Vecinos y otras catástrofes 30. Vecinos y otras catástrofes
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30. Vecinos y otras catástrofes

Hay una placa. La puso Patrimonio y dice lo que dicen esas placas.

Y hay otra, más pequeña, de latón, de doce por ocho centímetros, que pagó la comunidad a escote a cinco euros por cabeza y que está atornillada en el portal, en el paño de la izquierda, a la altura del zócalo, donde ya no hay ninguna mancha porque la obra secó el muro y aquello no ha vuelto a aparecer.

Debajo, alguien añadió con un rotulador indeleble que no ha habido manera de quitar: «Y no era humedad, era el saneamiento.» La letra es de Rafi Cuenca, pero él lo niega.

De la comunidad

Federico Pardal fue repuesto en la presidencia el 20 de diciembre, en junta ordinaria, por aclamación, sin votación formal y sin que nadie propusiera a nadie más.

Aceptó con dos condiciones que hizo constar en acta.

La primera, que la presidencia sea rotatoria a partir de 2027, «porque siete años seguidos no es dedicación, es un vicio».

Y la segunda, que se compre una plastificadora nueva para la comunidad, porque la suya es personal y llevaba desde septiembre trabajando con material propio.

Se aprobaron las dos. La plastificadora costó ochenta y nueve euros y está en el 1ºD.

Rafael Cuenca Ruiz firmó en enero un contrato con la comunidad de propietarios como coordinador técnico y responsable de mantenimiento y patrimonio de la finca, con obligaciones detalladas en once puntos y una remuneración que consiste en la exención de la cuota ordinaria.

Es decir: sigue sin pagar.

La diferencia, y no es pequeña, es que ahora hay un papel donde pone lo que tiene que hacer a cambio, con fechas, y que ese papel lo plastificó Federico Pardal el 8 de enero y está colgado en el tablón del portal a la vista de todo el mundo, que es la única manera que ha encontrado esta comunidad de que su vecino más inteligente trabaje: por escrito.

Los primeros once puntos los cumplió todos en el primer trimestre.

Fuera de la finca, aquel hombre tiene desde febrero dos encargos: la revisión de la cubierta del número 5 y un informe de patologías en una casa de la calle de atrás. Cobra por ellos. Sigue en chanclas.

La señora Angustias Cuenca fue advertida en enero por escrito, en una carta que redactó Federico y que corrigió Chelo, de que la comunidad no volverá a adquirir material sin factura.

Firmó el recibí y siguió vendiendo en el mercadillo de los lunes, que es lo que lleva haciendo cincuenta y dos años y lo que va a seguir haciendo, y en marzo colocó los cuatro rollos de papel pintado que sobraron del ochenta y dos a una señora de Alcalá que los quería para forrar cajones.

Chelo cerró el trimestre de invierno con dieciocho ventas y trescientos once formularios, actas, recortes y documentos archivados. La mercería sigue abierta de diez a dos y de cinco a ocho, sigue sin vender nada y sigue siendo el único sitio de aquel barrio donde se sabe todo.

Encarni y los Salguero se hablan desde el 1 de noviembre. No mucho. Se saludan con frase entera, que después de nueve años es casi un abrazo.

Don Aurelio cumplió ochenta y ocho en febrero y su hijo vino de Girona.

De Herminio Rueda

Las notas salieron el 22 de enero a las nueve de la mañana.

Herminio Rueda las miró en el móvil, en la cocina del 2ºC, de pie, y después bajó al portal, se sentó en el escalón y estuvo veinte minutos sin decírselo a nadie, que es exactamente lo que hace un hombre que lleva veinte años preparándose para una noticia y no ha preparado nada para el momento de tenerla.

Plaza. Vigésima convocatoria.

Se lo dijo primero a Chelo, porque bajó a comprar el periódico y ella le preguntó, y a las once y media lo sabía la finca entera y a la una había en la mercería una tarta de la confitería de la avenida que pagó la señora Angustias y que nadie le dejó pagar del todo.

Le dieron destino en abril, y le dieron el que pidió, que era este barrio.

De modo que el hombre que se pasó diecinueve convocatorias estudiando el reglamento de admisión de envíos reparte hoy la correspondencia de la calle Anunciación, y sube andando los cuatro pisos con los certificados en la mano porque el ascensor sigue sin subir con más de setenta kilos y él pesa setenta y ocho.

Y falta contar una cosa que no ha aparecido en este libro porque nadie de aquel patio se enteró nunca, y el Cronista se ha estado callando desde octubre.

Desde el 4 de octubre, cuando el ascensor rechazó por tercera vez una caja grande de la compra de Vane del 4ºB, Herminio Rueda le sube los paquetes.

No se lo ha pedido ella. No lo han hablado. Él baja cuando oye el timbre del repartidor, coge la caja, la sube al cuarto, la deja en el descansillo, llama al timbre y se va antes de que abran, porque un hombre que lleva diecinueve convocatorias no sabe qué cara poner cuando le dan las gracias.

En marzo, ella lo esperó con la puerta abierta.

No pasó nada más y en este libro no va a pasar. Pero pasó eso.

De Vane

La cuenta de Vane del 4ºB tiene hoy cuarenta y un mil doscientos seguidores.

Volvió a publicar el 6 de noviembre, dieciséis días después, y lo primero que publicó fue una receta de garbanzos con especias en freidora de aire, sin explicaciones y sin mencionar nada de lo que había pasado en su bloque.

De aquella noche del 1 de noviembre no ha subido ni un segundo. Del directo del 21 de octubre, que sigue circulando y que a estas alturas ha sido copiado, recortado y republicado por cuentas de medio mundo, ella no ha vuelto a hablar.

Cobra, desde diciembre, entre cuatrocientos y ochocientos euros al mes por publicidad. Sigue trabajando de nueve a seis en la empresa de seguros, por teléfono, diciendo cuarenta veces al día que lo entiende y que lo va a mirar.

Y sigue sin que nadie de aquel patio le pregunte a qué se dedica.

Con dos excepciones. Chelo, que se lo preguntó en enero y le apuntó la respuesta. Y el cartero.

Del documental

Se estrenó el 19 de marzo.

Dura noventa y seis minutos y se llama «Vecinos y otras catástrofes», título que no puso Bruno Salcedo: lo puso la plataforma, en una reunión de marketing, después de descartar otros cuatro, y a él le pareció horroroso durante dos semanas y le parece bien desde el estreno.

No sale la grieta en el cartel. Salen once personas en un patio.

De las trescientas once horas se montaron noventa y seis minutos, y de los once minutos de la carpeta llamada «no» no se montó ninguno.

Tampoco están los cuarenta segundos del rótulo de la España que no se quiere jubilar, ni el premontaje de tres minutos cuarenta, que sigue en un disco que aquel hombre no ha vuelto a abrir.

Está la entrevista del 27 de septiembre, entera, sin cortes y sin música, con el permiso firmado de la interesada, que la vio dos veces antes de firmarlo y que pidió solo que se quitara un plano en el que se le veía el dobladillo descosido de la manga.

Está la búsqueda del perro.

Está el registro voluntario y fraternal, con las caras, con permiso de los catorce.

Está el 1 de noviembre entero menos tres minutos, y esos tres minutos, que son los que Maruchi Ardales cantó subida a la plataforma trasera de un camión de bomberos, no están porque no los grabó nadie, y en su lugar hay noventa segundos de pantalla negra con el sonido de una grabación vertical hecha con un móvil desde abajo, cedida por su propietaria, en la que se oye una voz sola en una calle mojada y se oye, por debajo, a alguien respirando de una manera que no se puede clasificar.

Es lo mejor de la película. Lo dicen todas las críticas. Y es lo único que Bruno Salcedo no rodó.

De Maruchi Ardales

Firmó en enero, con Chelo delante, un contrato de cesión de derechos de imagen y una cosa aparte que le consiguió la productora y que en el papel se llama «gira de presentación» y que en la calle Anunciación se llama la gira.

Chelo le tachó tres cláusulas y le añadió una. La que añadió dice que no puede usarse su imagen en promociones humorísticas. Se aceptó.

Desde marzo lleva quince fechas cerradas y cuatro pendientes. Ferias, casetas, pregones, un centro cultural, dos ayuntamientos y un crucero de tres días por el que le pagan más que por todo lo demás junto.

En el cartel de la feria de un pueblo de la sierra, en junio, figura así:

22:30 h. Actuación de MARUCHI ARDALES, «la Sirena de Marbella». Después del pregón y antes del bingo.

Cabeza de cartel.

Canta ocho canciones. La suya la deja para el final y la canta sin cinta debajo, y en los descansos vende discos que ha reeditado la productora, y firma. En dos meses ha firmado más discos que en todo 1989.

Los dietarios de 2026 están escritos en bolígrafo azul, de enero a diciembre, con las fechas apuntadas por adelantado en la columna de la derecha. Ya no hay lápiz en aquella casa.

De la estación

El 6 de enero de 2026, a las ocho y veinte de la mañana, Inma Ardales cogió el tren.

Se fue con dos maletas: una grande comprada en diciembre y una de cabina roja, con la etiqueta de la tienda todavía puesta desde 2019, que aquella mañana la usó por fin.

La acompañaron su madre y Rafi Cuenca, que las llevó en el Seat.

En el andén, a esa hora de un 6 de enero, no había casi nadie: una familia con un niño dormido, dos chicos con resaca y un señor con un ramo. Hacía frío. Megafonía dio dos veces el aviso del tren.

Maruchi Ardales no cantó, ni contó nada de 1989, ni dijo una frase para que la oyera el andén.

Se quedó de pie delante de su hija, le colocó el cuello del abrigo con las dos manos, como se le coloca a una niña de siete años, y le dijo una sola palabra.

—Gracias.

Y después, cuando el tren ya se movía y su hija estaba en la ventanilla, hizo el gesto de siempre, el de los dos dedos, y esta vez sí era para el público, porque su público era una sola persona y se estaba yendo a Sevilla.

Inma llegó a las once menos veinte. Empezó el 7. Baja un fin de semana al mes.

Del jueves 26 de marzo

Y ahora hay que terminar, y esta historia termina como empezó, que es como terminan las historias de las comunidades de propietarios: con un sobre.

El jueves 26 de marzo de 2026, a las once y diez de la mañana, el cartero titular de la calle Anunciación, funcionario de carrera desde abril, entró en el portal del número 7 con la saca al hombro, dejó la propaganda en la mesita, subió dos certificados al segundo y depositó en el buzón de la comunidad un sobre con ventanilla.

Membrete de la Agencia Tributaria.

Requerimiento de información con relación a los importes percibidos por la comunidad de propietarios de la calle Anunciación número 7 durante el ejercicio 2025 en concepto de cesión de derechos y localización, no declarados.

Ciento dieciséis mil euros.

Federico Pardal lo abrió a la una y media, de pie, debajo de la placa de latón, y lo leyó dos veces, y después subió al 1ºD, encendió el ordenador, abrió COMUNIDAD_v14_DEFINITIVO.xlsx, que a estas alturas tiene diecinueve pestañas, y creó la número veinte.

Estuvo un momento con el cursor en la casilla del nombre.

Escribió: HACIENDA.

Y le puso el color rojo.

Yo apago la luz del portal, que para eso llevo aquí desde 1962.

Buenas noches.