Vecinos de buena familia 27
69%

27

L legó a las dos y diez. Andrés llegó a las tres menos cuarto, con la carpeta de la obra bajo el brazo, y se paró en la puerta de la cocina al ver el coche de su hija.

—Anda. ¿Y esto?

—Siéntate —dije.

Nos sentamos los tres en la cocina, en la mesa de siempre, cada uno en su sitio de siempre, que es una cosa que hacen las familias hasta el último día.

Puse la caja de zapatos encima de la mesa.

Mi marido la miró y no se movió, y lo que pasó en su cara en ese segundo y medio no fue miedo. Fue cansancio. Fue el gesto de un hombre que lleva cuatro meses esperando una cosa y que por fin la tiene delante.

—Reyes.

—En esas hojas no está el nombre de tu hija —dije—. Ni una vez. Ni las iniciales. Nada.

—Reyes, escúchame.

—Ese hombre no te chantajeaba con Coral. Me mentiste el jueves pasado a esta misma mesa. —Yo hablaba muy bajo. En esta casa cuando algo va en serio se habla más bajo, no más alto—. Ahí dentro está su móvil. En un calcetín. En el cajón de abajo.

—Sí.

—Andrés, ¿cómo tienes tú el móvil de ese hombre?

Y entonces mi hija dijo, sin levantar la voz, mirando el hule de la mesa:

—Papá, díselo.

Andrés cerró los ojos un momento.

—Coral.

—Díselo tú o se lo digo yo, pero esto se acaba hoy. —Coral tenía las dos manos abiertas encima de la mesa, quietas, y no le temblaban—. Llevo desde junio sin dormir y llevo veinte años sin dormir antes de junio, y yo esto ya no lo aguanto más, papá. Ya no.

—Coral, tu madre no…

—Mamá. —Se volvió hacia mí—. Yo estuve en la piscina la noche que se murió Martín.

El frigorífico arrancó.

Voy a contarlo como salió, que fue mal, a saltos, en desorden y con la mitad de las frases sin terminar, porque así es como sale la verdad cuando lleva veinte años en un sitio pequeño.

La noche del veinticuatro de junio de 2006 había ocho o nueve críos en la explanada a la una y media de la madrugada.

Los mayores tenían trece y catorce años.

Uno de ellos cogió la llave del kiosco de fiestas, que estaba colgada en el clavo de dentro, y abrieron la puerta grande del recinto, y se metieron a oscuras.

Jugaban a cruzar el vaso por debajo del agua sin respirar.

Mi hijo Martín tenía seis años y estaba allí porque estaba donde estuviera su hermana. Siempre. Desde que aprendió a andar.

Coral lo retó.

—Yo le dije: no puedes. Y él dijo que sí podía. Y yo le dije que no podía porque era pequeño. —Mi hija hablaba mirando el hule—. Y se tiró.

Los mayores creyeron durante casi un minuto que hacía el muerto. Cuando entendieron, dos de ellos se metieron. Coral se metió. Lo sacaron al bordillo y no supieron qué hacer, y tenían once, trece y catorce años, y uno dijo que se iba y se fueron todos.

Coral fue la última en salir del recinto. Empapada.

—Y llegó ella —dijo Coral.

—¿Quién.

—La señora Amparo.

Mi hija tiene treinta y un años y en ese momento, en mi cocina, se le puso la cara de una niña de once contando una cosa que le habían dicho que no contara.

—Estaba en la puerta. Con el hielo. Traía una bolsa de hielo.

—Se pasó la mano por la boca—. Y nos fue cogiendo del brazo, uno a uno, y a mí me llevó hasta la esquina de casa y me dijo que entrara sin hacer ruido, que me quitara la ropa mojada y la escondiera, y que no había estado allí.

Me lo dijo tres veces. Tú no has estado aquí, Coral. Tú no has estado aquí.

—¿Y llamó a alguien?

—No lo sé.

—¿Fue a por él?

—No lo sé, mamá. —Y ahí sí se le rompió la voz, por primera y única vez—. Yo tenía once años y entré en mi casa y me metí en la cama con la ropa mojada debajo del somier. Eso es lo que hice. Eso es lo que hice yo.

Yo me quedé quieta.

—Andrés.

Mi marido tenía las dos manos sobre la mesa, planas, igual que el jueves.

—¿Tú desde cuándo lo sabes?

—Desde septiembre de 2006 —dijo.

Y contó el resto, que es corto. Que la niña tuvo fiebre tres semanas y hablaba dormida.

Que una noche le dijo lo del reto. Que él fue a casa de Amparo Llobet a la mañana siguiente y que Amparo Llobet no negó nada, no se puso nerviosa y no le pidió nada: le sirvió café y le explicó, con muchísima calma, lo que iba a pasar si aquello salía.

Una niña de once años señalada en un pueblo de cuatro mil habitantes para toda su vida.

Su mujer, que ya había perdido un hijo, perdiendo también a la hija.

Una familia acabada por una cosa que legalmente no era nada, porque a los once años en este país no hay responsabilidad penal, y eso Amparo lo sabía en 2006 y se lo dijo.

Y le enseñó la puerta. La puerta era: nadie vio nada.

—¿Y Ginés Vidal? —dije.

Andrés no contestó.

—Andrés. Ginés Vidal.

—Yo no supe lo de Ginés hasta la junta de julio.

—Estabas en esa junta.

—Sí.

—¿Votaste?

Mi marido levantó la cara y me miró, y esta es la única vez en treinta años que le he visto la cara que se le puso.

—Me abstuve —dijo.

Hubo siete abstenciones en el punto cuarto del acta del 14 de julio de 2006.

Yo he leído esa acta catorce veces desde entonces.

Siete personas de esta calle se abstuvieron de echar a un hombre inocente, y una de ellas cenaba conmigo todas las noches, y durante veinte años yo creí que aquella abstención era una postura.

—Papá —dijo Coral.

—Yo pensaba que a Ginés le iban a dar la liquidación y que encontraría otra cosa. —Le temblaba la mandíbula y la sujetaba con los dientes—. Eso pensaba. Que encontraría otra cosa.

—Encontró Móstoles —dije.

Y ahí me levanté, porque si no me levantaba iba a decir algo que no se puede decir en una cocina delante de una hija, y me puse de espaldas, en el fregadero, y abrí el grifo del agua caliente, que tarda once segundos y hace un golpe en la tubería del office.

Once segundos.

Y en el segundo nueve, con el ruido del agua, oí a mi hija decir detrás de mí, muy bajito, casi para ella:

—Y por eso yo bajé a la piscina en junio.

⁂