6. Decadencia auténtica
Decían así. Viernes: baja a las nueve y cuarenta con el perro, vuelve a las diez y cinco, lleva vasos de café de fuera, tres.
Sale otra vez a la una. Por la tarde no sale.
Sábado: baja a las nueve y treinta y cinco, vuelve a las diez y veinte, sube dos bolsas de la ferretería y una caja plana.
Habla por teléfono en la escalera, siempre en la escalera, nunca dentro.
Y una línea final, subrayada dos veces, que era la única conclusión operativa de dos días de vigilancia desde el balcón: el perro baja siempre .
Maruchi Ardales no llamaría a eso vigilancia. Lo llamaría preparación, y tendría razón, porque en su oficio a esto se le ha llamado siempre así: uno estudia la sala antes de salir a la sala.
También resolvió la parte del texto.
Un encuentro casual dura, si se administra bien, entre cuarenta y cincuenta segundos, y en cuarenta y cinco segundos no cabe una biografía.
Cabe una frase. Ensayó tres delante del espejo del recibidor y se quedó con la segunda, que tenía la ventaja de sonar a información y no a currículum.
Después se sentó en el tresillo tapado con la colcha, con el bolso ya en las rodillas, a esperar a que abajo se cerrara una puerta.
A las nueve y treinta y ocho se cerró.
La primera decisión grave del día se tomó aquí, porque el resto de esta historia depende de ella.
Para coincidir con un hombre que baja del ático, hay dos sistemas.
Uno es cruzárselo en la escalera, que es lo natural, lo barato y lo que Maruchi Ardales lleva haciendo toda la vida.
El otro es esperarlo en el rellano y subir con él al ascensor, que da cuarenta segundos de intimidad garantizada, sin corrientes de aire, sin vecinas de por medio y con espejo.
Maruchi Ardales no coge el ascensor desde hace once años. Lo justifica con el diafragma. Aquella mañana miró el aparato, miró el reloj, y decidió que once años era mucho tiempo y que un aparato no es nadie para acordarse.
Salió al rellano. Pulsó el botón. Y cuando el hombre del ático llegó al tercero por la escalera con el perro delante, ella ya estaba allí, de espaldas, mirando el número del piso encendido con la naturalidad de quien lleva esperando desde antes de existir.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
El perro entró primero, porque los perros no esperan. Después entró ella. Después entró él, y la cabina del Girasol, que es de las de 1962 y tiene la puerta interior de tijera, se quedó con las tres respiraciones dentro y el espejo delante.
Cuarenta segundos. Maruchi los tenía cronometrados desde hacía dos días. Soltó la frase en el segundo cuatro, que es donde va.
—Usted es el del cine, ¿verdad? Yo canté lo de «Chíllame bajito», en el ochenta y nueve. Número uno en tres gasolineras.
El hombre del ático tardó un instante en colocar aquello.
—Ah. Interesante.
Lo dijo con amabilidad, sin ironía y sin curiosidad, del mismo modo en que un médico dice «ya» cuando le cuentan un síntoma que no es el suyo, y aquella palabra —interesante— iba a repetirse en la vida de aquel edificio muchas veces y siempre significando lo mismo, aunque en aquel momento nadie del Girasol lo sabía todavía.
Maruchi tiró del hilo. Dijo que ahora ya no se cantaba como entonces. Él dijo que ya. Ella dijo que la finca era antigua pero muy noble. Él dijo que sí, que muy noble, y miró el techo de la cabina con un interés que a ella le pareció excesivo para un techo.
Entonces pulsó el bajo.
Y el ascensor no hizo nada.
No sonó ninguna alarma, ni se encendió ningún piloto, porque ya se ha dicho en otro sitio que aquel aparato no discute.
Se quedó quieto, con las tres respiraciones dentro, y el hombre del ático volvió a pulsar el botón con esa fe de la gente de ciudad en los botones, y no pasó nada, y volvió a pulsar, y nada.
—Debe de estar estropeado.
—No está estropeado —dijo Maruchi.
Abrió la puerta de tijera. Salió al rellano, con el bolso de rafia en el antebrazo y la barbilla donde tiene que estar la barbilla, y desde fuera, sin volverse del todo, dijo:
—Baje usted, que yo he olvidado una cosa.
Él insistió, cortés, en salir también. Ella insistió más. Y cuando la puerta se cerró con el hombre y el perro dentro, el ascensor del Edificio Girasol arrancó a la primera, con esa suavidad de motor viejo bien engrasado, y se los llevó a los dos al portal sin una sola queja.
Maruchi se quedó sola en el rellano del tercero, delante de la puerta cerrada, oyendo bajar el aparato.
Un ascensor bajando se oye durante mucho tiempo en una escalera de 1962.
Se oye el motor, se oye el cable, se oye la puerta de tijera abriéndose abajo y se oye, al final, la voz del hombre del ático dándole las gracias al perro por algo, en ese tono de los que hablan con los animales en público sin que les dé vergüenza.
Después subió andando hasta el descansillo de la claraboya, que está entre el cuarto y el ático, y se sentó un momento en el escalón de piedra, con el bolso en las rodillas. No se sentó por las piernas.
Estuvo allí tres o cuatro minutos. Desde ese descansillo, que es el sitio con mejor acústica de la finca y que ella conoce desde 1994, se oye todo el hueco de la escalera como se oye un teatro desde el gallinero: se oyen las llaves del primero, se oye el fluorescente del segundo y se oye, con una nitidez que asusta, a cualquiera que hable en el portal.
A las diez y veinte, el hombre del ático volvió con el perro y con el móvil pegado a la oreja, y en vez de subir se quedó abajo, apoyado en los buzones, hablando.
Habló seis minutos. Maruchi no se movió.
Lo que oyó, en desorden y con los cortes de quien solo escucha una mitad de la conversación, fue esto.
Que la casa estaba mejor de lo que esperaba.
Que no quería nada bonito, y que si le mandaban a alguien de arte que quisiera poner cosas bonitas, no.
Que lo que buscaba era decadencia auténtica.
Que en este país se ha rodado la ruina siempre en plan pintoresco, con mucha guitarra, y que él quería lo contrario: verdad.
Que el edificio se le caía a pedazos por dentro y por fuera y que eso, tal cual, sin tocarlo, era exactamente lo que había venido a buscar.
Que había una humedad en el portal con nombre propio.
Que la gente de aquí no sabe lo que tiene.
Que esto lo ve una plataforma y se lo quita de las manos, porque es España vaciándose por dentro, pero en un edificio, y en un barrio, y con vecinos.
Y una frase más, la última, dicha ya con la puerta del portal abierta y medio cuerpo fuera, que fue la que se le quedó a ella clavada, palabra por palabra, y que iba a repetirse a sí misma durante cinco semanas como quien reza:
—Aquí lo que hay es una mina.
Después subió los cinco tramos con el perro, pasó por delante de ella, la saludó con la cabeza y siguió.
Maruchi se quedó sentada en la piedra.
Conviene decir despacio lo que pasó en aquellos segundos, porque no fue lo que parece. No fue una idea. Fue una traducción, y las traducciones son involuntarias: uno no elige entender una palabra en su idioma, la entiende y ya está.
El hombre del ático había dicho decadencia y había querido decir una cosa que en su oficio significa luz, textura, honradez, no maquillar, la belleza triste de lo que se acaba.
Maruchi Ardales oyó decadencia y oyó otra cosa, la única que se puede oír cuando se han pasado treinta y seis años esperando que suene un teléfono: oyó que había un producto, que ese producto era el edificio en el estado en que estaba, que alguien de fuera venía a comprarlo y que se pagaba.
Y si se pagaba por la ruina, entonces la ruina no era una desgracia. Era un catálogo.
Y en un catálogo hace falta alguien que lo presente.
Bajó los cinco tramos despacio, pensando en cifras que no existían, y en el portal se paró delante del tablón de anuncios, donde llevaba desde la tarde anterior una hoja plastificada con nueve nombres y una fecha de comienzo: lunes 8.
Debajo, con la letra de Federico, ponía «adecentamiento de zonas comunes».
Maruchi leyó la palabra adecentamiento dos veces.
Le produjo una incomodidad que en aquel momento no supo colocar en ningún sitio, y que dejó pendiente, como se deja pendiente un ruido en el motor del coche cuando uno va con prisa.
Rafi Cuenca estaba en el portal, en domingo, cosa rara, con la mano puesta en la pared del arranque de la escalera y la cabeza un poco ladeada.
—¿Qué es adecentar, Rafi?
—Adecentar es que el edificio parezca lo que le conviene parecer.
—¿Y qué le conviene parecer?
—Sano —dijo él, y quitó la mano de la pared—. Un mes. Después ya volverá a ser lo que es, que para eso está.
—¿Y si no le conviniera?
Rafi la miró entonces de una manera que a ella no le gustó, porque era la manera en que se mira a alguien a quien uno acaba de oír decir algo que no encaja con el papel que tiene asignado en la función.
—A un edificio siempre le conviene parecer sano, Maruchi.
—Ya. Digo yo.
Entró en la mercería.
—Chelo. El del ático, ¿qué hace exactamente?
—Un documental.
—¿Sobre qué?
—Sobre esto —dijo Chelo, y señaló con la barbilla, en un gesto que abarcó el mostrador, la calle, la finca y el barrio entero—. Me ha preguntado dos veces si guardo fotos antiguas del edificio.
—¿Y guardas?
—Yo guardo de todo, Maruchi. Lo que no sé es para qué las quiere.
Chelo se agachó detrás del mostrador y sacó una carpeta de gomas, de las de toda la vida, con una etiqueta escrita a mano que decía ANUNCIACIÓN 7.
Dentro había recortes de prensa local desde el 74, dos fotografías en blanco y negro del portal con la mercería recién puesta, la esquela de un vecino del primero que murió en el 81, y un folleto doblado por la mitad, amarillo, en el que una promotora prometía un patio bañado por el sol de la tarde.
—Esto no se lo he enseñado.
—¿Por qué?
—Porque no me lo ha pedido bien —dijo Chelo, y volvió a atar las gomas—. Aquí la gente viene, mira dos cosas y ya cree que sabe de qué va esta calle.
—Yo sí.
Subió a casa. Inma dormía, porque el domingo lo tenía de descanso y lo gastaba entero en recuperar la semana, y en la casa había ese silencio de mediodía con la persiana bajada que Maruchi lleva años sin saber cómo llenar.
Se sentó a la mesa camilla. Sacó el dietario de tapas de hule y lo abrió por el lunes 8 de septiembre.
Y por primera vez desde hacía mucho tiempo, más del que ella estaría dispuesta a admitir delante de nadie, no escribió en lápiz.
Escribió, en bolígrafo azul y con su letra grande y redonda, tres palabras:
Lunes: el perro.