Vecinos y otras catástrofes 4. La entropía comunitaria
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4. La entropía comunitaria

El entresuelo B es el único piso del Girasol desde el que se oye el edificio entero, y su inquilino considera que eso no es una molestia sino un cargo.

Con todo eso ya despierto y clasificado, Rafi Cuenca se levanta a las once y media. Levantarse temprano para no hacer nada le parece una falta de carácter: si uno va a estar quieto, que sea con horario de señor.

Su economía es sencilla y no cabe en ninguna declaración.

Tres euros por subir un paquete cuando el ascensor se pone en huelga de peso.

Cinco por dejar entrar al del gas y esperarlo.

Diez, y solo a gente de confianza, por «una gestión», concepto que en el entresuelo B admite todo lo que quepa entre un enchufe y un juicio.

Y luego está el género de su madre, que es un negocio aparte y del que él dice, con la mano en el corazón, que se limita a facilitar el almacenaje.

A Federico Pardal le costó dos días bajar al entresuelo B, y los dos días se le fueron enteros en buscar una manera de decir lo que iba a decir sin decirlo.

Bajó el viernes a las once y media de la mañana con la carpeta azul debajo del brazo, que era su forma de anunciar que aquello no era una visita.

Llamó al timbre. El timbre del entresuelo B no funciona desde 2016, cosa que sabe todo el edificio y que el propio inquilino considera una de las mejores inversiones de su vida, de modo que Federico esperó cuarenta segundos y después llamó con los nudillos, como hay que llamar en aquella puerta y como saben hasta los de los seguros.

Abrió la señora Angustias con las manos en un paño.

—Está en la cocina.

—Vengo a hablar con su hijo, doña Angustias.

—Está en la cocina —repitió ella, y se apartó lo justo—. Y baja la voz, que la tele está buena.

La casa del entresuelo B huele a fritura de las once, que es un olor distinto al de la fritura de las dos, más honrado, con menos prisa.

En el pasillo hay cajas. No están amontonadas de cualquier manera: están amontonadas con criterio, por tamaños, con la etiqueta hacia fuera, que es la señal inequívoca de que en aquella casa las cajas no son mudanza sino género.

Federico pasó de lado, procurando no tocar nada, y llegó a la cocina, donde Rafi Cuenca desayunaba a esa hora un café con leche y una tostada, en camiseta, con el periódico deportivo abierto por la última página, que es por donde se empieza.

—Presidente.

—Ya no soy presidente hasta la próxima junta ordinaria, pero sí, en funciones.

—Siéntese, hombre. En funciones también se sienta la gente.

Federico se sentó en el borde de la silla, que es como se sienta quien no piensa quedarse, y colocó la carpeta azul encima de la mesa a la distancia reglamentaria del hule.

Después estuvo tres minutos exponiendo consideraciones generales sobre el estado del inmueble, la responsabilidad de los propietarios y la conveniencia de afrontar el expediente municipal con una actitud constructiva.

Rafi lo dejó hablar. Untó la tostada. Y cuando el otro llegó a la parte de «una imagen que no se corresponda con la realidad estructural del edificio podría, eventualmente, inducir a error a la administración», dejó el cuchillo en el plato.

—Federico. Que somos mayores.

—Yo no he dicho nada.

—Usted no ha dicho nada y yo no lo he oído. Así hemos vivido catorce años.

Federico apretó el capuchón del rotulador dentro del bolsillo. Aquello, en su sistema de valores, era ya casi una confesión, y llevaba dos noches sin dormir por escrito.

—Lo aprobado en junta —dijo— es no hacer nada ilegal todavía.

—Pues eso.

—Pues eso ¿qué?

—Que en el «todavía» cabe mucha gente —dijo Rafi—. Pero antes de hablar de trabajo hay que hablar de teoría, porque si no, luego pasa lo que pasa.

Y ahí fue cuando el presidente de la comunidad de propietarios del Edificio Girasol, que había bajado a proponer un fraude a la administración local, se encontró recibiendo una conferencia.

La doctrina de Rafi Cuenca se llama entropía comunitaria y no está escrita en ninguna parte, lo cual, según su autor, es la prueba definitiva de su solidez, porque las cosas que se escriben se discuten y las que se saben no.

Tiene una tesis, tiene tres ejemplos y tiene una consecuencia contable, y se expone siempre en ese orden.

La tesis es que un edificio no se estropea a pesar de las reparaciones, sino a causa de ellas.

—Usted toca algo aquí —dijo, y señaló el techo de la cocina con la cucharilla— y a los ocho meses se abre otra cosa allí.

No es mala suerte, es que un edificio viejo está en equilibrio.

Un edificio viejo se ha colocado él solo, con los años, como se coloca un perro en un sofá.

Y usted llega con la buena intención y le mete un tubo nuevo, o le pega una pintura moderna, y le rompe el acuerdo.

El primer ejemplo es el portal, año 2004. Se cambió el suelo, que estaba levantado, por unas losetas de las que entonces se llevaban. Ocho meses después reventó la bajante del patio.

El segundo ejemplo es la fachada, año 2007.

Se pintó con una pintura plástica que la comunidad eligió porque duraba veinte años y venía con garantía escrita.

Duró tres. Y a los tres años, además, las paredes empezaron a sudar por dentro, porque un muro de 1962 respira, y aquella pintura, que era muy buena y muy moderna, no le dejaba.

—Y desde entonces tenemos a la Lourdes —dijo Rafi—. Que no llora, Federico. Suda. Es distinto. Llora lo que se rompe y suda lo que no puede echar el aire.

El tercer ejemplo es de 1988 y Rafi lo cuenta más deprisa, porque él entonces no vivía aquí y las cosas que uno no ha visto se cuentan con menos autoridad: la instalación eléctrica, que se remendó tramo a tramo en vez de entera, y que desde entonces funciona con la lógica de una tregua entre países que no se hablan.

Federico escuchaba. Eso le pasaba siempre con aquel hombre y era lo que más le irritaba de él: que a los cinco minutos de estar oyéndolo, uno se descubría escuchándolo.

—Y de ahí —siguió Rafi— sale la parte económica, que es la que a usted le interesa. Cada vez que esta comunidad ha arreglado algo, se ha gastado un dinero y se ha creado un gasto futuro. Yo llevo catorce años sin arreglar nada. Eche la cuenta.

—La cuenta la tengo hecha. Debe usted catorce años de cuota.

—Yo no debo. Yo tengo un crédito.

Federico dejó de mover el pie debajo de la mesa.

—Yo no es que no arregle —dijo Rafi, y se recostó en la silla—.

Yo respeto los procesos naturales del edificio.

Y respetarlos le ha ahorrado a esta finca, de 2011 para acá, entre bajantes que no han reventado y pinturas que no se han comprado, un dinero que si usted lo pone en su hoja de cálculo le sale a devolver.

A mí. Lo que pasa es que en su hoja no hay una casilla para lo que no ha pasado.

Aquella frase tenía la particularidad de ser, según se mirase, una desvergüenza monumental o una observación exacta sobre la contabilidad pública española, y Federico, que había trabajado cuarenta años con balances, tuvo el mal gusto de entenderla por el segundo lado.

—Al grano, señor Cuenca. ¿Qué quiere usted?

—Que se me condonen los catorce años y que conste en acta que se me condonan por servicios prestados. No por caridad. Por servicios prestados.

—Eso no lo va a aprobar la junta.

—La junta aprueba lo que usted le ponga por escrito a las nueve de la noche, cuando la gente tiene sueño. Eso lo sabe usted mejor que yo.

Hubo un silencio de esos que en una cocina duran más que en una sala. Se oía la televisión del salón y se oía a la señora Angustias moverse por el pasillo, y quien conozca aquella casa sabe que la señora Angustias solo se mueve por el pasillo cuando está escuchando.

—Y a cambio —dijo Federico— usted... prepara el edificio.

—Yo presento el edificio. Preparar lo prepara un albañil y cobra. Presentar es otro oficio.

—No quiero saber los detalles.

—No los va a saber.

—Y no se toca nada estructural.

—Federico, es que no vamos a tocar nada. Ese es el sistema.

Entró entonces la señora Angustias en la cocina con la fiambrera grande, y el presidente, que llevaba siete años presidiendo aquella comunidad, supo que la reunión acababa de cambiar de manos.

La fiambrera grande sale en el entresuelo B cuando hay que negociar de verdad. La abrió, la puso en el centro del hule y la destapó, y el olor hizo en la cocina el trabajo que en otros sitios hace un abogado.

—Coja usted una, que están tibias.

—No, gracias.

—Coja una, Federico.

Federico cogió una.

—Ahora —dijo Angustias, sentándose—, lo que ustedes necesitan es material, porque presentar sin material no se presenta ni una hija. Y da la casualidad de que a mí me han quedado en el puesto tres rollos de papel pintado de una casa que se vació en la avenida.

—¿Que se vació?

—Se vació, sí. La gente se muere, hijo, no lo digo yo.

—¿Y eso tiene factura?

—Tiene mejor que factura —dijo ella—. Tiene precio. Y ya sabes lo que se dice: a quien madruga, hijo, le pilla el tráfico.

—Eso no se dice así, doña Angustias.

—Se dice como sale.

Aquello era, en términos jurídicos, una compraventa de bienes de procedencia no acreditada; en términos de la calle Anunciación, una solución.

Y así, entre una croqueta y otra, quedó constituido el fondo de materiales de la operación: tres rollos de papel pintado del año del Mundial de España, dos garrafas de pintura blanca de una obra de la Ronda, un juego de bombillas nuevas, ambientador industrial de un hotel que cerró y un póster grande y enrollado del que la señora Angustias dijo, sin más detalle, que ya lo verían.

Federico, que había bajado a cometer un delito administrativo y llevaba media hora recibiendo alta cocina, sacó el rotulador, le quitó el capuchón, se lo guardó en el bolsillo de la camisa y no escribió nada, porque no había en aquella mesa un solo papel donde aquello pudiera escribirse.

—Necesito verlo —dijo—. El material.

Rafi se levantó.

Bajaron al trastero por la escalera de servicio, y por el camino Rafi hizo lo que hace siempre y no sabe que hace: pasó la mano por la pared del rellano del entresuelo, a la altura del hombro, sin mirarla, y la dejó ahí dos pasos más de la cuenta.

—¿Qué pasa? —dijo Federico.

—Nada. Está fresca.

—Todas las paredes están frescas.

—Esta no debería.

El trastero del entresuelo B no es un trastero.

Es un comercio sin licencia, con pasillo central, con estantes por familias de producto y con una bombilla que Rafi cambió el año pasado, único acto de mantenimiento documentado en catorce años.

A la izquierda, electrodomésticos pequeños.

A la derecha, ropa de cama y toallas de hotel.

Al fondo, herramienta. Y en la pared de la entrada, colgado de un tablero de corcho con chinchetas, un juego de veinticuatro llaves, cada una con su etiqueta escrita a mano.

Federico se quedó mirando el tablero más tiempo del que hubiera querido.

—¿Eso qué es?

—Copias.

—¿De todo el edificio?

—Por protocolo —dijo Rafi—. Un día se queda alguien fuera, o hay un escape mientras están en la playa, y entonces todos muy contentos con el protocolo.

—Eso no está autorizado.

—Federico, a usted le he abierto la puerta dos veces.

Sacaron el papel pintado, que estaba de pie en la esquina, y para llegar a él Rafi tuvo que apartar una caja de cartón cerrada con cinta de embalar y un rótulo escrito con rotulador grueso: DOCUMENTACIÓN.

Dentro, al levantarla, algo de cristal hizo el ruido de lo que está enmarcado y boca abajo.

Rafi la movió cuarenta centímetros hacia la izquierda, la volvió a dejar apoyada en la pared, del mismo lado y con la misma cara contra el suelo, y siguió a lo suyo.

Federico no preguntó. Federico estaba calculando cuántos metros de pared cubren tres rollos.

Subieron con el material. En el portal, antes de despedirse, el presidente se detuvo debajo del reguero de la Lourdes y dijo, más para el papel que para el hombre:

—Voy a tener que llamarlo de alguna manera. En el archivo.

—Llámelo mantenimiento.

—Es que no es mantenimiento.

—Federico, en catorce años nada de lo mío lo ha sido. Y ahí sigue el edificio.

Cuando el otro subió, Rafi volvió a bajar al trastero, apagó la bombilla y se quedó un momento en la oscuridad, que es una cosa que hace y que no le cuenta a nadie.

Después encendió, cogió el ventilador viejo del estante de arriba y lo puso encima de la caja de la documentación, para que no se moviera.

Llevaba haciendo eso desde 2011.