30
Empecé a las diez de la noche y terminé a las cinco y diez de la mañana, y no fue una búsqueda desordenada: fue un muestreo.
Doce años, dieciséis canales, cuatro terabytes.
Nadie mira eso entero. Lo que se hace es coger ventanas: el mismo día de cada mes, dos horas por la mañana y dos por la tarde, en las cámaras de la calle Jara y del vial.
Ciento cuarenta y cuatro ventanas. Setenta y tres las llegué a mirar aquella noche.
Esperaba encontrar mucho. Vive en la primera casa. Sale todos los días.
Encontré esto.
Amparo Llobet aparece en mi archivo. Claro que aparece. Sale a la calle, sube al coche, vuelve de la peluquería, entra en casa de los Quiroga con una fuente. En doce años tengo cientos de apariciones suyas y todas duran entre cuatro y veinte segundos.
En doce años, Amparo Llobet no pasa ni una sola vez por delante de una cámara mía sin ir a un sitio.
Cuesta explicar esto y voy a intentarlo con lo que tengo, que son otras vidas grabadas.
Charo Bermejo se para. Se para en la acera con la bolsa de la compra y habla veinte minutos con quien pase, y hay tomas suyas de cuarenta minutos en las que sale y entra del plano ocho veces.
Fito Quiroga sale a fumar al vial y se queda mirando el cielo.
Pilar Quiroga discute por teléfono andando en círculos.
Los Berlanga se pelean en el aparcamiento en 2019 durante once minutos.
Los críos hacen lo que hacen los críos, que es estar.
Yo misma salgo doscientas veces sin ir a ninguna parte.
Amparo Llobet, no.
Amparo Llobet entra en el plano por un lado y sale por el otro, y el tiempo que tarda es siempre el tiempo que se tarda.
Camina por el centro de la acera. No se para debajo de un poste.
No mira hacia arriba nunca, ni una vez en doce años, y todo el mundo mira hacia arriba alguna vez porque pasa un avión o llueve.
Y en las setenta y tres ventanas que miré aquella noche, y en las setenta y una que miré el sábado, no aparece ni una sola vez entrando o saliendo por la cancela trasera de su casa.
Ni una.
Milagros saca la basura por ahí dos veces al día y no la tengo tampoco, porque esa cancela está fuera del arco de la CAM-05 por seis metros.
A las cuatro de la mañana lo entendí.
Yo no tengo un archivo de esta calle. Yo tengo doce años de grabaciones de sesenta y ocho familias que saludan a mis postes, y dentro de eso tengo, sin haberla buscado nunca, la prueba más clara de todo este asunto y la única que nunca podré presentar en ningún sitio:
que hay una vecina que se mueve por Las Adelfas como si las cámaras no estuvieran.
No porque las evite. Evitar se nota. Se nota en el cuerpo, en el hombro, en el paso, y yo llevo doce años viendo a mi marido evitar la CAM-05 y a mi hija aparcar en la acera de enfrente, y ahora que sé lo que estoy mirando lo veo en cada fotograma.
Amparo Llobet no las evita.
Amparo Llobet lleva cuarenta años en una calle que ella construyó, y su mapa de esta urbanización es de 1986, y en ese mapa no hay cámaras. Hay una cancela, un callejón, un seto que se repone todos los años y una puerta de servicio con un bombín que ella misma mandó cambiar en 2006.
Yo puse dieciséis objetivos en el mapa de 2014.
Ella se mueve por el de antes.
La sargento Roca me llamó el jueves 22 de octubre a las siete y cuarto de la tarde y me dijo que si podía pasarme por el puesto un momento, y yo le dije que sí y que iba en veinte minutos, y estuve tres días creyendo que aquella llamada era el final de mi vida tal y como la conocía.
Lo era. Lo que pasa es que no por lo que yo creía.
—Siéntese. ¿Agua?
—No, gracias.
Giró la pantalla del ordenador.
—Julián Sanz, Retama 7. En julio nos dijo que su videoportero no graba. Y era verdad: él no paga la suscripción.
—Ya.
—La paga su mujer. Desde marzo de 2024, desde su teléfono y con su tarjeta.
—Ester Roca hablaba sin ninguna satisfacción, que es como habla ella—.
Y la paga porque en marzo de 2024 quería saber a qué hora entraba su marido en casa y con quién.
La cosa acabó bien, dentro de lo que cabe: siguen juntos.
Ella se olvidó de dar de baja la cuota. Nueve euros al mes durante treinta y un meses.
—¿Y por qué no lo dijo en julio?
—Porque en julio nadie se lo preguntó a ella. Se lo preguntamos a él, que es el propietario, y él contestó por los dos, que es lo que pasa en esta comarca desde 1950. —Movió el ratón—. Se lo pregunté a ella el martes, en el pasillo, mientras él iba a por el DNI.
En la pantalla había un fotograma.
Blanco y negro, gran angular, la deformación de barril de las cámaras de sesenta euros. Se veía el felpudo, medio escalón, la acera, un trozo de calzada y, al fondo, en diagonal, la boca del callejón de servicio de la tapia sur, a cuarenta y un metros.
—21 de junio, 02:48:12 —dijo Ester Roca.
Le dio al play.
En el segundo tres, en el fondo del plano, en la boca del callejón, aparece una figura.
Es una mancha clara de unos veinte píxeles de alto. Avanza de derecha a izquierda, entra en el callejón y desaparece. Tarda cuatro segundos.
—Otra vez, por favor.
Lo puso otra vez. Y otra. Y a la cuarta le pedí que lo parara en el segundo cinco, y estuve mirando esos veinte píxeles el tiempo que hizo falta.
No se ve la cara. No se ve la ropa. No se puede decir si es un hombre o una mujer, y el informe del laboratorio, que llegó en enero, dice exactamente eso con doscientas palabras más.
Solo se ve una cosa, y se ve porque la figura pasa por delante de la única farola de aquel tramo, que es de las nuevas, de las de 2021, de led blanco.
La figura lleva algo largo en la mano derecha. Algo recto, de unos tres metros, que sobresale por delante y por detrás.
—¿Usted sabe qué es eso? —dijo Ester Roca.
Yo llevaba desde el veintiuno de junio esperando que alguien me preguntara algo que yo pudiera contestar con la verdad.
—Sí —dije—. Es el recogehojas de la piscina.
Ester Roca cerró el portátil.
—Necesito que me acompañe a un sitio.
Fuimos en su coche, sin uniforme por su parte y sin decirnos nada por la mía, los cuatro kilómetros de vuelta, y aparcó en el vial de la calle Jara a las ocho menos veinte de la tarde, que en octubre es de noche.
—Enséñeme el callejón.
Se entra por detrás de los contenedores.
Hay un tramo de dos metros y medio en el que el seto de adelfa se cierra por arriba y hay que agachar la cabeza, y luego se abre y ya es un camino de tierra apisonada, con un canalón de hormigón en el centro, que corre paralelo a las traseras de las siete parcelas de la calle Jara hasta morir en la tapia sur del recinto de la piscina.
Ochenta y cuatro metros. Los conté aquella noche con ella al lado.
Fuimos andando despacio. Ester Roca llevaba una linterna de las pequeñas y la iba pasando por las tapias.
—Aquí hay una puerta.
—Es de los Berlanga. La tienen tapiada desde una obra.
—¿Y esta?
—Los Quiroga. Esa se usa, sacan la bici por ahí.
—¿Y esta?
Estábamos en la cuarta.
Es una cancela de hierro pintada de verde oscuro, de metro sesenta, con el cerrojo por dentro y una jardinera de plástico apoyada al lado que sirve de escalón para alcanzar el pasador.
La conozco. La vi desde el otro lado en julio, bajando tres escalones de un porche, con la receta del intertrigo de Fermín en el bolsillo, y anoté que existía como se anota una cosa que no significa nada.
—Esa es la de Amparo Llobet —dije.
Ester Roca no dijo nada. Pasó la linterna por la jardinera, por el pasador y por el suelo de delante.
Seguimos andando hasta el final.
La puerta de mantenimiento de la tapia sur es de chapa gris, de un metro veinte, con un cilindro perfil europeo que se instaló el 3 de julio de 2006 y que no se ha vuelto a tocar.
No tiene farola encima. La más cercana está a treinta y un metros, en el vial, y es la que ilumina el tramo por el que aquella figura pasó a las 02:48:12 con tres metros de aluminio en la mano.
—¿Usted por aquí ha pasado alguna vez? —dijo Ester Roca.
—Nunca.
—¿En dieciocho años de presidenta?
—Nunca. Es un camino de servicio. Aquí no viene nadie.
Y en cuanto lo dije oí lo que acababa de decir.
Aquí no viene nadie. Es la frase que yo he usado durante dieciocho años, en juntas, en presupuestos y en un punto cuarto del orden del día del 12 de abril de 2014, para explicar por qué no hacía falta gastarse mil ochocientos cincuenta euros en poner un objetivo apuntando a esta chapa gris.
Aquí no viene nadie.
Salimos por donde habíamos entrado, agachando la cabeza en el tramo del seto. En el vial, con la luz de las farolas de led blanco de 2021, la sargento se paró a limpiarse los zapatos contra el bordillo.
—Señora Salmerón, una pregunta y me voy.
—Dígame.
—¿Quién decide en esa comunidad lo que se poda y lo que no?
Yo tenía las llaves del coche en la mano y me temblaron, y las cambié de mano para que no se oyeran.
—La junta —dije—. Por unanimidad.
⁂