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L os martes le toca ducha a don Fermín y el agua tiene que estar a treinta y siete, ni uno más, porque si está a treinta y ocho él dice que le queman y se pone bravo, y si está a treinta y seis dice que le quiero matar de frío.
Treinta y siete. Yo pongo la mano debajo del chorro y ya sé.
Doce años poniendo la mano debajo de un chorro y una ya no necesita el termómetro que compró la señora.
Le lavo la cabeza y él canta. Siempre la misma, una de Juanito Valderrama que yo me sé entera de tanto oírla y que en mi vida he oído fuera de este baño.
—Milagros.
—Dígame, don Fermín.
—Usted es muy buena persona.
—Ahorita se me vuelve a olvidar quién soy y me llama Rosario.
—Rosario era mi hermana.
—Ya sé, don Fermín. Levante el brazo.
Yo a este señor lo quiero. Lo digo así, sin rodeos, porque en esta calle hay muchas cosas que no se dicen y esta es una de las que a mí me da lo mismo decir.
Lo quiero porque cuando yo llegué en 2017 y no sabía dónde estaba nada, él me enseñó la casa cuarto por cuarto, y todavía tenía cabeza, y me dijo: aquí manda Amparo y yo también le hago caso, así que no se preocupe usted.
A las diez y media lo dejo en el sillón con las noticias y bajo a la cocina, y ahí está la señora con el café.
—Milagros, siéntese un momentito.
Yo me siento. Cuando la señora dice siéntese un momentito, la cosa dura veinte minutos.
—El otro día vino la sargento —dice—. La de Valdecillas. Preguntando otra vez por lo de junio.
—Sí, señora.
—Y me ha dicho que a lo mejor pasa a hablar con usted.
—Conmigo.
—Con todos, hija. Está preguntando a todo el mundo.
—Le da vueltas a la cucharilla y no la mete en el café—.
Yo le dije: pregunte usted lo que quiera, aquí no tenemos nada que esconder.
Aquella noche estábamos todos acostados.
Yo me acosté a las dos, usted salió a buscar a Fermín, que se me había ido con la música, y a las tres estábamos los tres en la casa. Eso es lo que pasó.
Yo me quedo mirando la cucharilla.
—Sí, señora.
—Porque eso es lo que pasó, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Claro. —Deja la cucharilla en el plato, muy despacio, sin ruido—. Y otra cosa, Milagros. Yo he estado pensando en lo suyo.
—¿Lo mío?
—Lo de sus papeles. Que lleva usted doce años en este pueblo y todavía con renovaciones.
Eso no puede ser. —Me pone la mano en el brazo, dos golpecitos secos—.
Mi sobrino el de Madrid es abogado laboralista y le he hablado de usted.
Le dije: tengo a una mujer en casa que vale más que cualquiera de los que trabajan para ti.
Y me ha dicho que él se lo mira. Sin cobrar, hija. Por mí.
—Muchas gracias, señora.
—A usted, Milagros. Que esta casa sin usted no es nada.
Subo a por la ropa de don Fermín y en la escalera me tengo que parar en el cuarto escalón porque me tiemblan las rodillas, y no son las rodillas.
Ahora yo voy a contar la noche del veinticuatro de junio, que es como yo la llamo en mi cabeza, aunque en el papel del periódico ponga veintiuno, porque yo tengo dos noches metidas en la misma calle y la que me pesa es la del niño, que yo no vi pero que llevo doce años oyéndola contar de mil maneras distintas por señoras que la cuentan como si fuera una historia del pueblo y no un niño.
La noche de la verbena de este año don Fermín se me fue a las dos y cuarenta.
La culpa es mía. Yo dejo la puerta de atrás con el pestillo suelto por la gata, que es una gata negra que entra y sale y que la señora no quiere dentro, y él la abre porque es la única que abre. A las dos cuarenta yo estoy en mi cuarto con la luz apagada y oigo la puerta y ya sé.
Salgo. Está la música todavía sonando abajo aunque ya no hay nadie, esa cosa de las verbenas que la música sigue puesta y la gente ya se fue.
Yo lo busco por el vial, por el aparcamiento y por detrás. Cuarenta minutos. Y le voy hablando alto mientras camino, don Fermín, don Fermín, porque si él me oye a veces contesta.
Pasadas las tres, no sé si tres y dos o tres y tres, yo voy por la acera de la calle Jara y viene la señora del callejón.
Del callejón de atrás. El de la tapia, el que está detrás de las casas nuestras, el que tiene el seto ese de las flores rosadas que hay que regar en agosto porque si no se muere y que ella manda plantar todos los años.
Viene deprisa. Y trae en la mano la pértiga esa larga de limpiar la piscina, la de la red, y la deja apoyada en nuestra tapia, en el rincón de los cubos, y se limpia las manos en el pantalón.
Yo le digo: señora, ¿no habrá visto a don Fermín?
Y ella se para. Y me mira. Y tarda en contestarme, y ella nunca tarda en contestar.
Y me dice: no, hija. Ahora mismo iba yo a buscarlo.
Yo estaba a dos metros. Yo tengo cuarenta y siete años y la vista bien.
El pantalón lo traía mojado por abajo. Los dos bajos, como cuando una friega y se descuida. Y olía a cloro. A cloro de piscina, ese olor que se te queda en la nariz y que yo lo conozco porque yo he limpiado el vaso de la comunidad tres veranos cuando el chico se ponía malo.
Eso fue todo. Diez segundos. Ella entró en su casa y yo seguí buscando y encontré a don Fermín sentado en el bordillo de la explanada mirando las luces, muy tranquilo, y me lo traje.
Y al día siguiente, cuando salí a sacar la basura, la pértiga ya no estaba en el rincón de los cubos.
Yo no dije nada.
Y ahora yo voy a explicar por qué no dije nada, porque en la televisión eso sale muy fácil y en la televisión la que no habla es tonta o es mala.
Yo tengo un hijo. Se llama Jefferson, tiene veintidós años y está en Quito estudiando ingeniería civil, tercer año, y yo le mando cuatrocientos euros el día cinco de cada mes desde hace once años sin fallar uno. Once años. Ni cuando lo del covid, ni cuando me operaron del túnel carpiano.
Yo tengo un contrato en esta casa que me hizo la señora en 2019 y que antes de eso no había, y tengo alta en la seguridad social desde 2019, y todo lo de antes no existe en ningún papel de ningún sitio.
Y yo, si voy al cuartelillo y digo lo que vi, ¿qué digo? Digo: yo vi a la señora Llobet salir del callejón con la pértiga y el pantalón mojado.
Y ellos preguntan: ¿y usted quién es?
Y yo digo: yo soy la interna.
Y entonces la señora Llobet, que lleva cuarenta años en esta calle y que fundó esto con su marido y que le lleva bizcocho a todo el mundo cuando se le muere alguien, dice que no, que yo me confundo, que la pobre Milagros aquella noche estaba muy nerviosa buscando a mi marido y que además ella me tuvo que llamar la atención en mayo por una cosa de dinero, que yo no digo que ella cogiera nada, pobrecita, pero en fin.
Eso es lo que pasa. Eso pasa así, y no hace falta que nadie me lo explique, y aquí todo el mundo lo sabe y por eso nadie nos pregunta nunca nada a las cuatro que trabajamos en esta calle, porque saben que no vamos a contestar y porque, la verdad sea dicha, tampoco les interesa mucho lo que digamos.
Por eso el sobre del chico se lo llevé a doña Reyes y no al cuartelillo. Porque un sobre no es una acusación. Un sobre es una cosa que a mí me dieron y yo la entregué, y si dentro hay algo, el problema es del que lo escribió, que en paz descanse.
Yo pensaba que con eso ya había cumplido.
Pero es que ahora la señora me sienta en su cocina y me cuenta a mí lo que pasó aquella noche, con el detalle de las horas, como se le cuenta un cuento a un niño para que se lo aprenda. Y luego me habla de mis papeles y de su sobrino el abogado que no cobra.
Yo llevo doce años en esta calle y a mí nadie me ha regalado nunca nada.
El miércoles 28 de octubre le pido la mañana libre y le digo que voy al médico, y ella me dice que vaya tranquila, hija, que ella se apaña con Fermín.
Y no voy al médico.
Cojo el autobús de las nueve y diez y me bajo en la plaza de Valdecillas, y paso por delante de la farmacia y veo a doña Reyes por el cristal, de pie detrás del mostrador, dándole una caja a una señora y explicándole algo con las dos manos.
Y sigo andando cuatrocientos metros más, hasta el edificio de la Guardia Civil, que tiene una bandera y un timbre.
Y toco el timbre.
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