Vecinos de buena familia 36
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Yo tampoco salí. Yo estaba en la farmacia.

Vino él, a los once días.

Nando Ortiz pesaba once kilos menos.

—Buenos días.

—Buenos días, Nando.

Se quedó de pie delante del mostrador, con las manos en los bolsillos del plumas, y estuvo un rato sin decir nada, mirando el expositor de las cremas.

—Vengo a por lo de mi mujer. La receta de la tiroides.

—A ver.

Le busqué el tratamiento. Levotiroxina, cincuenta microgramos. Se lo puse en el mostrador.

—Está a nombre de ella, así que necesito la tarjeta.

—La traigo. —La sacó del bolsillo del pantalón, doblada por la mitad, y la puso encima del mostrador—. Yo con usted no tengo nada.

Lo dijo así, sin transición, mirando la tarjeta y no a mí.

—Nando.

—Se lo dije al abogado en septiembre y se lo digo a usted ahora. La señora Salmerón nos hizo un papel cuando aquí nadie nos hacía nada. Eso es lo que yo sé y lo que yo digo cuando me preguntan.

Yo tenía la caja de levotiroxina en la mano.

Y aquí es donde tengo que contar lo que hice, porque de todas las cosas de este año esta es la única que tuve tiempo de pensar despacio y que decidí despacio y que volvería a hacer.

—Nando, siéntate un momento.

—Es que tengo el coche mal puesto.

—Siéntate.

Se sentó en la silla de los que esperan, la de la esquina, la misma en la que se sentó Fermín Llobet en septiembre, y yo salí del mostrador y me quedé de pie delante de él, porque hay cosas que no se dicen desde detrás de un mostrador.

—El día que te detuvieron, yo tenía una grabación en la que se te ve andando hacia el pinar a las dos y veinte de la madrugada.

Nando Ortiz levantó la cara.

—La tuve desde el veintiuno de junio. La tenía la noche de tu detención, la tenía cuando fui a cenar a tu casa, la tenía las trece semanas que estuviste en Soto del Real, y la entregué el veintiséis de noviembre, y por eso saliste seis días después.

No dijo nada.

—Y eso no lo compensa un papel con membrete —dije—. Yo hice el papel para poder dormir. El papel era para mí.

Estuvimos en esa farmacia, un hombre sentado en una silla de plástico y una mujer de pie a metro y medio, no sé cuánto rato. En Valdecillas, un domingo a las once y media, no pasa nadie.

—¿Por qué? —dijo al final.

—Porque en esa grabación también salía otra persona.

—Su hija.

—Sí.

Y Nando Ortiz, que había perdido once kilos, dos instalaciones y noventa y seis días, se pasó la mano por la cara y dijo la única frase que yo no podía soportar oír.

—Yo por los míos habría hecho lo mismo.

—No es verdad.

—Sí que es verdad.

—Nando, no es verdad, y necesito que no me lo digas.

Se levantó. Cogió la caja del mostrador, se guardó la tarjeta y se fue hacia la puerta, y en la puerta se paró con la mano en la manilla.

—Mi Vanesa no va a volver a hablar con usted.

—Lo sé.

—Yo tampoco sé si voy a poder. —Abrió—. Pero lo que ha hecho hoy no lo hace nadie de su calle.

Sonó la campanilla.

Vanesa Ortiz no me ha vuelto a hablar, y no la culpo, y en la única ocasión en que nos hemos cruzado desde entonces, en la puerta del Mercadona de Valdecillas, en enero, las dos hicimos exactamente lo que hace la gente de esta comarca desde 1950, que fue saludarnos.

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