3. Chíllame bajito
Aquella mañana se levantó a las nueve menos cinco, que es como se levantan las personas con oficio, y lo primero que hizo fue abrir la ventana del salón para que la casa se enterase de que había alguien dentro.
La palabra promete lleva enmarcada treinta y seis años.
Maruchi regó los geranios, saludó al barrio con dos dedos y bajó a por el pan por la escalera, porque ella no coge el ascensor.
Lo explica siempre igual y lo explica sin que nadie se lo pregunte: la escalera sujeta las piernas y abre el diafragma, y una voz sin diafragma es una voz de karaoke.
La verdad, que el edificio conoce y calla, es la que se conoce y se calla en todos los edificios de este país, y no tiene nada que ver con el diafragma.
En el portal se cruzó con don Aurelio, que le preguntó si al final había que pagar lo de la carta.
—Eso lo arregla Federico, que para eso es un hombre de números —dijo ella—. Yo de números no entiendo. Yo entiendo de público.
Don Aurelio se marchó contento, y ese es el detalle que conviene anotar de esta mujer antes de seguir con lo demás, porque va a hacer falta mucho más adelante: Maruchi Ardales tarda tres segundos en saber qué necesita oír una persona, y se lo da.
No lo hace por bondad. Lo hace por oficio, igual que un carnicero sabe dónde está el hueso.
A las nueve y cuarenta llegó Inma del turno.
Traía la bolsa de la farmacia, la cara de las guardias de septiembre y el pelo recogido con una goma que ya no daba de sí.
Dejó las llaves en el plato de la entrada, comprobó de un vistazo la cocina —el vaso de la noche anterior estaba fregado y boca abajo, de manera que la casa había dormido decente— y se fue al mueble bar sin quitarse la chaqueta.
—Mamá, ¿dónde está el móvil?
—En su sitio.
—Su sitio es la caja de la aspiradora.
—Su sitio es donde yo lo dejo, hija, que es mi móvil.
Inma abrió el mueble bar, sacó el teléfono de detrás de la botella de fino, comprobó el registro de llamadas y encontró dos, ambas a las tres y veinte de la madrugada, ambas al mismo número de una emisora de la que Maruchi era, desde hacía años, lo que en las emisoras se llama con mucho cariño «una oyente fiel».
—Has vuelto a llamar a la tertulia.
—He dado mi opinión sobre un asunto de interés general.
—El asunto de interés general era si Bertín Osborne debía volver a la televisión.
—Y yo tengo criterio, porque le conozco.
—No le conoces.
—Le conocí en un ascensor de Torremolinos —dijo Maruchi, y se recolocó el pendiente de clip con dos dedos— y me lloró. Bueno, lloraba un señor que se le parecía mucho. Pero las lágrimas eran de verdad.
Inma se guardó el móvil en el bolsillo, que es donde llevaba el móvil de su madre desde 2019 mientras estaba en casa despierta, y se sentó a la mesa camilla a quitarse los zapatos.
Tenía por delante seis horas de sueño y detrás doce de planta, y en medio, aquella semana, un asunto administrativo del que había que hablar.
—Ha bajado Federico con lo de la derrama. Nos toca a nosotras unos tres mil.
—¿Tres mil qué?
—Euros, mamá.
—Eso es un disparate.
—Eso es un edificio.
Maruchi hizo entonces una cosa que Inma le había visto hacer toda la vida y que ya no le producía nada: se puso de pie, se llevó la mano al pecho y anunció que ella pensaba dirigirse personalmente al ayuntamiento, porque a ella en el ayuntamiento la conocían, y porque cuando el alcalde antiguo inauguró el paseo marítimo ella cantó allí y nadie le pagó y aquello, señores míos, también es una deuda.
—Mamá.
—Se llama influencia, hija.
—Se llama 1991.
—Yo no envejezco —dijo Maruchi, y se sentó otra vez, muy digna—. Yo me voy quedando en acústico.
Inma se rió con la nariz, sin ganas y con ganas, que es la única manera en que se ríe de su madre, y se fue a dormir. Antes de cerrar la puerta de su cuarto dijo una cosa que no quería decir en aquel tono y la dijo en aquel tono:
—Si nos suben tres mil, alguien tiene que trabajar dos meses más al año. Y ya te digo yo quién.
La puerta se cerró. Maruchi se quedó sola en el salón con las trece fotografías, y estuvo un rato buscando algo que ordenar hasta que encontró el mueble bar, que ya estaba ordenado, y lo ordenó otra vez.
A las doce y media apareció el camión.
Lo oyó antes de verlo, porque un camión en la calle Anunciación no cabe y hay que oírlo maniobrar durante seis o siete minutos antes de que se rinda y aparque en doble fila.
Maruchi salió al balcón con la regadera vacía en la mano, coartada de las señoras de este país desde que existen los balcones, y se colocó entre los geranios.
Descargaron primero las cajas, y las cajas venían rotuladas, que es un detalle que en aquel barrio no se había visto nunca.
Después bajaron dos trípodes. Después una caja larga y negra de la que asomaban tres focos con sus patas plegadas, como pájaros dormidos.
Después una maleta metálica con esquinas reforzadas y pegatinas de aeropuerto.
Y por último bajó del asiento del copiloto un perro flaco, alto, de pelo áspero y color de galleta, que pisó la acera de la calle Anunciación con la desconfianza de un animal que ha vivido en sitios mejores.
Detrás del perro salió el hombre. Treinta y tantos, coleta baja, camiseta lisa, y unas zapatillas que Maruchi tasó en un segundo y medio y clasificó, con acierto, como caras.
—Chelo —dijo Maruchi desde el balcón, sin levantar la voz, porque la mercería está justo debajo y en aquella casa la comunicación vertical funciona mejor que el telefonillo—. ¿Quién es?
Chelo salió, miró, volvió a entrar y volvió a salir en el tiempo que tarda un cajón en abrirse.
—El del ático. Firmó en julio. Seis meses por adelantado.
—¿A qué se dedica?
—Al cine.
Maruchi no contestó. Se quedó mirando cómo subían los focos por el hueco de la escalera, porque en el ascensor no cabían, y notó una cosa en el pecho que llevaba muchos años sin notar y que no era alegría exactamente.
Era otra cosa. Era la sensación física, casi de temperatura, de que algo que llevaba mucho tiempo pasando en otras ciudades acababa de aparcar en doble fila debajo de su balcón.
Los focos. Eso era lo que ella no podía dejar de mirar. Nadie se lleva tres focos de esos a una casa para vivir en ella.
De ahí en adelante, el razonamiento fue impecable, y lo fue porque partía de una premisa que en el 3ºA no se discute desde 1989: las cosas que pasan cerca de Maruchi Ardales pasan por algo.
Si un hombre trae focos, es que va a rodar.
Si va a rodar, necesita cara. Si necesita cara, no la va a traer de fuera pudiendo tenerla en la misma finca, porque el presupuesto de un rodaje se va en dietas, cosa que ella sabe de cuando lo de la autonómica.
Y si necesita cara con oficio, con tablas, con nombre y con público —aunque el público esté disperso, que estar disperso no es lo mismo que no estar—, en aquel edificio hay una sola.
Bajó al portal a comprobar la teoría con material de campo.
—Es el del ático —le dijo a la señora Angustias, que volvía del mercadillo con el carrito.
—Ese trae dinero.
—Ese trae equipo, que no es lo mismo. ¿Tú te has fijado en las maletas?
—Yo me he fijado en el perro —dijo Angustias—. Un perro así come lo que yo en dos días.
—Es un galgo.
—Es un podenco, Maruchi. Un galgo no mira así.
La conversación no dio más de sí porque Angustias tenía género que colocar y porque Maruchi ya tenía lo que había bajado a buscar, que no era información sino confirmación, que es lo que va a buscar todo el mundo cuando baja al portal.
Aquella tarde el edificio no habló de otra cosa durante hora y media, que en el Girasol es poco, y luego volvió a hablar de la derrama, porque la derrama tenía cifra y el hombre del ático no.
Federico anotó la incidencia en la pestaña de correspondencia con una nota escueta: «Ático, alquiler, ver si consta como propietario a efectos de junta.
» Vane bajó a mirar el camión con el móvil en la mano y subió sin haber grabado nada, porque el del ático la saludó de frente y a Vane la gente que la mira de frente la desarma.
Rafi echó un vistazo desde el entresuelo, calculó el peso de la maleta metálica y perdió el interés.
Solo en el 3ºA se estuvo trabajando.
Maruchi sacó del armario del pasillo las tres fundas de plástico y las extendió sobre la cama: el verde botella del 89, el rojo de las galas de fin de año y el negro largo, que es el que ella llama «el de las entrevistas».
Los miró un rato de pie. Después los volvió a guardar, porque una cosa es prepararse y otra es precipitarse, y ella lleva treinta y seis años sin precipitarse.
A las ocho y media se sirvió el rebujito de las artistas: fino con Fanta de limón, dos dedos de cada, mucho hielo, en copa de balón. Lo bautizó así en el 91 delante de dos periodistas y desde entonces no ha vuelto a llamarlo de otra manera ni siquiera cuando está sola, que son casi todas las veces.
A las nueve subió por la escalera, y en el tramo entre el tercero y el cuarto se encontró al perro.
Estaba solo, sentado en el descansillo, mirando hacia la puerta del ático, que estaba abierta y de la que salía ruido de cajas. El animal la vio llegar, se levantó y fue hacia ella sin ninguna ceremonia, y le puso el hocico en la mano como si hubiera estado esperándola desde por la mañana.
—Anda —dijo ella—. Tú sí que sabes quién soy.
Se agachó como pudo, con la mano en la barandilla, y le rascó detrás de la oreja. Desde dentro, una voz de hombre llamó al perro por un nombre que ella no entendió del todo y que le pareció extranjero. El animal se fue.
Maruchi subió el último tramo, entró en su casa y se quedó de pie en el recibidor, con la llave todavía en la mano.
Cenó a las once, cuando ya estaba puesta la radio, un plato de sopa y una tortilla francesa que se hizo después de recoger, porque desde 1989 no cena antes de las once.
Lo explica, cuando alguien pregunta, diciendo que antes de actuar no se come, que se te queda la voz plana.
No lo explica del todo. Lo que no dice, porque no hay a quién decírselo a esas horas, es que cenar tarde le sirve para que el día tenga una parte que ocurra después de algo.
Fregó el plato y lo puso boca abajo.
Después fue al cuarto de la plancha, abrió la caja de la aspiradora y sacó el móvil, que Inma había vuelto a dejar allí antes de irse a la planta.
Inma escondía el móvil en la caja de la aspiradora desde 2019. Maruchi lo sabía desde 2019.