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Elegí la hora y elegí el sitio, que fue el despacho, de pie los dos, con la puerta abierta. Y elegí empezar por lo pequeño, que es como se empieza cuando lo grande no lo aguantas.
—El diez de septiembre te pedí el número de póliza y abriste la carpeta azul.
—Sí.
—Dentro había una caja de Nolotil.
Mi marido se apoyó en el archivador, cruzó los brazos y miró el suelo un momento.
—Sí.
—Tú comentas todo, Andrés. Todo. Los calcetines. Las facturas de 2011.
—Sí.
—No dijiste nada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque sé lo que hay dentro.
Y ahí, de pie en ocho metros cuadrados, un jueves de noviembre a las nueve y media de la noche, mi marido me contó lo que había hecho la madrugada del veintiuno de junio, y me lo contó entero y en orden y sin que yo tuviera que preguntar dos veces, porque llevaba cinco meses esperando a que se lo preguntara.
Coral le despertó a las tres y veinte. Le dijo que Óscar estaba muerto y que ella no había sido.
Él bajó. Entró por el hueco de la valla del vestuario. Lo encontró en el agua, en la parte de los dos metros, y no le tocó y no llamó a nadie, y estuvo allí, según su cálculo, entre cuatro y seis minutos.
Cogió la mochila de Óscar, que estaba en el banco de vestuarios. Sacó el móvil y una carpeta de anillas. Volvió a dejar la mochila donde estaba. Se llevó las dos cosas a casa por el mismo hueco.
A las cuatro y diez entró en el sistema.
—¿Desde dónde?
—Desde aquí. Desde este ordenador. —Señaló con la barbilla la mesa de su padre—. Tengo acceso desde 2014.
—Yo tengo una contraseña.
—Yo tengo la mía. Delgado dio de alta dos usuarios el primer día porque yo pagaba la factura y me pareció normal no decírtelo. Y luego pasaron doce años.
Doce años.
—Borré del quince de febrero al veinte de junio —dijo—. Todo lo que había de Óscar en la calle. Sus entradas, sus salidas, las veces que se quedó a hablar contigo en el aparcamiento, las veces que estuvo en casa de Amparo. Y las tres veces de abril y mayo en las que se vio con Coral en el vial.
—Andrés.
—Y la noche del veintiuno no la toqué.
El despacho de mi marido tiene una ventana pequeña que da al jardín de atrás y a las nueve y media de noviembre esa ventana es un rectángulo negro que refleja la habitación.
—Repítelo.
—No la toqué. —Levantó la cara—. La dejé entera. Coral entrando a las dos y ocho y saliendo a las dos y treinta y siete.
—¿Por qué?
—Porque tú ibas a bajar.
Lo dijo sin ninguna crueldad. Ese es el detalle que a mí me sigue rompiendo por dentro: lo dijo como quien explica un cálculo de cargas.
—Tú ibas a bajar tarde o temprano, porque tú lo miras todo. Y yo sabía que en el momento en que vieras a tu hija en esa puerta ibas a hacer exactamente lo que hiciste. —Descruzó los brazos—. Lo hiciste el veinticuatro por la noche. Yo lo vi el veinticinco por la mañana desde aquí.
—Me dejaste borrarlo.
—Sí.
—Podías haberlo borrado tú.
—Podía.
—¿Y por qué no lo hiciste tú, Andrés?
Y mi marido, que es un hombre razonable, que no levanta la voz, que se ocupa, me dio la respuesta verdadera, que es la peor de todas las respuestas posibles y la única que explica treinta años.
—Porque si lo borraba yo, era una cosa que yo te hacía a ti. —Se le movió la garganta—. Y si lo borrabas tú, era una cosa que hacíamos los dos.
Me senté en la silla de su despacho.
—Y las copias —dije.
—Sí.
—¿Qué copias, Andrés?
—Las de todo. —Fue al segundo archivador, al cajón de arriba esta vez, y sacó un disco duro externo del tamaño de un libro, con una goma elástica alrededor—. Antes de borrar nada, exporté. Desde el 1 de enero hasta el 21 de junio. Los dieciséis canales.
Yo he pasado cuatro meses de mi vida bajando cada noche al cuarto de las cajas a comprobar que un archivo no estaba.
Estaba. Estaba desde el primer día. Estaba a nueve metros de mi cabeza, en el cajón de arriba del segundo archivador, con una goma elástica, en la única habitación de esta casa que yo no vigilo porque es donde paso el aspirador.
—¿Por qué lo guardaste?
—Por si algún día hacía falta.
—¿Falta para qué?
Andrés Sanchís dejó el disco encima de la mesa de su padre y se quedó mirándolo.
—No lo sé —dijo—. Es lo único que no he sabido en cinco meses.
Lo guardé sin saber para qué y lo he tenido ahí sin saber para qué, y el diez de septiembre abrí una carpeta y vi una caja de Nolotil y supe que tú tenías la tuya, y me alegré.
—Levantó la cara—. Eso es lo que te tengo que contar, Reyes. Que me alegré.
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