Vecinos de buena familia 26
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El despacho de mi marido son ocho metros cuadrados en la primera planta, con una mesa de tablero macizo que se trajo de casa de su padre, dos archivadores metálicos de obra y una estantería de pino con veinte años de normativa técnica.

Yo entro ahí a pasar el aspirador. Es una frase que he dicho toda mi vida sin oírla.

Empecé por lo de arriba y bajé, que es como se busca.

Dentro había cuarenta y una hojas.

Las conocí antes de tocarlas. Papel de folio corriente, cuadrícula en algunas, tres tintas distintas, la misma letra apretada y hacia arriba que yo llevaba ocho días leyendo. Y en el margen izquierdo de cada hoja, dos agujeros de anillas con el papel desgarrado.

La otra mitad de la carpeta.

Debajo, en un calcetín de deporte, había un móvil negro con la pantalla apagada y una funda de silicona transparente que en la esquina inferior tenía una mancha de pintura blanca.

Yo esa mancha la había visto en marzo, a treinta centímetros, encima de una losa de hormigón, mientras un hombre miraba la hora.

Me senté en el suelo del despacho de mi marido, con la espalda contra el archivador, y leí las cuarenta y una hojas seguidas, sin la segunda vuelta, porque no hacía falta.

En esas hojas no había ninguna historia sobre mi hija.

No había una sola línea sobre Coral Sanchís Salmerón.

Ni una. En trescientas y pico anotaciones fechadas entre noviembre y junio, un hombre que según mi marido había construido un chantaje sobre lo que hizo una niña de once años en 2006 no había escrito jamás el nombre de esa niña, ni había puesto sus iniciales, ni había dedicado una hoja a lo único que supuestamente tenía.

Lo que había era una investigación sobre una puerta.

Había planos del recinto copiados a mano. Había una relación de los miembros de la comisión de fiestas de 2006 sacada de las actas. Había cuatro páginas sobre la custodia de la llave del kiosco. Había, en la hoja treinta y siete, escrito con bolígrafo rojo y subrayado dos veces, esto:

Si la puerta estaba cerrada y no se forzó, el niño no entró por ahí. El niño entró por la puerta grande, con los otros críos. Alguien contó la historia de la puerta de servicio para explicar por qué había un niño solo. La puerta de servicio no es un fallo. Es una coartada.

Y en la hoja cuarenta, la última con fecha, el 8 de junio:

Se lo digo a R. el lunes 22. En su casa no. En la farmacia, que allí es ella.

El lunes 22 de junio, a las nueve y media de la mañana, yo abrí la farmacia y despaché durante cuatro horas y media y me hablaron veintinueve personas del chico de la piscina.

Cerré la caja de zapatos. La dejé donde estaba, detrás de las carpetas colgantes del proyecto de la nave de Getafe. Bajé, me tomé un café de pie en la cocina y llamé a mi hija.

—Coral, ¿tú puedes bajar hoy?

—¿Hoy hoy? Mamá, son las diez y media de la…

—Hoy.

Un silencio de tres segundos al otro lado.

—Voy.

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