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S e investiga a un marido igual que se investiga cualquier otra cosa: por listados.
Empecé por el que tenía a mano, que es el mío.
Lo lleva tomando veinte años. Se lo receta el médico de empresa y lo retira aquí, en mi mostrador, cuatro cajas cada tres meses, y lo he despachado yo unas doscientas cuarenta veces sin que ninguno de los dos lo haya mencionado nunca, porque el zolpidem lo toma media España y porque su mujer no le va a preguntar a un hombre por qué no duerme cuando lo sabe.
Eso creía yo que sabía.
Después el archivo.
El archivo del cuarto de las cajas empieza en marzo de 2014. Doce años de calle, y de esos doce, el que me interesaba era el último. Lo hice por bloques, hacia atrás, y me llevó cuatro noches: del 21 de junio de 2026 al 1 de enero, y luego 2025 entero por encima.
Andrés Sanchís sale poco en mi archivo, y sale poco porque sale del garaje en coche a las siete menos veinte y vuelve en coche a las ocho y media, y un hombre dentro de un coche es un techo.
Pero hay tres registros de la CAM-05, la de la calle Jara, en los que Andrés Sanchís aparece a pie, de noche, entre marzo y junio de 2026, en un vial que no lleva a ninguna parte salvo a las siete parcelas de la calle Jara y al callejón de servicio de la tapia sur.
7 de marzo, 23:41. 18 de abril, 00:12. 6 de junio, 23:58.
En los tres va y vuelve. En los tres tarda entre dieciocho y veintiséis minutos.
Y en la calle Jara, en el número 2, vive Amparo Llobet.
Yo aquella noche no pensé en Amparo Llobet, y ese es el centro de todo lo que hice mal: en el número 2 de la calle Jara vivía la mujer que había mandado a los niños a casa uno por uno en 2006, y yo tenía a mi marido paseando por delante de su puerta tres veces en cuatro meses, y no la vi.
Vi el callejón.
Vi que el callejón de la tapia sur no tiene cámara porque en 2014 la partida se pospuso, y que mi marido, que pagaba las facturas de mantenimiento del sistema desde el primer año, sabía perfectamente hasta dónde llegaba cada cosa que yo había puesto.
Y el martes 6 llamé a mi hija.
—Coral.
—Mamá. Estoy en una reunión, ¿es urgente?
—No. Sal cuando puedas.
Me llamó a los veinte minutos desde la escalera de incendios de su oficina, que es donde llama ella, porque se oye el eco.
—Dime.
—Una pregunta rara.
—Vale.
—Tu padre, en 2006. Después de lo de tu hermano. ¿Tú te acuerdas de si iba a algún sitio por las noches?
Cuatro segundos de eco.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque hay una cosa de la comunidad de aquel año que no me cuadra.
—Mamá, yo tenía once años.
—Ya lo sé. Por eso te lo pregunto. Los críos de once años se enteran de todo y no lo cuentan.
Otro silencio.
—Salía —dijo—. Sí. Salía andando después de cenar y volvía. Yo lo oía porque yo no dormía.
—¿Cuánto tiempo?
—No sé, mamá. Un rato. Poco.
—¿Y sabes adónde iba?
—A casa de la señora Amparo.
Yo estaba de pie en la rebotica con el móvil pegado a la oreja.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque una vez lo seguí. —Se le oyó cambiar el teléfono de mano—. Tenía once años y estaba muerta de miedo todo el rato y pensaba que se iba a ir de casa. Y llegó hasta el porche de esa señora y llamó al timbre y yo me volví corriendo.
—Coral.
—Mamá, ¿esto para qué es?
—Para nada. Para una cosa de las actas.
—Ya. —Un ruido de puerta—. Me tengo que meter.
—Vete.
Colgué.
Mi hija de once años siguió a su padre por la calle Jara en el otoño de 2006 y llegó hasta el porche de Amparo Llobet, y en veinte años no me lo había contado, y yo, aquel martes 6 de octubre de 2026, colgué el teléfono y lo archivé debajo de mi propia certeza, que era que mi marido había matado a un hombre.
Y por último la memoria, que es el peor archivo de todos porque el que lo guarda es también el que lo consulta.
Andrés no lloró en 2006. Se ocupó. Se ocupó del tanatorio, del seguro, de mi madre, de las llamadas, del colegio de Coral en septiembre, y en octubre volvió a la obra.
En veinte años no ha dicho el nombre de Martín en voz alta delante de mí más de seis o siete veces, y siempre las he contado yo como delicadeza.
Y en septiembre de 2006 me dijo una frase que yo llevaba veinte años guardando en el sitio de las cosas buenas.
Estábamos en la cocina de esta casa, de noche, y yo llevaba tres semanas leyendo el atestado por las noches y llamando al juzgado y preguntando por la puerta, por la puerta, siempre por la puerta.
Y él me dijo: Reyes, aunque encuentres al culpable, el niño no vuelve.
Yo tenía treinta y tres años y me pareció la cosa más triste y más sabia que me había dicho nadie.
Y dejé de preguntar.
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