Vecinos y otras catástrofes 5. Mano de obra cautiva
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5. Mano de obra cautiva

Ninguna de las once se puso por escrito, y eso importa, porque el resto de esta historia es, en buena medida, el procedimiento de cobro.

El plan de captación lo diseñaron aquella misma mañana en la mercería, delante de dos cafés que puso Chelo y que nadie pagó.

Federico llevaba la carpeta azul y una hoja con los diecinueve vecinos ordenados por piso, con dos columnas a la derecha: DISPONIBILIDAD y OBSERVACIONES.

Rafi llevaba las manos en los bolsillos.

—A la gente —dijo Federico— hay que explicarle la situación, apelar a la responsabilidad colectiva y pedirle su colaboración voluntaria.

—A la gente no se le pide nada. A la gente se le resuelve algo que ya le molestaba y luego se le comenta lo nuestro de pasada.

—Eso es manipular.

—Eso es vecindad, Federico. Usted lleva siete años pidiendo y le firman lo justo para que se calle. Yo llevo catorce sin pedir y me abren la puerta.

Salieron a las diez y diez. Septiembre estaba en la calle Anunciación con ese calor de rescoldo que ya no quema pero no se va, los toldos a media asta, el olor a churros del bar de la esquina peleándose con el del pescado del mercadillo, y la finca entera con las ventanas abiertas de par en par, porque el sábado por la mañana es el único día que en aquel barrio se ventila con el vecindario delante.

Empezaron por el segundo, que es donde estaba el problema más fácil.

2ºC. Herminio

Herminio Rueda abrió con los cascos de obra puestos y los tapones de cera dentro, combinación que él considera un sistema y que el resto de la comunidad considera un diagnóstico.

Los tenía puestos a las diez y veinte de un sábado porque estaba en la vuelta cuarenta y uno del temario, y la vuelta cuarenta y uno se hace en silencio absoluto.

—Herminio, ¿usted sabe lo de la inspección?

—Sé lo de la inspección y sé lo de las obras. Y le digo lo mismo que dije en la junta.

—Le vengo a ofrecer justo eso.

Federico había preparado un argumento sobre el deber de los propietarios. Rafi lo apartó con el codo, sin disimular, y le dijo a Herminio la única frase que aquel hombre llevaba diecinueve convocatorias necesitando oír:

—Si usted nos echa una mano ahora, del 1 de octubre al día del examen en esta finca no se taladra. Ni un agujero. Y el que taladre, me lo como yo.

—El examen es el 25 de octubre.

—Pues hasta el 25.

—¿Y los del cuarto? Los del cuarto ponen la lavadora a las once de la noche.

—Los del cuarto van a estar subiendo pintura, Herminio. Cuando uno sube pintura no pone lavadoras.

Herminio se quitó un casco. Aquel gesto, en el 2ºC, equivale a la firma de un contrato mercantil.

—Yo pinto lo que haga falta. Pero por las mañanas no, que las mañanas son de estudio. Y otra cosa: si viene un certificado y yo estoy en el simulacro, que alguien baje a firmarlo, porque un certificado sin firmar se devuelve a la oficina y eso a mí me quita el día.

—Hecho —dijo Rafi.

Condiciones uno y dos. Nadie las anotó.

4ºB. Vane

Vane abrió con el móvil en la mano y la luz de aro encendida detrás, lo cual quiere decir que estaba a mitad de algo. En la cocina había una freidora de aire abierta y once boniatos cortados en bastones sobre papel de horno.

—Vane, esto es un asunto de la comunidad.

—¿Puedo grabarlo?

—No.

—Entonces no me interesa.

Rafi levantó la mano a la altura del pecho, que era exactamente la altura a la que Vane había estado grabando la junta el miércoles, y dijo que se podía grabar.

—¿Perdone? —dijo Federico.

—Sin caras. Manos, brochas, cubos, el patio. Contenido exclusivo del proceso.

Vane miró a Rafi con una atención nueva. La palabra exclusivo, en el 4ºB, tiene el efecto que tiene la palabra derrama en el resto del edificio.

—¿Exclusivo exclusivo? ¿Nadie más lo cuenta?

—Nadie más lo cuenta.

—Es que si lo cuenta otro ya no es contenido, es información —dijo ella, y aquella distinción, que a Federico le pareció una tontería de niña, va a resultar ser la definición más exacta que se dio en toda la operación—. Vale. Pero yo entro donde entréis vosotros. Y si hay un momento bueno, es mío.

Aquella mañana, la cuenta de Vane tenía doscientos veintitrés seguidores, de los cuales un número que ella no quería calcular escribía siempre en búlgaro.

Condiciones tres y cuatro. Tampoco.

Bajo. Chelo

Con Chelo no hubo negociación, porque Chelo negocia antes de que uno llame a la puerta.

Cuando entraron en la mercería a las once y media, ya tenía la libreta abierta por una hoja nueva, ya había escrito la fecha y ya había puesto tres sillas, que eran las que hacían falta.

Escuchó el asunto entero sin interrumpir.

Después cerró el bolígrafo con el capuchón, gesto que en aquella tienda anuncia condiciones.

—El local lo pongo yo, como el miércoles. Las reuniones aquí, con la persiana a media altura. Y el acta la escribo yo, y se escribe lo que se dice, no lo que se quiso decir.

—De acuerdo —dijo Federico, aliviado.

—Y me entero yo primero.

—¿De qué?

—De todo, Federico. De lo que se decida, de lo que se compre y de lo que salga mal. Yo no aviso de nada, pero de lo que no me entero no puedo avisar.

Federico creyó que aquello era una manera de decir «contad conmigo». Rafi, que llevaba catorce años comprándole el silencio a plazos, supo lo que era, y aun así dijo que sí, porque en aquel barrio la alternativa a que Chelo se entere primero es que se entere segunda y con la versión de otro.

Antes de que se fueran, Chelo añadió al acta del miércoles, en el margen y con letra pequeña, una enmienda que nadie había votado y que a partir de aquel día se leyó siempre junto al acuerdo: no hacer nada ilegal todavía, y en horario diurno .

Condiciones cinco y seis.

Entresuelo B. La señora Angustias

El material estaba en el trastero, y con el material estaba el problema del material.

En la cocina del viernes, la señora Angustias había hablado de tres rollos de papel pintado.

En el trastero del sábado había tres cajas, y en cada caja había cuatro rollos, y todos ellos eran de un papel color hueso con un dibujo de rombos en relieve que fue lo más moderno que se pudo comprar en España durante el verano del Mundial.

—Doña Angustias, usted dijo tres rollos.

—Y hay tres. Tres cajas.

—Eso son doce.

—Eso es previsión, hijo. Al que reparte y reparte, le sale la cuenta al final.

Federico abrió la boca para explicar que ese refrán no era ese refrán, y no lo hizo, porque había aprendido en veinticuatro horas que en aquella casa los refranes no se citan: se fabrican.

La condición de la señora Angustias fue la más clara de la mañana y la única que se expuso con cifras.

Ella ponía el material. Ellos ponían la salida.

Lo que sobrara de las doce piezas —y iba a sobrar, porque el portal y la escalera del Girasol no dan para doce— se lo colocaban entre todos en el mercadillo antes de fin de mes, «que a mí el género parado me come el puesto», y del ambientador industrial se llevaban también las cuatro garrafas, no la una.

—Nosotros no somos comerciales, doña Angustias.

—Nadie nace comercial, Federico. Coge una croqueta.

Federico cogió una croqueta.

Condiciones siete, ocho y nueve.

Quedaba subir doce rollos, cuatro garrafas y un póster enrollado desde el trastero hasta el cuarto, y ahí la operación se encontró con la primera de sus muchas leyes físicas.

Una caja de papel pintado pesa nueve kilos.

El ascensor del Girasol admite setenta. Rafi hizo la cuenta en el rellano, en voz alta y con los dedos, y le salió que las cajas subían solas o subían con don Aurelio, que pesa cincuenta y nueve, pero no con nadie más de la brigada; de modo que el reparto de tareas de aquella operación no se decidió por edad, ni por oficio, ni por buena voluntad, sino por báscula.

—Esto en un edificio serio no pasa —dijo Federico.

—En un edificio serio tampoco pasa lo que vamos a hacer nosotros.

2ºA, 4ºA y 1ºA

El resto de la mañana se fue en lo que en toda comunidad de este país se lleva la mitad de las mañanas: en compatibilizar.

Encarni, del 2ºA, se apuntó con entusiasmo y una sola condición, que expuso en bata desde el descansillo: ella no trabajaba el mismo turno que los Salguero. No hacía falta explicar por qué. Lo de las goteras de 2016 no se explica ya en el Girasol, se hereda.

El señor Salguero, del 4ºA, se apuntó también, y puso la condición simétrica y además una segunda, que soltó con una naturalidad admirable: que constara que ellos ayudaban aunque su coeficiente fuera el más alto del edificio, y que eso se tuviera en cuenta «a la hora de repartir lo que haya que repartir».

—No hay nada que repartir —dijo Federico.

—Por eso lo digo ahora —dijo Salguero.

Y don Aurelio, del 1ºA, ochenta y siete años, dijo que él estaba para lo que hiciera falta, que él en el 68 había pintado un cuartel entero, y que solo pedía una cosa: que cuando se hablara en el patio se hablara de frente, porque de espaldas él no se entera y luego se cree que le están hablando mal.

Condiciones diez y once. La de don Aurelio no se contó, y no se contó porque el Cronista, que lleva la lista, ha decidido que un hombre que solo pide que le miren a la cara no está poniendo una condición: está pidiendo la única cosa que en aquel edificio no se le negaba a nadie.

Y el 3ºA

Maruchi Ardales no fue reclutada.

Bajó ella, a la una y veinte, cuando la operación ya estaba cerrada y Federico repasaba la lista en el portal con el bolígrafo en la mano. Bajó peinada, cosa notable en sábado, y se ofreció.

—He oído que se va a arreglar la fachada.

—No se va a arreglar. Se va a... adecentar.

—Mejor. Para eso hace falta gusto, y de eso en esta finca hay lo que hay. Yo me pongo donde sea. Pero con dos condiciones.

Las dijo. La primera fue la de sus geranios, que ya había planteado en junta y que planteaba ahora con la misma solemnidad, como si el acta de un miércoles no valiese para un sábado. La segunda fue nueva:

—Y que la parte de arriba la lleve yo.

—¿La parte de arriba?

—El cuarto, la escalera del ático, el descansillo de la claraboya. Esa zona la conozco.

Federico, que llevaba tres horas diciendo que sí a todo el mundo, dijo que no.

Dijo que la lista estaba cerrada y que además hacía falta gente para el patio, no para el ático.

Y Maruchi contestó lo que contestan las artistas cuando les dan una respuesta administrativa, es decir, «ya hablaremos», que en su idioma no significa que se hablará, sino que ya está hablado.

Se fue escaleras arriba. Al pasar por el descansillo del tercero se cruzó con el hombre del ático, que bajaba con el perro y el móvil pegado a la oreja, y que le hizo un gesto con la cabeza sin dejar de hablar.

Ella le devolvió el saludo con dos dedos y siguió subiendo, muy despacio, con el oído puesto en lo que aquel hombre iba diciendo por la escalera, que era algo sobre una localización y sobre un presupuesto.

A las dos, Federico subió al 1ºD, plastificó la lista y bajó a colgarla en el tablón del portal con cuatro chinchetas.

En la lista figuraban nueve nombres, dos columnas y la fecha de comienzo, que era el lunes.

No figuraba nada más, y como en aquella finca lo que no se escribe lo escribe otro, queda aquí, para lo que haga falta más adelante, el inventario de lo que se prometió aquel sábado por la mañana y que ninguna acta recoge:

Uno, que a Herminio no se le taladre hasta el 25 de octubre.

Dos, que alguien le baje a firmar los certificados.

Tres, que Vane grabe el proceso. Cuatro, que si hay un momento bueno sea suyo.

Cinco, que las reuniones sean en la mercería.

Seis, que Chelo se entere siempre la primera.

Siete, que se coloque el papel sobrante en el mercadillo antes de fin de mes.

Ocho, que se carguen las cuatro garrafas de ambientador y no una.

Nueve, que el señor Cuenca cobre en condonación catorce años de cuota.

Diez, que Encarni y los Salguero no coincidan.

Once, que conste que el 4ºA colabora aunque tenga el coeficiente más alto y que eso se tenga en cuenta a la hora de repartir lo que haya que repartir.

Y la de Maruchi Ardales, que no se apuntó porque no se le concedió, y que por eso se cobró antes que ninguna.

En la lista había nueve nombres, dos columnas y ninguna letra pequeña.

La letra pequeña la llevaba cada uno en la cabeza.