Vecinos de buena familia 23
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L eí las treinta y una hojas aquella misma mañana, en la mesa del comedor, con la persiana bajada, y tardé dos horas y cuarenta minutos.

Hay una manera de leer que se aprende con veinticinco años de recetas y que consiste en leer dos veces todo lo que va a hacer daño: la primera para saber qué pone y la segunda para saber qué pone de verdad. La primera vuelta la hice entera y no me detuve en nada. La segunda me llevó el doble.

Esto es lo que había, ordenado como lo ordené yo aquel viernes, que no es como lo ordenaría hoy.

Había una carta de un hombre muerto en la que me llamaba de tú y me decía que había intentado contármelo cuatro veces.

Había una fotocopia del acta de la junta ordinaria del catorce de julio de 2006, en la que yo no estuve porque yo aquel mes de julio estaba en casa de mi madre en Alcorcón con una hija de once años que no hablaba.

En esa acta hay dos puntos consecutivos.

En el cuarto se acuerda no renovar el contrato del empleado de mantenimiento.

En el quinto se acuerda no vaciar el vaso.

Había una factura de Cerrajería Soto del tres de julio de 2006.

Había un listado de fechas y de iniciales, y en ese listado, en dos líneas separadas por treinta y seis días, ponía A. niega y ponía A. paga.

Y había una hoja, la última de las manuscritas, en la que un hombre de cuarenta y dos años había escrito que a mí me habían hecho algo peor que a su padre porque a mí me habían dejado dentro.

Esa hoja la leí seis veces y después la puse boca abajo, y a las cinco de la tarde volví a darle la vuelta.

Ahora la aritmética.

A. niega. 9 de marzo. A. niega otra vez. 6 de abril. A. paga. 12 de mayo. Mil doscientos euros. No se lo he pedido. No sé qué compra.

El 12 de mayo de 2026, desde una cuenta corriente conjunta abierta en 1998 en la sucursal de la plaza de Valdecillas, mi marido transfirió mil doscientos euros a Óscar Lema Vidal con el concepto entrenamiento personal.

Óscar escribió esa noche que no se lo había pedido.

A las cuatro y diez sonó el teléfono fijo.

Es un teléfono inalámbrico que está en la cocina y que solo usan cuatro personas, porque el resto del mundo llama al móvil. Lo cogí con las treinta y una hojas abiertas encima de la mesa del comedor.

—¿Reyes? Soy Amparo.

—Dime.

—Perdona que te moleste un domingo. Bueno, viernes. Ya no sé ni en qué día vivo.

—No molestas.

—Es por lo de la derrama del ascensor. Que me ha llegado el giro y me lo han pasado a veinticuatro meses y yo lo tenía apalabrado en doce.

Le dije que eso era de la administración, que llamara a la señorita Puy.

—Ya la llamé. Me dijo que se lo consultara a la presidenta.

—Se lo miro el lunes.

—No corre prisa, hija. Que ya sé que estás con mil cosas.

Y entonces, con el mismo tono, sin ninguna pausa que separase una cosa de la otra:

—Oye, ¿tú sabes si al final Milagros fue al médico?

Yo tenía delante, en la mesa, a metro y medio, una hoja escrita a mano por un hombre muerto en la que ponía, con fecha del nueve de marzo: A. niega. Muy amable. Bizcocho.

—¿Al médico?

—Me pidió una mañana la semana pasada. —Un ruido de loza al otro lado—. Y yo le dije que fuera tranquila, faltaría más, que las mujeres nos dejamos siempre para lo último. Pero es que volvió rarísima y ya no le he preguntado, que a mí me da mucho apuro meterme en las cosas de nadie.

—No sé nada, Amparo.

—Es que como tú eres la de la farmacia y ella va mucho por allí.

—Va a por lo de Fermín. Los lunes.

—Ya, ya. —Tres segundos—. Bueno, hija, no te entretengo. Que descanses este fin de semana, que buena falta te hace.

—Igualmente.

—Y llámame para lo de la derrama.

Colgué y me quedé con el teléfono en la mano.

Aquella tarde archivé aquella llamada donde archivo las llamadas de Amparo Llobet, que es en el sitio de los asuntos de la comunidad, y estuve veinticuatro días sin volver a acordarme de ella.

Milagros Chuquín había pedido su mañana libre el veintiocho de octubre.

Aquella llamada fue el dos.

Cuando por fin encajé las dos fechas, en diciembre, entendí que Amparo Llobet llevaba desde septiembre haciendo con Milagros exactamente lo mismo que había hecho conmigo aquel viernes por teléfono: comprobar.

Y que llevaba tres semanas sabiendo, no que Milagros hubiera hablado, sino que Milagros era una persona que en algún momento podía hablar.

Y que por eso le ofreció al sobrino abogado.

Yo me levanté de la mesa del comedor a las cinco y veinte de la tarde del viernes 2 de octubre de 2026 y subí a la primera planta y me metí en la ducha con el agua muy caliente, y estuve dentro veinticinco minutos, y salí, y me sequé el pelo, y bajé a hacer la cena porque Andrés llegaba a las ocho y media.

Ese es el inventario. Eso es todo lo que hice aquel día.

Aquella noche cenamos merluza en salsa verde. Andrés me contó que en la obra de Boadilla habían recuperado tres semanas. Le pregunté por su espalda y me dijo que regular. Le pregunté si quería que le pidiera hora con el fisioterapeuta de Valdecillas y me dijo que ya lo miraría él.

Y a las once, cuando subió, me quedé abajo recogiendo, y con las manos dentro del agua del fregadero, mirando la puerta cerrada del sótano desde la cocina, hice una cosa que no había hecho en veinte años de matrimonio.

Empecé a contar.

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