25
Seis días es mucho tiempo.
Seis días son doce comidas en la misma mesa, seis noches en la misma cama, una compra grande el sábado, una visita al taller el lunes porque al coche le tocaba la revisión, dos llamadas de la administración por lo de la derrama y una película el martes que dejamos a la mitad porque él se dormía.
Voy a poner algunas.
Eso es lo que quiero dejar escrito de aquella semana.
Que yo estuve seis días haciendo la compra, comiendo pollo al horno y hablando de cambiar de coche con un hombre del que estaba convencida, con toda la certeza de que soy capaz, de que había ahogado a una persona en la piscina de mi comunidad.
Y que dormí a su lado las seis noches.
La gente me pregunta cómo se hace eso. La gente lo pregunta con una cara determinada, como si fuera una cosa monstruosa o rarísima.
Se hace igual que todo lo demás. Se hace porque hay que hacer la compra, porque el coche tiene revisión y porque el jueves viene tu hija.
Se hace exactamente igual que se está veinte años en una calle en la que despidieron a un hombre inocente: por partes, con la agenda llena, y sin hacerse nunca la pregunta entera de una sola vez.
Yo tardé seis días en hacerme la pregunta entera.
En esta calle hay gente que ha tardado veinte años. Y hay gente que no se la ha hecho todavía.
Se lo pregunté el jueves 8 de octubre, a las nueve y media de la noche, sentados los dos a la mesa de la cocina, con los platos recogidos.
Le puse el extracto delante. Lo había impreso en la farmacia. Llevaba subrayado el movimiento del 12 de mayo con rotulador amarillo, como subrayo las incompatibilidades.
Andrés lo miró seis segundos.
Después se levantó, cogió el vaso del escurridor, se puso agua del grifo, se lo bebió entero de pie, dejó el vaso en el fregadero boca abajo, y volvió a sentarse.
—Vale —dijo.
—Vale ¿qué?
—Vale que te lo tenía que haber contado y no lo hice. —Puso las dos manos en la mesa, planas—. Ese hombre vino a por mí en marzo.
—A por ti.
—A la obra. Se presentó en la caseta de Boadilla un martes por la mañana, con un chaleco, como si fuera de la propiedad. —Se pasó la mano por la cara, hacia arriba—. Y me contó una historia sobre Coral.
El frigorífico de esta cocina arranca cada veintidós minutos y hace un ruido bajo que dura cuarenta segundos y que solo se oye cuando no habla nadie.
—¿Qué historia.
—La noche del veinticuatro de junio de 2006, la niña se levantó.
—Andrés hablaba despacio y muy claro, y me miraba a los ojos, cosa que hace poco—.
Eso es verdad, Reyes. Eso pasó y yo lo sé desde entonces.
Coral se levantó de la cama a la una de la mañana, se salió a la explanada a ver la verbena, se asustó de algo y volvió.
Tenía once años. Y desde entonces esa niña se ha creído durante veinte años que si ella no se hubiera levantado, su hermano no habría salido detrás de ella.
Yo no dije nada.
—Y ese hombre —siguió— averiguó que la niña estuvo fuera aquella noche. No sé cómo. Y montó encima una historia que no se sostiene, que la niña estuvo en la piscina, que la niña vio cosas, que la niña sabía. Y me dijo que iba a hablar con la gente de la calle y que iba a preguntar por ahí.
—¿Y le pagaste.
—Le di mil doscientos euros y le dije que se fuera de esta urbanización.
—Levantó las manos de la mesa un centímetro y las volvió a poner—.
Sí. Le pagué. Y lo volvería a hacer, porque llevo veinte años viendo a mi hija hacerse pedazos por una cosa de la que no tiene ninguna culpa, y no pensaba dejar que un tío al que le pagábamos veintidós euros al mes se la contara al pueblo entero para vengar a su padre.
—Podías habérmelo dicho.
—¿Y qué habrías hecho tú?
Ahí me tuvo.
—Lo mismo —dijo—. Tú habrías hecho lo mismo, y encima peor, porque tú lo habrías hecho sin decírmelo a mí.
Estuvimos un rato callados. El frigorífico arrancó y paró.
—Andrés.
—Dime.
—El veintiuno de junio, entre las dos y las tres de la mañana, ¿dónde estabas?
Mi marido me sostuvo la mirada el tiempo suficiente para que yo entendiera que había esperado esa pregunta desde julio.
—En la cama. Contigo.
—Yo me dormí a las tres y cuarto.
—Ya lo sé —dijo—. Yo también.
Recogimos. Subió a las once. Le oí lavarse los dientes y le oí abrir el cajón de su mesilla y tomarse el zolpidem, como todas las noches desde el 17 de julio de 2006.
Yo me quedé abajo, en la cocina, de pie, con la luz de la campana extractora encendida.
Todo cuadraba. Todo. Cuadraba el pago único, cuadraba el chantaje, cuadraba la niña, cuadraban los veinte años de silencio y cuadraba, sobre todo, el hombre: un aparejador de cincuenta y cuatro años que calcula cargas, que no levanta la voz, que resuelve, que se ocupa, que organiza colectas para el hombre que está en Soto del Real por lo que hizo él.
Mi marido acababa de contarme, con la voz tranquila y las manos planas sobre la mesa de mi cocina, la única mentira frontal que me ha dicho en treinta años de matrimonio.
Y yo, aquella noche, me la creí entera.
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