Vecinos de buena familia 28
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Cenamos a las diez, tortilla francesa y un poco de jamón, de pie los tres en la cocina, sin sentarnos, como se cena después de un entierro. Nadie lloró en toda la noche. En esta familia eso no se hace, y ahora ya sé por qué.

Coral contó lo del junio de este año a las once y media, sentada otra vez en su sitio.

—Me dijo que él solo quería que se supiera lo de su padre. Que a nadie le iba a pasar nada. Que yo tenía once años y que eso no es un delito. —Coral hablaba con la voz plana—. Y yo le dije que se fuera a la mierda y me metí en el metro y vomité en Príncipe Pío.

La noche de la verbena bajó sin decírnoslo. Aparcó fuera de la urbanización y entró andando por la puerta peatonal. A las dos y ocho minutos entró en el recinto, encontró a Óscar en el rincón de la depuradora, y estuvo veintinueve minutos suplicándole que no lo hiciera.

—¿Y él qué dijo?

—Que no era conmigo. —Mi hija levantó la cara—. Me dijo: no es contigo, Coral. Es con tu madre. Y que se lo iba a contar a ti el lunes.

Salí a las 02:37 con la certeza de que su vida se acababa en cuarenta y ocho horas y con un hombre vivo a su espalda, fumando.

Se paró medio segundo en la verja y miró hacia atrás.

—¿Por qué te paraste? —dije.

—Porque le iba a pedir por favor otra vez. Y no lo hice.

A la una de la madrugada estábamos los tres todavía en la cocina, y fue Andrés el que dijo, mirando la taza:

—Yo lo del sótano lo sé desde 2014.

Coral levantó la cabeza tan deprisa que se le movió el pelo.

—¿Qué?

—Pagué la instalación. Delgado me pasó a mí la factura por error el primer año y ya no la cambiamos nunca. —Andrés no me miraba a mí—. Sé cuántas hay, sé dónde están y sé lo que cubren. Llevo doce años sabiéndolo.

—Papá, yo lo sé desde 2016.

Y entonces mi marido levantó la cara, y por primera vez en toda aquella noche los dos se miraron el uno al otro y no a mí.

—¿Tú?

—Bajé a buscar las maletas.

Esta es la parte que no sale en ningún informe y que a mí me sigue pareciendo, de todo lo que pasó aquel año, la más difícil de mirar de frente.

Mi marido supo de las cámaras en 2014. Mi hija en 2016.

Milagros, que las limpia, desde 2017. Ninguno de los tres se lo dijo jamás a ninguno de los otros dos.

Cada uno se enteró solo, en un cuarto, sin testigos, y cada uno tomó su decisión solo, y cada uno se pasó los años siguientes haciendo pequeños ajustes de conducta que los otros dos veían sin entender.

Andrés dejó de fumar en el jardín y empezó a fumar dentro del coche, en el garaje, con la puerta bajada. Yo llevaba diez años creyendo que era por el frío.

Coral aparcaba siempre en la acera de enfrente, incluso con la plaza libre. Yo llevaba diez años creyendo que era por no maniobrar.

Milagros, cuando limpia el salón, corre la cortina de la puerta del jardín aunque haya que encender la luz. Yo llevaba nueve años creyendo que era por el sol en los muebles.

Doce años.

Doce años mirando dieciséis pantallas y creyendo que veía a mi familia, y lo que estaba viendo era a tres personas actuando por separado, cada una para una espectadora que no sabía que lo era, en una función que nadie había ensayado y en la que nadie sabía que los demás estaban actuando también.

Se lo pregunté a mi hija a las dos de la mañana, en el pasillo, en voz baja, y fue la única pregunta que hice aquella noche que no tenía nada que ver con Óscar Vidal.

—Coral. En estos diez años, ¿alguna vez has hecho algo en esta casa sin acordarte de que estaba grabando?

Mi hija se quedó pensando de verdad. Se lo pensó cinco o seis segundos, con la mano en el pomo de su puerta.

—No —dijo.

Y me dio las buenas noches, y entró, y cerró.

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