y tres.
Y entonces ocurrió una cosa que Bruno Salcedo no había visto nunca, porque en su oficio uno rueda comunidades pero no las tiene, y porque él llevaba desde los diecinueve años viviendo en pisos donde la vecina de enfrente era una puerta.
Nadie dijo «qué pena». Nadie dijo «ya aparecerá».
El hombre de la carpeta azul se sentó en el escalón, sacó un bolígrafo, le quitó el capuchón, se lo guardó en el bolsillo de la camisa y dibujó en el reverso de una hoja plastificada un cuadrado con nueve casillas.
—Esto es el barrio. La finca está aquí. Calle Anunciación tiene salida por las dos puntas y detrás está el descampado. Encarni y yo, la manzana de la parroquia. Los Salguero, hasta la avenida. Vane, tú por el descampado, que eres joven. Herminio, el bar y los contenedores de la esquina.
—¿Y usted no viene? —le dijo alguien a un hombre de mediana edad que estaba apoyado en el marco de la puerta.
—Yo pregunto —dijo el de las chanclas—. Se encuentra más preguntando.
Salieron a la calle a la una menos cuarto de un lunes de septiembre, con cuarenta grados a la sombra y la mitad de las persianas del barrio echadas, y estuvieron buscando cuatro horas.
Bruno los siguió.
Y a los veinte minutos, sin haberlo decidido, sacó la cámara del bolso, porque llevaba veinte minutos con las manos vacías y con esa sensación física de inutilidad que es lo único que se siente cuando uno ha perdido algo vivo, y porque filmar era lo único que sabía hacer con las manos desde 2014.
Lo que grabó aquella tarde, y que no montaría hasta mucho después, fue esto.
Una mujer en bata llamando a un perro por una nombre que pronunciaba «Jersó», asomada a un contenedor de escombro con medio cuerpo dentro, mientras un matrimonio la miraba desde la acera de enfrente sin acercarse.
Los mismos, quince minutos más tarde, dividiéndose la avenida en dos aceras sin hablarse, cada uno haciendo la suya, y volviendo a encontrarse al final con la misma sílaba de saludo.
Un opositor de cuarenta y tres años con cascos de obra colgados al cuello explicándole al camarero del bar de la esquina que los animales extraviados, según el reglamento de la administración postal, no se consideran envíos, información que no le sirvió a nadie y que él dio con la seriedad de quien por fin puede aportar algo.
Un hombre de ochenta y siete años parando a la gente en mitad de la calle, de frente y de cerca, para que le vieran la cara mientras preguntaba.
El dueño del bar de la esquina saliendo a la acera con el trapo al hombro para explicar, sin que nadie se lo pidiera, que él en el 89 tuvo un perro parecido y se le fue igual, y que apareció a los cuatro días en un taller, y que los perros de caza no se pierden nunca: se van a trabajar.
La teoría se difundió por el barrio en veinte minutos, adquirió detalles en cada portal y a las seis de la tarde ya había dos personas buscando a Herzog en un taller de chapa y pintura del polígono, con la convicción de quien sigue una pista sólida.
Una chica de veintinueve años grabando el descampado a cámara lenta y gritando el nombre del perro entre plano y plano, sin ninguna contradicción entre las dos cosas.
Y una mujer mayor, muy peinada, con una blusa color hueso, recorriendo cuatro veces la misma calle. Cuatro veces la misma. Bruno la grabó dos y la tercera bajó la cámara, y no supo por qué la bajó.
A las cuatro y media pararon a beber agua en la mercería.
La mujer del bajo, que no había salido a buscar en toda la tarde, tenía siete vasos puestos en el mostrador y una jarra fría, y les fue preguntando a cada uno por dónde había ido, con qué había hablado y qué le habían contestado, y lo fue apuntando en una libreta de cuadros con una letra pequeñísima.
—Usted no busca —le dijo Bruno.
—Yo coordino.
—¿Y sabe algo?
La mujer del bajo tardó en contestar lo que tarda una persona en decidir cómo se dice una cosa sin decirla.
—Yo sé lo que me cuentan. Y lo que me cuentan no siempre me lo cuentan para que lo diga.
—No la entiendo.
—Ya —dijo ella—. Beba usted agua, que está a cuarenta.
A las cinco y diez, el hombre de las chanclas subió a su casa, entró en el trastero y encendió la bombilla.
En el suelo, junto al estante de la herramienta, había un platillo de loza con restos de arroz.
El ventilador viejo que él siempre deja encima de una caja concreta estaba corrido cuatro dedos a la izquierda.
Y no había ni un solo pelo color galleta en toda la habitación, porque su madre barre muy bien.
Rafi Cuenca apagó la bombilla, cerró con llave y bajó a la calle.
—¿Nada? —le dijo Federico.
—Nada de momento.
Y siguió buscando dos horas más, con dedicación, por la parte del descampado, que era el sitio del barrio donde estaba absolutamente seguro de que no iba a encontrar nada.
A las seis y media, Federico Pardal se paró en la acera de la avenida a recuperar el resuello, y desde allí vio una cosa que llevaba cuatro horas delante de los ojos sin verla.
Vio al del ático agachado en el bordillo, grabando a Encarni mientras Encarni miraba debajo de un coche.
Vio que no grababa al coche. Vio que no grababa el barrio, ni la fachada, ni la calle: grababa a Encarni.
Y en la cabeza de aquel hombre, que llevaba cuarenta años ordenando riesgos en columnas, se produjo un movimiento silencioso y muy desagradable, que fue el de una fila entera de casillas cambiando de sitio.
El expediente municipal tenía una fecha, un plazo y un procedimiento. El expediente municipal se contestaba con papeles y con papeles se podía trabajar. Un señor con una cámara viviendo en el ático de la finca, en cambio, no tenía fecha, ni plazo, ni forma conocida de alegación.
Federico se guardó el pañuelo, volvió a la calle Anunciación y aquella tarde no dijo nada a nadie, porque lo que había entendido no cabía en ninguna pestaña y porque, además, no habría sabido explicarlo sin quedar como un hombre que le tiene miedo a un vecino nuevo.
Anocheció a las ocho y veinte. El barrio, a esa hora de septiembre, se pone de un color naranja sucio que dura veinte minutos y hace que todo parezca más viejo y más limpio a la vez; salen las sillas a las puertas, se riegan las macetas, se oye la sintonía del telediario en tres balcones distintos, y por la calle Anunciación pasa el hombre de los helados con la bocina, que es el único que sabe siempre dónde está todo el mundo.
A las ocho y cuarenta apareció la señora Angustias por la esquina, con el carrito, andando despacio y con un podenco flaco, alto y color de galleta atado con una cuerda de tender.
Se hizo un silencio y después un escándalo.
—¡Pero bueno! ¿Dónde estaba?
—Metido en un contenedor, el pobre —dijo ella—. En la esquina de la Ronda, que ya me dirás tú qué hacía allí un animal de estos. Y con lo que pesa. Lo he tenido que sacar yo con estas manos.
Nadie preguntó cómo una mujer de ochenta y cuatro años saca de un contenedor a un perro de veintiséis kilos.
Nadie preguntó, tampoco, por qué la esquina de la Ronda estaba en el sector de los Salguero y los Salguero habían pasado por allí tres veces.
Y nadie preguntó, sobre todo, por qué el animal venía limpio, seco y con el pelo de la barriga aplastado en el sentido en que se le aplasta a un perro que ha estado echado toda la tarde en un sitio fresco.
Se preguntaron otras cosas. Se preguntaron si tenía hambre, si había bebido, si le habían dado algo.
—Le he dado una croqueta —dijo la señora Angustias—. Y otra para usted, hijo, que se lo ha pasado peor que él.
Bruno cogió la croqueta.
Se la comió allí de pie, en el portal, con la cámara colgando de la mano y el perro dándole cabezazos en las rodillas, mientras once personas que aquella mañana no le habían dicho ni buenos días le explicaban a la vez, y contradiciéndose otra vez, dónde había estado cada una buscándolo.
—Es un perro con suerte —dijo Encarni.
—Es un perro tonto —dijo el de las chanclas—, con perdón.
Vane grabó la llegada desde el escalón, en vertical, con el rótulo «FINAL FELIZ», y a las once de la noche aquello tenía cuatrocientas noventa y seis personas detrás y catorce comentarios, dos de ellos en un alfabeto que no era el suyo.
Y a Maruchi Ardales, que llevaba desde las doce menos cinco recorriendo la misma calle, Bruno le dio las gracias.
Se las dio delante de todos y se las dio bien, señalándola con la mano abierta, diciendo que aquella señora había estado buscando desde el principio, sin parar, que él la había visto pasar cuatro veces por la misma acera.
Ella dijo que no había hecho nada.
Lo dijo con la voz justa, sin mirar a nadie a los ojos, y fue la única frase verdadera que pronunció en toda la tarde, y la única que nadie se creyó, porque en aquel portal todo el mundo estaba convencido de que lo decía por modestia.
Aquella noche, en el ático, Bruno Salcedo puso las tarjetas en el ordenador y estuvo hasta las tres de la madrugada viendo material que no había planificado, que estaba mal expuesto y que tenía el sonido de la calle metido hasta el fondo.
En la página once de TRATAMIENTO_v6, en el apartado de estructura, ponía que la película debía sostenerse sobre el edificio como personaje central y que los vecinos aparecerían «como presencias, sin protagonismo individual».
Ninguna de las tomas de aquella tarde valía para eso. Todas valían para otra cosa.
A las tres y cuarto le escribió a la productora un mensaje de una sola línea, que fue la primera vez en dos años que escribía algo sin adjetivos:
No es el edificio.
La productora le contestó a las nueve de la mañana siguiente, y le contestó lo que contestan siempre, que fue una pregunta: si eso significaba que había personajes.
Bruno tardó en escribir. Estuvo un rato mirando el fotograma congelado de una señora en bata con medio cuerpo dentro de un contenedor y otro rato mirando por la ventana el patio de luces, donde a esas horas ya había tres personas discutiendo por un rollo de papel pintado.
Y contestó que sí. Que había personajes, que había una humedad con nombre propio y que aquello era verdad, «verdad de la buena».
Un año después, cuando todo lo demás ya había pasado, esa palabra iba a costarle a Bruno Salcedo una noche entera de pie en un patio explicándole a doce vecinos qué significaba exactamente para él «verdad». Pero eso todavía queda lejos.
Aquella mañana, ya sin la cámara, bajó a la calle con el perro.
En el portal, el papel pintado del ochenta y dos se estaba despegando por una esquina.