Vecinos de buena familia 37
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No sé explicar del todo por qué fui. Le dije a mi abogada que era una visita de vecindad y ella me dijo que no volviera a ir sin consultárselo, y tenía razón, y no volví.

La residencia es un edificio nuevo de dos plantas con mucho cristal, jardín con olivos jóvenes y un olor a limpio que no se parece a ningún otro olor. En la recepción escribí mi nombre y mi DNI en un libro y en la casilla de parentesco escribí vecina .

Estaba en una sala común, en un sillón junto a la ventana, afeitado y con una camisa que no era suya.

—Fermín. Soy Reyes.

—Ya sé quién eres.

Me senté enfrente. Tardó un rato en decir nada más y yo no le metí prisa, que es lo único que se puede hacer.

—¿Tú tienes coche?

—Tengo coche.

—Es que aquí no hay manera. —Miró hacia la puerta de la sala—. Yo tengo que ir a firmar unas cosas.

—Mañana.

—Eso dicen todos.

Le llevé mantecados de los de la plaza, que a esas alturas eran de después de Navidad y estaban rebajados, y se comió tres, y en algún momento entre el segundo y el tercero se le puso otra cara, esa que se le ponía a veces, la del hombre que había dentro.

—Amparo no viene —dijo.

—No.

—Está mala.

—Está en Madrid.

—Está mala —repitió, y se comió el tercer mantecado.

Estuve cincuenta minutos.

A la hora de irme, cuando ya me había levantado y le había dado dos besos, me cogió por la muñeca. Con fuerza. Con la fuerza de un hombre que en 1986 cargaba cepellones.

—Oye.

—Dime, Fermín.

—El niño tuyo.

Me quedé de pie con la muñeca en su mano.

—Sí.

—Yo aquella noche estaba en la explanada.

Y me acuerdo de una cosa. —Miraba por la ventana, hacia los olivos jóvenes—.

Me acuerdo de que Amparo se levantó a por el hielo y de que yo le dije que ya iba yo.

Y ella me dijo que no. Que me quedara. Y a mí me pareció raro porque a ella el hielo siempre le pesaba.

—Fermín.

—Y luego tardó mucho. —Me soltó la muñeca—. Y cuando volvió no traía hielo.

Conduje los veintiséis kilómetros de vuelta parando dos veces en el arcén.

Se lo conté a mi abogada el lunes. Mi abogada llamó al despacho del abogado de Amparo Llobet como corresponde y después me llamó a mí y me dijo tres cosas: que un hombre con una demencia diagnosticada en 2022 no declara; que si aquello llegaba a instrucción, la defensa iba a decir que yo había ido a buscar ese testimonio a una residencia con una caja de mantecados; y que tenía razón la defensa.

—¿Entonces no sirve para nada?

—Para el procedimiento, no.

—¿Y para qué sirve?

Mi abogada se llama Nuria Batalla, tiene sesenta años y lleva treinta y cinco haciendo esto.

—Para lo que usted sabe —me dijo—. Que es una cosa que se paga aparte.

El 4 de febrero recibí una carta.

Venía en un sobre normal, franqueado en Madrid, con mi nombre y mi dirección escritos a mano con una letra inglesa de colegio de monjas de los años sesenta que yo he visto en cuarenta actas y en doscientas tarjetas de Navidad.

Eran cuatro líneas.

Querida Reyes:

He sabido que has estado con Fermín. Te lo agradezco de corazón, porque no va nadie.

Cuídate mucho, hija, y cuida a tu niña.

Amparo

La leí seis veces buscando la amenaza y no la hay. No la hay, y lo he consultado, y mi abogada la leyó y me dijo que no hay nada que hacer con eso y que si la conservaba era cosa mía.

La conservo.

La conservo porque en cuatro líneas escritas desde una prisión provisional, aquella mujer consiguió agradecerme un favor que no le he hecho, recordarme que sabe dónde he estado, y nombrar a mi hija.

Y porque no se puede demostrar ni una sola de esas tres cosas.

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