Vecinos de buena familia 38
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Yo estuve en la calle viéndolo. Es una cosa rara de mirar: dos hombres con una furgoneta y una escalera de tijera, yendo poste por poste. Aflojan dos tornillos, tiran del cable, meten la carcasa en una caja de plástico y se van al siguiente. Dieciséis veces.

Los vecinos también salieron a mirar. Y esto es de las pocas cosas de este año que me hicieron algo parecido al bien: nadie me dijo nada.

Ni una palabra, ni buena ni mala. Fito Quiroga estuvo dos horas apoyado en su verja mirando la operación, y cuando terminaron cruzó el vial, me dijo «Reyes», con la cabeza, y se volvió a su casa.

En el cuarto de las cajas quedó el armario rack vacío, con dieciocho agujeros en la pared y los cables cortados a ras.

La casa está a medias.

Andrés se fue el 7 de enero a un piso de alquiler en Valdecillas, en la calle de la estación, a doscientos metros del que fue de Óscar Vidal, cosa que ninguno de los dos ha comentado nunca.

No nos hemos separado. Tampoco estamos juntos.

Somos dos personas con la misma abogada de familia, dos procedimientos penales abiertos y una hija, y hablamos por teléfono cuatro veces por semana con una cortesía que a estas alturas ya no sé de dónde sale.

Vino a por las herramientas el domingo 14 de febrero.

Estuvo dos horas en el garaje separando lo suyo de lo mío, que en treinta años es un trabajo de arqueología, y a mitad de mañana subió a la cocina a por agua y se quedó de pie con el vaso en la mano.

—¿Te importa que te pregunte una cosa? —dijo.

—Pregunta.

—El veintiséis de noviembre, cuando llevaste todo aquello al puesto. —Bebió—. ¿Lo pensaste mucho?

—Tres días.

—¿Y qué pensabas?

—Pensaba en la mesa camilla de Vanesa Ortiz.

Andrés dejó el vaso en la encimera.

—Yo llevo desde noviembre haciéndome una pregunta —dijo—. Y no es la que tú te crees.

—Dila.

—No me pregunto por qué lo entregaste. Eso lo entiendo. —Se apoyó con las dos manos en la encimera y se quedó mirándolas—. Me pregunto por qué guardé yo las copias.

—Me dijiste que no lo sabías.

—Y no lo sé. Pero he tenido tiempo. —Levantó la cara—. Creo que las guardé para que existiera una versión de todo esto que no dependiera de mí.

—No te entiendo.

—Reyes, yo llevaba veinte años siendo el único que sabía lo de 2006.

Veinte años. Y eso no es un secreto, eso es un peso, y yo lo llevaba solo y encima os lo llevaba a vosotras.

—Se le movió la garganta—. Y en junio se me presentó una madrugada en la que podía borrarlo todo de verdad, y no lo hice.

Exporté dieciséis canales y me los guardé en un cajón con una goma elástica.

Y he tardado ocho meses en entender que lo que yo quería, sin saberlo, era que un día alguien lo mirara.

—Podías haberlo mirado tú.

—No. —Negó despacio—. Yo lo miré doce años y no vi nada. Tú lo miraste una noche y bajaste a la Guardia Civil.

Se fue a las dos. Cargó la furgoneta de un compañero, me pidió las llaves del trastero y me las devolvió, y en la puerta hizo una cosa que llevaba treinta años haciendo y que aquel día me dolió más que todo lo demás: se agachó a recoger del suelo del recibidor un folleto de publicidad que se había caído y lo puso encima del mueble.

—Va a apretar la semana que viene —dijo.

—Eso dices siempre.

—Y siempre acierto.

Coral cena con él los martes. Yo no le pregunto de qué hablan y ella no me lo cuenta, y hemos llegado los tres, sin decirlo, a un reparto que a mí me parece justo: él tiene los martes y yo tengo los domingos, y lo que se dice en cada mesa se queda en cada mesa.

Es la primera cosa de esta familia en veinte años que funciona porque está hablada.

Coral declaró el jueves 21 de enero, cuatro horas, con abogada.

No hay responsabilidad penal para una niña de once años en el año 2006 y no la hay ahora, y el juez lo dijo con esas palabras y con otras más suaves, y también le dijo que había hecho bien en venir, que es una cosa que los jueces no tienen ninguna obligación de decir.

Salió a la una y veinte. Yo la esperaba en el pasillo.

Cruzamos la plaza sin hablar y ella se sentó en el primer banco, el que está debajo del plátano, delante de la papelería.

—No me toques —dijo.

—Vale.

—Es que si me tocas no puedo.

Me senté a treinta centímetros con las manos en el bolso.

Y mi hija se echó hacia delante, con los codos en las rodillas y la cara en las manos, y estuvo llorando cincuenta minutos en un banco de la plaza de Valdecillas del Monte un jueves de enero a la una y media de la tarde, con la gente saliendo de la panadería y del banco y del médico, y varios la vieron, y una señora se paró y me miró y yo le hice que no con la cabeza y siguió andando.

Fue la primera vez que vi llorar a mi hija desde que tenía once años.

A las dos y cuarto se enderezó, se sonó, se limpió con la manga del abrigo y dijo:

—¿Sabes qué es lo peor?

—Dime.

—Que me han dicho que no es culpa mía. —Miraba la papelería—. Y yo llevaba veinte años esperando que alguien me lo dijera, y me lo dicen, y no me lo creo. No me sirve. Se lo he oído a un juez y no me sirve.

—Ya.

—Y entonces, ¿para qué he venido?

—Para que constara.

Se volvió a mirarme.

—Coral, tu hermano se murió porque nueve críos entraron en una piscina a oscuras. Eso es lo que pasó. Y lo que te hicieron a ti fue una señora que te llevó del brazo hasta la esquina de tu casa y te dijo tres veces que no habías estado allí. Tú tenías once años. La otra tenía cincuenta y uno.

Mi hija se quedó callada mucho rato.

—¿Y tú qué tenías? —dijo.

—Treinta y tres.

—No. Digo ahora.

Y ahí no supe qué contestarle, y sigo sin saberlo.

Comimos en el bar de la plaza. Un menú de trece euros.

Ella pidió lentejas y no se las comió y yo no le dije nada, y después la acompañé al coche y le puse en el asiento de al lado una bolsa de tela de la farmacia con dos cajas de ibuprofeno, un bote de vitamina D y un táper de croquetas, y ella la miró y dijo:

—Mamá.

—Es comida.

—Ya lo sé.

Arrancó y bajó la ventanilla.

—El domingo bajo —dijo—. Si estás.

—Voy a estar.

El juicio de Amparo Llobet no tiene fecha. Su defensa ha pedido dos periciales. Mi procedimiento y el de Andrés van por separado y mi abogada dice que lo más probable es multa e inhabilitación, y que la farmacia no la pierdo, y que hay que esperar.

Lo del vaso se aprobó en abril.

A Milagros la vi por última vez el sábado 6 de marzo, en la parada del autobús de la plaza de Valdecillas, a las nueve y veinte de la mañana.

Iba con un bolso de viaje y una bolsa de plástico. La familia había cerrado Jara 2 en diciembre y ella había estado tres meses en casa de una prima en Parla buscando, y había encontrado: un señor de noventa y uno en Colmenar, interna, seiscientos ochenta euros más alta.

Yo iba a por el pan.

—Buenos días, doña Reyes.

—Buenos días, Milagros.

Y nos quedamos las dos de pie en una parada de autobús.

Hay una conversación que yo tendría que haber tenido con esa mujer y que no tuve, y he escrito cuatro veces en cuatro sitios distintos lo que le tendría que haber dicho, y las cuatro me ha salido una cosa insoportable, un discurso de señora de la calle de arriba dándole las gracias a la que fregaba.

Así que le dije lo que le dije.

—Milagros. Yo te pregunté en octubre si había algo más que yo tuviera que saber.

—Sí, señora.

—Y me dijiste que no.

—Le dije que no.

Un coche pasó por detrás de nosotras y frenó en el paso de peatones.

—Yo aquel día no le pregunté nada —dije—. Le hice una pregunta y no le pregunté nada, que no es lo mismo. Le pregunté si había algo que yo tuviera que saber. No le pregunté qué había visto usted.

Milagros se cambió el bolso de viaje al otro hombro.

—No, señora. No me lo preguntó.

—¿Y si se lo hubiera preguntado?

Se lo pensó. Se lo pensó de verdad, cuatro o cinco segundos, mirando la calzada, con la misma cara con la que Coral se pensó lo suyo en el pasillo de mi casa a las dos de la mañana.

—No lo sé —dijo—. Depende de cómo.

Y ahí está todo. En tres palabras y una preposición.

Llegó el autobús. Le cogí el bolso de viaje mientras subía los dos escalones, que fue lo único que pude hacer por ella en doce años, y se lo pasé, y ella me dijo que muchas gracias.

—Milagros.

Se volvió desde el primer asiento, con la ventanilla abierta.

—Chuquín Farinango —dije.

Y aquella mujer se rio. Se rio de verdad, con la cabeza hacia atrás, por primera y única vez desde que yo la conozco.

—Ya era hora —dijo.

El domingo 21 de febrero, a las once y media de la noche, bajé a la piscina.

Hacía frío, seis o siete grados, y el vaso estaba vacío desde octubre, tapado con la lona de invierno, con un dedo de agua de lluvia encima y hojas de adelfa pegadas. La verja no chirría desde que la engrasé en octubre de 2019.

Me senté en la losa de hormigón del rincón de la depuradora, que fue la base del tobogán que quitamos en 2010.

Y estuve allí sentada, en una urbanización de sesenta y ocho parcelas, a treinta metros de donde se ahogó mi hijo y a cuatro metros de donde se ahogó el hijo de Ginés Vidal, y no había una sola cámara en cuatrocientos metros a la redonda.

Nadie me veía.

Es una cosa que no me pasaba desde el 12 de marzo de 2014, y tardé un rato largo en entender qué era eso que sentía y que no se parecía al alivio.

Se parecía a estar sola.

Yo puse dieciséis cámaras en esta calle en 2014 porque en 2006 se me murió un hijo en un sitio donde nadie vio nada, y me juré que en Las Adelfas no volvería a faltar un testigo.

Y durante doce años tuve delante, todas las noches, en un monitor de veintisiete pulgadas comprado de segunda mano, a sesenta y ocho familias saludando a mis postes. A mi marido calculando ángulos. A mi hija aparcando en la acera de enfrente. A una mujer corriendo una cortina.

Un archivo no es una memoria. Un archivo es lo que la gente hace cuando sabe que hay un archivo.

Lo que pasó de verdad en esta calle no estaba en ninguno de mis dieciséis canales.

Estaba en un acta que redacté yo, en el punto séptimo, donde no escucha nadie.

Estaba en una factura de cerrajero de 2006 que llevaba veinte años en el trastero del hijo de un hombre que ya se había muerto.

Estaba en la cabeza rota de un señor de setenta y ocho años que construyó esto.

Y estaba, sobre todo, en la memoria de una mujer de cuarenta y siete años que limpiaba mis cámaras dos veces por semana y a la que yo no le pregunté nunca nada porque las señoras que traen la tarjeta de otro en una funda con un gomelástico no cuentan como testigos.

Subí a casa a la una menos cuarto.

Y en la esquina de Mimosa me crucé con Fito Quiroga, que sacaba la basura en chándal y abrigo.

—¡Buenas, Reyes!

Seguí andando.

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