7. El rescate
Vale la pena enumerarlas antes de contar cómo se estorbaron, porque después va a ser difícil.
La primera se llamaba, en la hoja plastificada del tablón, «adecentamiento de zonas comunes». La dirigía Federico Pardal sobre el papel y Rafi Cuenca sobre el terreno, que no es lo mismo ni lo pretende.
La segunda no tenía nombre, porque las operaciones de una sola persona no lo necesitan, y consistía en que Maruchi Ardales salvara la vida de un animal delante de una cámara.
Diez y cinco
La brigada se presentó completa, cosa que no volvería a ocurrir.
Faltaba Herminio, que por contrato no trabajaba por las mañanas, y faltaba la mitad efectiva de la plantilla porque Encarni y los Salguero no podían coincidir, de modo que Federico había diseñado un sistema de turnos alternos de cuarenta minutos que en el papel era una maravilla de la ingeniería social y que en el patio significó que durante hora y media hubo siempre tres personas trabajando y cuatro esperando su turno en la escalera, mirando trabajar a las tres.
Don Aurelio subía y bajaba en el ascensor con las cajas, porque don Aurelio pesa cincuenta y nueve kilos y era, aquella mañana, la única infraestructura fiable del edificio.
El sistema de turnos, además, tenía un fallo de origen que Federico no había previsto y que se manifestó a los veinte minutos: los turnos alternos obligaban a que Encarni y los Salguero se cruzaran en el relevo.
Se cruzaron cuatro veces. Las cuatro se saludaron.
Ninguno de los saludos duró más de una sílaba y los cuatro se anotaron mentalmente, y a la cuarta, Encarni bajó del segundo con la fregona y fregó, a las once y diez de la mañana, un tramo de escalera que estaba seco, cosa que en el idioma de aquella finca es una declaración de guerra en toda regla.
Rafi no tocó nada. Dio instrucciones desde el centro del patio, con las manos en los bolsillos, y en dos ocasiones se acercó a una pared, la palpó a la altura del hombro y dijo que por ahí no.
—¿Por qué por ahí no? —preguntó Federico, con el rotulador preparado.
—Porque no.
—Necesito un motivo para el acta.
—Ponga: «criterio técnico».
El primer ensayo fue el papel pintado. Cortaron una pieza de metro y medio del rollo color hueso con rombos en relieve y la pegaron en el paño de pared del portal que hay entre los buzones y el arranque de la escalera, que era el sitio donde peor estaba la pintura.
Se pegó con cola de empapelar comprada en la ferretería, único gasto legal de toda la operación, y se pegó bien.
Después se apartaron todos tres pasos para verlo, que es el momento sagrado de cualquier obra española.
—Queda estupendo —dijo Encarni.
—Queda de mil novecientos ochenta y dos —dijo Chelo desde la puerta de la mercería.
—Queda como si en esta finca hubiera vivido gente con dinero alguna vez —dijo Rafi—, que es lo que hay que aparentar.
Se aprobó el papel. Y a continuación, porque una comunidad de propietarios nunca se detiene en el punto exacto en que debería detenerse, se abrió el debate de si tapar también el paño de la izquierda, que es donde está la Lourdes.
Duró diecinueve minutos y no se resolvió.
Hubo dos posturas. La de Federico, que sostenía que una inspección técnica no puede encontrarse con una humedad de dos metros nada más entrar.
Y la de Encarni, secundada por doña Angustias y por don Aurelio, según la cual a la Lourdes no se le tapa la cara, porque lleva ahí desde el 96, porque la conoce todo el barrio y porque, y esto lo dijo Encarni sin que a nadie le pareciera raro, «hoy además está tranquila».
Quedó pendiente. Lo de la Lourdes iba a quedar pendiente muchas veces.
Diez y cuarenta
Maruchi Ardales subió al ático con un plato tapado con un paño.
Llevaba en el plato seis magdalenas caseras que no había hecho ella, sino que había comprado a las nueve en la panadería y había colocado en una fuente de su madre para que dejaran de parecer compradas, procedimiento que en aquel barrio no se considera un engaño sino un formato.
Llamó. Abrió el hombre del ático con el móvil en la mano y auriculares puestos, en mitad de una reunión, y ella hizo entonces lo que sabe hacer mejor que nadie en aquella finca, que es leer una situación en tres segundos: vio la reunión, vio la prisa, vio al perro dando vueltas detrás de sus piernas y calculó que aquel hombre le diría que sí a cualquier cosa que le quitara un problema.
—No le entretengo. Una bienvenida, que en esta casa se hacen así. Y si quiere le bajo yo al perro, que veo que está usted liado y el animal lleva desde las nueve pidiendo calle.
Él dijo que sí. Dijo gracias, dijo «un momento» a alguien que estaba dentro del teléfono, dijo que la correa estaba en algún sitio y no la encontró.
—No hace falta —dijo Maruchi—. Yo me apaño.
Bajó al tercero, salió al tendedero y descolgó una sábana blanca de las de matrimonio, de las suyas, planchadas y con la inicial bordada, que son las últimas cosas de valor que quedan en aquella casa.
La dobló a lo largo, la retorció hasta hacer una cuerda y le pasó un extremo por el collar al podenco con un nudo que había aprendido en las giras para atar cajas de sonido.
El animal olfateó la sábana entera, de arriba abajo, con esa dedicación de los perros cuando algo huele a persona. Después se dejó llevar.
Y aquí es donde el plan de Maruchi Ardales alcanza su forma definitiva, que conviene exponer con respeto, porque fue impecable en todos los pasos menos en uno.
Premisa: el hombre del ático valora la verdad, la ruina y la gente de este barrio.
Segunda premisa: abajo hay una chica grabando durante toda la mañana.
Tercera premisa: lo único que se le queda a la gente de una persona mayor es un gesto, y el gesto que se le queda al público desde que existe el público es una mujer salvando a un animal.
Conclusión: soltar el perro en el momento en que la cámara esté encendida, dejar que corra seis o siete metros, ni uno más, y recuperarlo.
El fallo estaba en la palabra recuperarlo.
Once y veinte
Vane grabó aquella mañana cuarenta y un clips.
Grabó el rollo de papel desenrollándose, que le pareció «súper satisfactorio».
Grabó las manos de don Aurelio saliendo del ascensor con la caja.
Grabó la garrafa de pintura vertiéndose en el cubo a cámara lenta.
Y grabó, sin saber lo que estaba grabando, veintidós segundos de una señora bajando por la escalera con un perro atado a una sábana, plano que en su momento descartó por no cumplir el acuerdo de no sacar caras y que iba a resultar, andando el tiempo, el material más valioso de todo el archivo de aquel edificio.
—Vane, ¿eso lo cuelgas ahora? —dijo Federico.
—Ahora no. Ahora no da.
—¿Cómo que no da?
—Que no da, Federico. Esto es proceso. Lo bueno viene cuando pasa algo.
Doce menos cuarto
Lo del incienso fue idea de Rafi y hay que reconocerle que la sostuvo con argumentos.
La cuestión, dijo, no es la humedad: es el olor de la humedad, que es lo único que un arquitecto no puede anotar en un informe pero se le queda en la nariz mientras lo escribe.
Las cuatro garrafas de ambientador industrial del hotel cerrado, probadas en el rellano del entresuelo, habían dado un resultado desalentador: aquello no tapaba el olor a moho, sino que se le sumaba, y el conjunto recordaba a un autobús de línea en agosto.
Doña Angustias aportó entonces la solución de la casa: dos cajas de incienso de la hermandad, del bueno, del que se quema en la salida.
Se hizo un ensayo controlado. Se pusieron tres pastillas en un platillo de latón, en el centro del portal, y se encendieron a las doce menos veinte con la puerta de la calle abierta y la del patio también, para que corriera el aire.
Corrió poco. El humo del incienso de cofradía es un humo denso, blanco, de una densidad casi teológica, y en tres minutos el portal del Edificio Girasol tenía el aspecto exacto de un paso de Semana Santa a la altura de la primera bocacalle.
La gente empezó a toser. Encarni dijo que aquello olía a gloria y a muerto en la misma proporción.
Don Aurelio, que se había subido el audífono, dijo que le recordaba a su comunión.
Y en la mercería, detrás del mostrador, un piloto rojo del detector que Chelo tiene puesto desde el robo del 2013 se encendió, parpadeó cuatro veces y se apagó solo.
—Ojo con eso —dijo Chelo, sin levantar la voz—. Que ese aparato la próxima vez llama.
Nadie le hizo caso, porque justo entonces se oyó a Maruchi Ardales gritar el nombre del perro.
Doce y diez
Antes de contar lo que pasó, hay que dejar constancia de cómo se estorbaron, porque se estorbaron por turnos y con una puntualidad que ya quisieran los servicios públicos.
Primera interferencia. A las once y media, la brigada necesitó el centro del patio para pintar, y el centro del patio era justo el sitio desde el que Vane tenía encuadrado el plano del papel pintado con la luz de las once y media, que según ella es la única hora en que aquel patio «tiene algo».
Se resolvió con una discusión de seis minutos en la que se invocó dos veces el acuerdo de exclusividad y una vez el reglamento de régimen interior, documento que nadie de los presentes ha leído nunca.
Segunda interferencia. A las once y cuarenta, Maruchi bajó con el perro y se colocó en el arranque de la escalera, que es el único punto del portal desde el que se ve la cámara y se está a la vez en cuadro.
Federico le pidió que se apartara, porque estorbaba el paso de las cajas.
Ella contestó que ella no estorbaba, que ella esperaba.
Y esperó, en efecto, veinticinco minutos, con el animal atado a la sábana y la barbilla alta, sin que nadie del edificio se preguntara qué hacía allí, porque en aquella finca hace mucho que las cosas raras de Maruchi Ardales se archivan sin abrir.
Tercera interferencia, y esta fue mutua.
El humo del incienso, que era el remate de la operación de la brigada, tapó el plano de Vane, ahogó la escena de Maruchi y borró de la vista al único testigo que podía haber contado lo que ocurrió después.
Las tres operaciones se anularon entre sí en el mismo minuto, con una simetría que, si alguien la hubiera diseñado, tendría mérito.
Doce menos cinco
Lo que ocurrió en aquel minuto está documentado desde tres puntos de vista y ninguno coincide.
Maruchi sostiene que soltó el nudo a propósito, «como parte de una idea», y que el animal salió disparado hacia la calle.
Encarni sostiene que el perro se asustó del humo.
Y Vane, que es la única que tenía la cámara encendida, tiene grabados nueve segundos en los que no se ve nada más que humo blanco y se oye, con toda claridad, la voz de una mujer llamando a un perro con un nombre que ella pronunciaba mal.
Cuando el humo se aclaró, en el portal había once vecinos, un platillo de latón, dos metros de sábana en el suelo y ningún podenco.
Salieron todos a la calle. No estaba en la acera, ni en el bar de la esquina, ni debajo de los coches, ni en el descampado de detrás, ni en la parroquia, donde a esas horas hay siempre una puerta abierta y donde Maruchi entró llamándolo y salió sin llamarlo, por respeto.
Bruno bajó a la una menos veinte, buscando al perro para irse.
Y lo que encontró fue un portal empapelado a medias, con olor a hermandad, once vecinos que le pidieron perdón por turnos y contradiciéndose entre ellos, y una señora de sesenta y cuatro años de pie en mitad del patio, con la sábana en las manos, que no dijo absolutamente nada, porque en treinta y seis años de oficio no había aprendido ningún texto para aquello.
A la una y veinte, Vane colgó los nueve segundos de humo con el rótulo «no os podéis imaginar lo que ha pasado hoy en mi bloque».
A las tres de la tarde tenía cuatrocientos once seguidores.
Y a esa misma hora, en el mercadillo de los lunes, a cuatro calles de la calle Anunciación, la señora Angustias atendía su puesto con un podenco flaco, alto y color de galleta atado con una cuerda a la pata de la mesa, porque un animal a la vista da confianza y porque, según explicó después con la conciencia intacta, el pobre andaba suelto por la calle y ella no lo iba a dejar allí, con el tráfico que hay.