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Fue una detención de las otras, no de las de las siete de la mañana.
Vinieron dos coches sin distintivos y un tercero con ellos, y no aparcaron atravesados en la acera sino en línea, en las plazas de visitas, correctamente.
Y no llamaron al timbre a las siete y diez: llamaron a las diez y cuarto, después de que la sargento Roca subiera sola, primero, a hablar con ella diez minutos.
Lo vi desde la ventana de mi cocina, que da al vial, como todo el mundo.
Y quiero que quede escrito con exactitud lo que quiere decir arreglada, porque en una mujer de esa generación y de esa casa no es una manera de hablar: falda azul marino, blusa, la rebeca de punto fino, los zapatos de tacón bajo con hebilla, el pelo hecho de la peluquería del martes, los pendientes de perla pequeña y el bolso en el antebrazo, cogido por el asa con las dos manos por delante.
Tardó en llegar al coche cuatro minutos y medio.
Cuatro minutos y medio para veintidós metros, porque iba parándose.
En Las Adelfas, a las diez y cuarenta de la mañana de un jueves de diciembre, había fuera veinticinco o treinta personas. La gente había salido. Estaban en los porches, en las verjas, en la acera de enfrente, con los brazos cruzados y sin acercarse, y estaban en silencio.
Y Amparo Llobet, del brazo de una agente, fue saludándolos.
Uno a uno. Por su nombre.
—Charo, hija.
—Amparo.
—Fito. Pilar.
—Amparo.
—Alfonso, dile a Merche que el jueves no puedo con lo de la parroquia.
—Se lo digo, Amparo.
Yo estaba en la ventana de mi cocina, a treinta metros, con las manos en el alféizar.
Y todos le devolvieron el saludo. Todos. Veinticinco o treinta personas de esta calle, que a esas alturas sabían por la prensa comarcal, por los grupos y por sus propias cuñadas lo que se le imputaba a aquella mujer, le contestaron por su nombre, uno a uno, mientras la metían en un coche.
Nadie dijo la verdad ni siquiera entonces. Lo que dijeron, durante los tres días siguientes, en el grupo oficial y en los tres no oficiales, fue: qué barbaridad.
En la puerta del coche se volvió y buscó una ventana.
No sé si buscaba la mía. He decidido no saberlo.
Se agachó y entró, y el coche bajó el vial a paso de hombre, y en la esquina, donde el vial gira y empieza la calle Jara, pasó por delante del seto de adelfa de dos metros y diez que la comunidad repone todos los años, por unanimidad, en el punto séptimo del orden del día.
En Jara 2 se quedaron dentro de la casa dos personas.
Milagros Chuquín llamó a la sobrina de Amparo, que vive en Alcobendas, y esperó a que llegara. Después se quedó tres semanas más, hasta que la familia decidió lo de Torrelodones. Cobró hasta el último día.
A las once y media, cuando ya se había ido todo el mundo, Fermín Llobet salió al porche en pijama y zapatillas y se quedó mirando el vial vacío.
—¿Qué pasa? —dijo en voz alta, a nadie—. ¿Por qué hay tanta gente en la calle?
El Eco de la Sierra publicó el 12 de diciembre una pieza a doble página con el titular VEINTE AÑOS DESPUÉS, y en el tercer párrafo, por primera vez en un papel impreso, el nombre de Ginés Vidal Ferrero apareció seguido de la palabra inocente.
Su hijo llevaba muerto cinco meses y veintiún días.
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