Vecinos y otras catástrofes
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1. La comunidad de la Lourdes
Lo primero fue la Lourdes.
Ninguno de los tres se detuvo. En sesenta años, la Lourdes ha desarrollado la única virtud que se le exige a un problema doméstico para llegar a viejo: no empeorar deprisa.
A las nueve y cuarto llegó el repartidor.
El repartidor salió, volvió a entrar, probó otra vez, dijo algo que no consta y se asomó al hueco de la escalera buscando un testigo.
Encontró a Rafi Cuenca, del entresuelo B, que bajaba en chanclas con una bolsa de basura, lo cual a esas horas y en aquella casa equivalía a una jornada laboral completa.
—No sube —dijo el repartidor.
—Sube —dijo Rafi—. Con usted no.
—¿Cómo que conmigo no?
—Setenta kilos. De ahí para arriba, se ofende.
El repartidor, que rondaba los setenta y cuatro y lo sabía, miró el aparato con una indignación nueva, la indignación específica de quien acaba de ser juzgado por una máquina de 1962.
Rafi apoyó la mano en la pared del rellano al pasar, distraído, como quien saluda a un perro conocido, y no dijo nada más.
Subió las cajas a pulso hasta el cuarto, cobró tres euros por el favor y volvió a bajar.
En el Girasol, la única persona que ha convertido el ascensor en un negocio es la única que no paga la cuota de comunidad, y esto, que a un jurista le parecería un escándalo, en el número 7 lleva catorce años figurando en el orden del día como «asunto pendiente».
Conviene decir cuanto antes lo que el edificio sabe de sí mismo, porque va a hacer falta.
El Girasol sabe que tiene veinticuatro puertas y diecinueve vecinos.
Sabe que el ático lleva vacío desde que los Ferrer se fueron a un chalé adosado del extrarradio, y que en internet, desde julio, hay un anuncio con siete fotografías tomadas con gran angular y la palabra «auténtico» escrita dos veces.
Sabe que la instalación eléctrica se remendó en el 88 y que aquello no fue una reforma, fue una tregua.
Y sabe, aunque no lo diría delante de nadie, que la grieta que va desde el cuarto de contadores hasta el patio, esa que cada verano se abre un poco y cada invierno se disimula, no es cosa del calor.
Los vecinos, en cambio, saben otras cosas. Cada uno sabe con exactitud lo que es él y con no menos exactitud lo que son los demás, y de la suma de esas dos certezas no ha salido nunca una comunidad de propietarios, sino un pleito.
A las nueve y media, don Federico Pardal salió del 1ºD con la escuadra.
Debe entenderse literalmente. La escuadra es de plástico, tiene cuarenta años y perteneció a un hijo que ahora vive lejos y llama los domingos.
Federico la usa cada primer martes de mes para comprobar que los felpudos del rellano guardan la distancia reglamentaria con el marco de la puerta, tres centímetros, ni uno más, distancia que no figura en ningún estatuto porque la fijó él en 2019 y luego la incorporó al acta con una redacción tan lograda que nadie recordó nunca que no se había votado.
Federico llevaba siete años presidiendo la comunidad y cuarenta ordenando el mundo, dos tareas que solo él distinguía.
Había sobrevivido a tres absorciones bancarias tomando notas, que es como se sobrevive a casi todo, y de aquel oficio le quedaron un rotulador cuyo capuchón guarda en el bolsillo de la camisa mientras escribe y la convicción absoluta de que el desastre entra siempre por la celda que nadie revisa.
Aquella mañana anotó dos incidencias: un felpudo del segundo a cuatro centímetros y medio, y una bicicleta atada a la barandilla del primero en régimen de flagrancia.
Después subió a casa, encendió el ordenador y abrió el archivo.
El archivo se llama COMUNIDAD_v14_DEFINITIVO.xlsx y tiene once pestañas.
Una por cada asunto que en algún momento amenazó con volverse serio: recibos, morosos, derramas, contadores, humedades, obras 2018, obras 2018 (bis), correspondencia, incidencias, sanciones y una que se llama simplemente RAFI.
Las celdas van coloreadas según un código que Federico no ha explicado nunca a nadie y que, examinado de cerca, no es contable: es moral.
El verde es para quien paga. El ámbar, para quien paga tarde.
El rojo, un rojo oscuro y solemne, casi litúrgico, está reservado a quien no paga y además tiene opiniones.
A las nueve y cuarenta llegó Inma Ardales del turno de noche.
Venía del hospital con el pelo recogido de cualquier manera y una bolsa de la compra hecha a las nueve porque a las cinco de la tarde, cuando se despertara, no habría nadie que la hubiera hecho.
Pesa cincuenta y ocho kilos, de modo que el ascensor la aceptó sin discutir.
Subió al tercero, abrió la puerta del A y se encontró la casa a oscuras y la radio encendida, que es el estado natural de aquel piso a esas horas.
En la cocina, el vaso de la noche anterior estaba fregado y puesto boca abajo.
Su madre nunca los dejaba sucios: eso, en el 3ºA, se consideraba una forma de decencia.
Inma se lavó la cara, se acostó y no llegó a pensar lo que estaba a punto de pensar. Le pasa desde hace años y no le da tiempo a más.
Mientras tanto, en el 3ºA no dormía nadie, porque Maruchi Ardales se levanta a las nueve para no perder la costumbre de tener horarios.
A esa hora estaba en el balcón, regando los geranios con una regadera de plástico y un albornoz de raso, y saludando al barrio con dos dedos, no con la mano entera, porque la mano entera se saluda desde un escenario y desde un balcón se saluda así, con medida, para no darle al público más de lo que ha pagado.
El barrio, que iba a trabajar, no la miraba.
Ella lo tenía asumido en el mismo sentido en que un torero asume la lluvia: como un incidente técnico, ajeno al mérito.
A las diez abrió Chelo la mercería.
Levantó la persiana hasta la mitad, que es la altura del negocio en España desde 2008, y encendió el fluorescente del fondo.
La tienda del bajo del Girasol vende hilos, botones, cremalleras, cintas de bies, gomas de tres anchuras y agujas de coser a mano.
No ha vendido nada de eso, en cantidad apreciable, desde 1994.
Sigue abierta porque el género que da beneficios no está en los cajones.
Chelo tiene sesenta y ocho años, una libreta de cuadros por trimestre y una memoria organizada por cajas.
Las cajas están etiquetadas a mano y en algunas pone «botón nácar 14 mm» y en otras pone «Puri» o «lo del 2ºC», y solo ella sabe cuáles son las que tienen dentro botones.
Aquella mañana entraron tres personas. Ninguna compró nada.
Una salió con una dirección, otra con una fecha, y la tercera con la sensación, no del todo agradable, de haber dado más de lo que traía.
El resto del día no dio de sí. En el número 7 no ocurrió nada digno de acta hasta las siete y veinte de la tarde, hora en que el sol entró en el patio por el rectángulo prometido en el folleto y en que el cartero interino apareció en el portal con un burofax.
Era interino porque el titular estaba de baja, y lo era desde marzo, y ocupaba la plaza que Herminio del 2ºC lleva diecinueve convocatorias persiguiendo. Ninguno de los dos lo sabía. El barrio funciona así: los destinos se cruzan en el portal, se saludan y no se reconocen.
—Comunidad de propietarios —dijo el cartero—. Necesito firma.
Bajó Federico. Firmó con su bolígrafo, no con el que le tendían, y abrió el sobre allí mismo, de pie, bajo el reguero de la Lourdes, porque lo que se recibe en nombre de veinticuatro vecinos se lee en el sitio donde viven los veinticuatro.
Leyó despacio. Leyó dos veces la parte de arriba y una sola la de abajo, que es como se leen las cartas que empiezan mal.
El documento venía del ayuntamiento, y decía, en el idioma con el que la Administración anuncia las desgracias, es decir, sin adjetivos, que el inmueble sito en calle Anunciación número 7, por razón de su antigüedad, quedaba sujeto a inspección técnica de edificios, que la inspección se practicaría en el plazo de cinco semanas a contar desde la recepción de la presente, y que el resultado desfavorable conllevaría la ejecución obligatoria de las obras necesarias, con advertencia de multa coercitiva y ejecución subsidiaria a costa de la propiedad.
Debajo, un arquitecto municipal firmaba con una rúbrica ilegible.
Federico dobló el papel por la mitad y volvió a doblarlo, aunque no hacía falta, y se quedó mirando la pared.
En su cabeza no había todavía ninguna palabra: había una hoja de cálculo.
La grieta del cuarto de contadores, el remiendo del 88, la cámara de aire del patio, la fachada este.
Sumó por encima, como suman los que han trabajado con dinero ajeno, y le salió una cifra que se apresuró a no decir en voz alta.
Cuando levantó la vista había cuatro vecinos en el portal, y a los diez minutos había once, y a los quince estaba también Rafi Cuenca, apoyado en el marco, escuchando con los ojos entornados como quien cata.
Nadie gritó. Eso vendría al día siguiente.
Aquella tarde se hizo lo que se hace en una comunidad decente cuando llega una carta del ayuntamiento: se pasó de mano en mano, se leyó en voz alta tres veces con tres entonaciones distintas, se preguntó si eso podía ser obligatorio, se afirmó que a los del número 5 les había pasado y no había pasado nada, y se acordó por aclamación convocar junta extraordinaria para el día siguiente en la mercería, único local del edificio con sillas suficientes y una puerta que se puede cerrar.
Después se fue subiendo cada uno a su casa, y en cada casa se dijo una cosa distinta, y ninguna de las diecinueve versiones se parecía al papel.
A las once de la noche el portal se quedó vacío. La Lourdes, que llevaba todo el día floja, había ganado dos dedos de reguero.
Chelo, que no tenía por qué, sacó la libreta del trimestre y abrió una hoja nueva, por costumbre y porque en esa casa lo que no se apunta no ocurre. El acta de aquel martes, redactada sin junta, sin quórum y sin nadie que la leyera nunca, consta de una sola línea:
«2 de septiembre. Ha llegado.»