Vecinos y otras catástrofes 2. Once minutos
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2. Once minutos

Federico Pardal bajó a la mercería a las seis y veinte de la tarde, cuarenta minutos antes de la hora convocada, con veinticuatro convocatorias plastificadas para diecinueve vecinos.

Contó las sillas. Había quince, más dos taburetes de la trastienda y el sillón de mimbre de Chelo, que no se cuenta porque es de Chelo.

Federico colocó catorce en cuatro filas, dejó una separada al frente para la presidencia y calculó que los demás vendrían de pie, como venían siempre, porque en aquella casa la gente que se sienta pierde autoridad para gritar.

—Vas a necesitar más sillas —dijo Chelo desde el mostrador, sin levantar la vista de la libreta.

—Vienen diecinueve.

—Vienen diecinueve —dijo ella—. Pero vienen enfadados, y eso ocupa más.

A las siete menos cuarto empezó a entrar el edificio.

Entró primero Herminio, del 2ºC, que llegaba con cuarenta minutos de antelación a todas partes desde hacía diecinueve convocatorias y se sentó en la primera fila con los cascos de obra colgados del cuello, por si acaso.

Detrás, el matrimonio Salguero del 4ºA, que llevaba desde 2016 sin dirigirle la palabra a nadie del segundo por un asunto de goteras que ya nadie recuerda salvo ellos y el propio segundo.

Después Encarni, del 2ºA, con la bata puesta, señal de que pensaba intervenir.

Luego don Aurelio, del 1ºA, ochenta y siete años y un audífono que administra como una tarifa: lo sube cuando le interesa lo que se dice y lo baja cuando le interesa más lo que va a decir él.

Yoli, del 3ºB, llegó con la niña dormida en el carro y pidió por favor que no se gritara. La petición constaba en acta desde 2021 y nunca se había cumplido.

La señora Angustias entró a las siete menos cinco con la fiambrera pequeña, dato que Federico anotó mentalmente y que en el Girasol equivale a un parte meteorológico: fiambrera pequeña significa asunto menor, mera cortesía. La grande sale cuando hay que negociar de verdad.

Vane, del 4ºB, se colocó en la esquina del fondo, levantó el móvil y encuadró la sala.

—Un momentito, Vane —dijo Federico—. Esto es una reunión privada de propietarios.

—Es que era para el ambiente.

—El ambiente no se graba.

Vane bajó el móvil hasta la altura del pecho, que es donde los móviles siguen grabando, y Federico, que había trabajado cuarenta años con personas y sus formularios, no lo advirtió porque estaba mirando la puerta.

Por la puerta entró Maruchi Ardales a las siete y dos minutos, o sea tarde, o sea a tiempo, con una pamela que no venía a cuento y un pañuelo al cuello, y saludó a la sala con los dos dedos de costumbre antes de sentarse en la única silla del frente, la de la presidencia, que Federico había dispuesto para sí mismo.

Nadie se lo discutió. Detrás llegó Inma, que se quedó de pie junto a la persiana porque entraba a las diez al hospital y aquella semana le tocaba planta.

El último fue Rafi Cuenca, a las siete y seis, sin prisa, y se apoyó en el marco de la puerta del almacén con los brazos cruzados y esa cara de estar escuchando el pronóstico de una tormenta que va a caer en otra provincia.

Federico miró el reloj de pared de la mercería, un reloj de propaganda de hilos Presencia que atrasa tres minutos desde el 94 y que en el barrio se considera hora oficial. Dio las siete y diez. Empezó.

—Buenas tardes. Junta extraordinaria, punto único del orden del día: notificación municipal recibida ayer.

Chelo abrió la libreta por la hoja nueva y escribió la fecha.

Minuto uno. Federico leyó el burofax entero, con los artículos, con las disposiciones y con la coletilla final sobre la multa coercitiva, que pronunció despacio para que se entendiera. Se entendió. Se hizo un silencio de misa de funeral, de esos en los que la gente calcula.

Minuto dos. Don Aurelio se subió el audífono y preguntó si eso era obligatorio.

—Es un requerimiento del ayuntamiento —dijo Federico.

—Ya, pero obligatorio obligatorio.

Minuto tres. Encarni, del 2ºA, informó a la sala de que a los del número 5 les había llegado una carta igual, y que no habían hecho nada, y que allí no había pasado nada de nada. La afirmación llevaba veinticuatro horas circulando por el edificio y había mejorado en cada rellano.

Chelo, sin moverse del mostrador, abrió un cajón, sacó una caja de cartón donde ponía «hebilla dorada 20 mm», metió la mano y sacó un recorte de periódico local.

—Al número 5 lo apuntalaron en 2019 —dijo—. Doce meses de andamio y cuarenta y un mil euros. Vivo enfrente desde el 74.

—Tú siempre tienes que saberlo todo —dijo Encarni.

—Yo no cotilleo —dijo Chelo, y devolvió el recorte a la caja de las hebillas—. Yo archivo.

Minuto cuatro. Alguien, y en el acta consta que fue el señor Salguero, pronunció la palabra «derrama».

Federico había preparado un preámbulo de tres frases para llegar a esa palabra con las garantías debidas, y el señor Salguero se lo había quemado en dos sílabas.

Aquello fue el primer crujido de la tarde: no un grito todavía, sino ese rumor de sala que precede a los gritos igual que el chasquido precede a la rama.

Minuto cinco. Le preguntaron cuánto.

Federico había calculado la cifra la noche anterior a mano, dos veces, con la calculadora del móvil y con el bolígrafo, y le había salido lo mismo, que es lo peor que puede pasarle a una cuenta.

Había decidido no darla. Tenía redactada una fórmula prudente —«hasta que no exista informe técnico, cualquier estimación sería irresponsable»— y llegó a articular las cuatro primeras palabras.

—Sesenta y ocho mil —dijo Rafi desde la puerta, sin descruzar los brazos.

La sala hizo un ruido que Chelo, en el acta, describió como «murmullo general».

—Eso lo dice por decir —dijo Federico.

—Lo digo por la fachada este, que está como está, y por lo del patio. Súmele el andamio, que el andamio se paga aunque no se suba nadie.

Federico apretó el capuchón del rotulador dentro del bolsillo de la camisa. Su cifra era sesenta y siete mil cuatrocientos.

Minuto seis. Se abrió el melón de los coeficientes, que en toda comunidad de propietarios de este país es el melón del que salen los demás melones.

Los bajos anunciaron que ellos no usaban el ascensor.

El cuarto contestó que ellos no usaban el portal, que solo pasaban por él.

Don Aurelio recordó que el ascensor, para lo que sube, tampoco es que lo use nadie del todo.

Y el matrimonio Salguero, que lleva ocho años pesando lo justo, dejó caer que hay vecinos a los que el ascensor les ha dicho que no y que a esos habría que cobrarles menos, y en la mercería se hizo un silencio distinto, un silencio de anatomía.

Minuto siete. Maruchi Ardales pidió la palabra levantando la mano hasta la altura de la oreja, que es como se pide en televisión.

—Yo lo único que digo, Federico, es que la fachada de mi balcón no se toca sin avisarme con tiempo.

—Es la fachada de la comunidad, Maruchi.

—La comunidad tendrá la fachada. Los geranios son míos.

—Nadie va a tocar sus geranios.

—Eso lo dijo también el del gas —dijo ella, y ahí acabó su intervención, porque el argumento no admitía continuación y ella lo sabía.

Minuto ocho. Y llegó, como llegaba siempre, aunque nunca figurara en el orden del día, el asunto pendiente.

Fue Yoli quien lo abrió, sin mala intención, preguntando cómo se repartía la derrama entre los que pagan cuota.

La frase iba con subordinada, y en aquella sala una subordinada es una puerta abierta.

Federico sintió cómo se le organizaba solo, en la cabeza, el resumen de catorce ejercicios contables.

—El señor Cuenca —dijo— disfruta desde 2011 de una exención acordada verbalmente a cambio de unas labores de mantenimiento cuya ejecución esta presidencia no ha logrado documentar ni una sola vez.

—Yo hago mantenimiento preventivo —dijo Rafi.

—Usted hace la siesta.

—Preventivo es lo que no se ve.

—Usted, señor Cuenca, es lo único que hay en España que lleva catorce años cobrando por no existir. Es usted un parásito con llavero.

Se oyó una risa corta al fondo, que fue de Vane, y se oyó a Chelo escribir. Escribía sin levantar la cabeza, deprisa y sin taquigrafía, y lo que quedó escrito, palabra por palabra, fue esto: «Consta en acta que el señor Pardal ha llamado al señor Cuenca parásito con llavero.»

—Chelo, eso no hace falta que conste.

—Ha constado.

—Táchalo.

—Se tacha lo que se ha dicho mal —dijo Chelo—. Eso lo has dicho muy bien.

Minuto nueve. Herminio, del 2ºC, se levantó para pedir que, hubiera obras o no las hubiera, no hubiera taladros entre el 15 de octubre y el día del examen, y explicó que el temario de admisión de envíos no se sostiene con ruido.

Nadie le contestó. Se sentó. Volvió a ponerse los cascos, esta vez encima de las orejas, lo cual, visto con el tiempo, fue la decisión más sensata que se tomó en toda la tarde.

Minuto diez. Empezaron las propuestas.

Que no se le abriera la puerta al arquitecto.

Que se le dijera que el edificio estaba deshabitado.

Que se quitara el número 7 del portal, propuesta que se defendió durante casi un minuto entero antes de que alguien preguntara qué pasaría entonces con el correo.

Que se alegara algo. Encarni preguntó si se podía alegar sin más, alegar en general, y a Federico le pareció, por primera vez en siete años, que la palabra «alegar» era una forma de rezar.

Minuto once. Hablaban todos.

Hablaban los Salguero con el segundo, que no se hablaban; hablaba don Aurelio con el audífono a tope; hablaba Encarni de pie; hablaba Yoli pidiendo que no se gritara y gritándolo; hablaba Maruchi de sus geranios con una vecina que ya no la escuchaba; y por debajo de todo aquello, como el zumbido de un fluorescente, se oía a Chelo pasar página.

Federico dio tres golpes en la mesa con el bolígrafo. Después con la carpeta azul. Después dijo «orden» dos veces, y la segunda le salió con una voz que no era la suya, y comprendió, mientras la oía, que aquello ya no era una junta sino un patio.

Duró once minutos.

Lo que vino después fue la parte administrativa, es decir, la parte en la que una comunidad española, tras haber estado a punto de llegar a las manos, se sienta y aprueba algo por unanimidad para poder irse a casa con la sensación de haber gobernado.

Se descartaron, una por una, las propuestas del minuto diez, no por ilegales, sino porque Chelo hizo notar que todas ellas figurarían por escrito en el acta que ella estaba redactando.

Fue entonces cuando Federico, buscando una fórmula que salvara la tarde y no comprometiera a nadie, redactó en voz alta y sobre la marcha la moción que aquella comunidad iba a arrastrar durante cinco semanas:

—Se acuerda no hacer nada ilegal todavía.

Se aprobó por unanimidad. Se abstuvo la señora Angustias, que en ese momento le estaba cobrando a Encarni cuatro tarros de miel de una procedencia que en aquella sala nadie tuvo el mal gusto de preguntar.

La gente empezó a levantarse. Y en ese ruido de sillas, cuando ya nadie escuchaba porque nadie estaba obligado a hacerlo, Rafi Cuenca se separó del marco de la puerta, pasó junto a la mesa de la presidencia y dijo, a media voz, mirando el techo de la mercería:

—Un edificio no es lo que es, Federico. Un edificio es lo que enseña. Hay fincas peores que la nuestra que han pasado la inspección con un sobresaliente, y no por listas: por presentadas.

Federico no contestó. No contestó porque estaba recogiendo las convocatorias plastificadas que nadie se había llevado, veintiuna de veinticuatro, y porque contestar habría sido reconocer que había entendido.

Se quedó el último. Apiló las catorce sillas en cuatro columnas, devolvió los taburetes a la trastienda, comprobó que la persiana bajaba entera y le dio las buenas noches a Chelo, que ya estaba pasando el acta a limpio.

Subió al 1ºD. Eran las nueve menos veinte y el teléfono no sonó, porque era miércoles y su hijo llama los domingos.

Cenó de pie. Después encendió el ordenador, abrió COMUNIDAD_v14_DEFINITIVO.xlsx y se quedó delante de las once pestañas con el cursor parado, porque ninguna servía.

Lo del minuto once no era una incidencia.

Lo del minuto once tampoco era una obra.

Y lo que le había dicho aquel hombre al salir no podía escribirse en ningún sitio sin que se convirtiera en prueba.

Creó una pestaña nueva y la dejó sin nombre. Después fue a la paleta a buscar un color para lo que se había aprobado aquella tarde.

No lo había.