32
Me llamó al fijo de la farmacia el viernes anterior. Dijo que hacía mucho que no charlábamos, que ya no se ve a nadie con este tiempo, y que había hecho bizcocho.
Milagros me abrió la puerta.
—Buenas tardes, doña Reyes.
—Buenas tardes, Milagros.
No nos dijimos nada más. Ella tenía el paño de la cocina en la mano y yo tenía las llaves del coche en la mía, y estuvimos una fracción de segundo la una delante de la otra en el recibidor de aquella casa, y he pensado muchas veces en lo que las dos sabíamos en ese momento y en lo poco que se puede meter en una fracción de segundo.
Fermín estaba en el sillón con las noticias. Le di las buenas tardes y me contestó que sí, que muchas gracias.
Nos sentamos en la mesa camilla del salón pequeño. Bizcocho de yogur, sin azúcar. Té.
—Está muy bueno.
—Es el de siempre.
Cincuenta minutos. De todo lo que pasó aquel año, es lo único que no he conseguido explicarle a nadie.
Hablamos de la derrama del ascensor. De que la señorita Puy va a dejar la administración porque se jubila su padre y se queda ella con la cartera.
De que a Charo Bermejo se le ha muerto la madre por fin, y las dos usamos por fin, y las dos sabíamos exactamente qué queríamos decir con por fin y ninguna se disculpó.
De Fermín. De la residencia de Torrelodones, que tiene lista de espera de catorce meses.
—Yo no lo voy a meter —dijo—. Mientras yo pueda, no.
—Ya lo sé.
—Una tiene que poder mirarse al espejo, Reyes.
Al minuto treinta y cuatro, sirviéndome la segunda taza, dijo:
—¿Y cómo va lo del chico?
Lo del chico.
—Va despacio.
—Es que ha hecho mucho daño esto. —Dejó la tetera—. Mucho. A esa pobre mujer de la calle de abajo, con los críos. Al marido, que a saber cómo sale de ahí. A la calle entera, que llevábamos cuarenta años sin un mal gesto.
—Amparo.
—Y a ti. —Me puso la mano en el brazo, dos golpecitos secos—. A ti la que más, hija, que has tenido que revivirlo todo.
Le sostuve la mirada.
Amparo Llobet tiene setenta y un años, los ojos claros y una cara que a esa edad ya no es de nadie más. No parpadeó ni una vez de más. No se le movió una mano. Se recolocó la rebeca, que es lo que hace siempre, y siguió.
—Yo lo he pensado mucho estos meses y te lo digo a ti porque a ti te lo puedo decir. Aquel chico vino aquí a remover una cosa que llevaba veinte años quieta. Y las cosas están quietas por algo, Reyes. No por maldad. Porque la gente sigue viviendo encima.
—Ginés Vidal no siguió viviendo encima.
—Ginés Vidal fue una desgracia.
Fue.
—Fue una desgracia lo que le pasó a aquel hombre, y aquí se cometieron errores, y yo he rezado por él más veces de las que tú te crees.
—Cogió su taza con las dos manos—. Pero es que aquel verano todos hicimos lo que pudimos.
Y a ti se te murió un niño, hija, y esta calle te sostuvo. Te sostuvimos. ¿O no?
—Sí.
—Pues eso. Se hizo lo que se pudo.
Ahí está.
Cincuenta minutos y cuatro frases, y las cuatro en la misma forma: se cometieron errores. Fue una desgracia. Se hizo lo que se pudo. Aquí las cosas están quietas por algo.
Ni una sola vez dijo yo.
En veinte años no le he oído a esa mujer una sola frase en la que ella sea el sujeto de algo que salió mal. Es una manera de hablar. Se aprende de niña, en las casas donde el que manda no tiene que dar explicaciones, y consiste en poner los verbos de forma que las cosas se hagan solas.
Me fui a las siete menos diez. En la puerta me dio dos besos y me apretó el brazo por encima del codo.
—Cualquier cosa, me llamas. A la hora que sea.
—Gracias, Amparo.
—A ti, hija.
Bajé los tres escalones del porche y me metí en el coche y arranqué, y hasta la esquina de Mimosa no me di cuenta de que llevaba el bolso apretado contra el estómago con las dos manos, como se lleva en el metro.
Aquella tarde yo ya sabía que aquella mujer había matado a Óscar Vidal.
Lo sabía desde el jueves 22 de octubre a las siete y media de la tarde, delante de una pantalla, con veinte píxeles y una pértiga.
Y me tomé dos tazas de té y le pregunté por la lista de espera de Torrelodones.
⁂