Vecinos de buena familia 22
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Me dieron una copia digitalizada en un pendrive. Ciento dieciocho folios.

Cinco horas y veinte minutos para ciento dieciocho folios es muy despacio. Es porque hay ocho o nueve que no se pueden leer del tirón.

Y esto es lo que hay en el expediente de la muerte de mi hijo.

Hay veintiuna comparecencias.

Comparece el matrimonio Salmerón-Sanchís, o sea nosotros, por separado, el 27 de junio.

Comparece la señora que encontró el cuerpo, Amparo Llobet Ferrer, el 26.

Comparecen catorce propietarios de la urbanización, todos entre el 26 de junio y el 4 de julio, y las catorce declaraciones dicen sustancialmente lo mismo con palabras distintas: que estaban en la verbena, que no se dieron cuenta de nada, que el niño se separó de sus padres, que la puerta de servicio la llevaba el empleado.

Comparece el empleado, Ginés Vidal Ferrero, dos veces: el 26 de junio y el 3 de julio.

Comparece el técnico del seguro. Comparece el alcalde de la época a efectos de la revisión municipal.

Y ya está.

Aquella noche, a las tres y media de la madrugada, con ciento dieciocho folios encima de mi mesa, hice una cosa muy sencilla que no había hecho nadie en veinte años, que fue contar.

En la noche del 24 de junio de 2006, en la verbena del veinte aniversario de la Urbanización Residencial Las Adelfas, había según el propio expediente «gran número de menores».

Número de menores que declaran en el expediente: cero.

Ni uno. Ni una comparecencia, ni una diligencia de exploración, ni una sola línea en la que un guardia civil o un juez o un forense le pregunte a un niño de esa urbanización qué estuvo haciendo aquella noche.

Y no es que se negaran. Es que a nadie se le ocurrió, porque en el folio ocho, en la primera comparecencia, la del 26 de junio a las 11:40 de la mañana, la señora Amparo Llobet Ferrer, de cincuenta y un años, manifiesta que encontró el cuerpo sobre las tres de la madrugada al pasar por delante de la instalación, y manifiesta también, y esto está escrito y consta y lleva veinte años ahí, lo siguiente:

«Que a esas horas ya no quedaba ningún menor en la zona de la verbena, habiéndose retirado todos a sus domicilios con anterioridad.»

Trece palabras.

Con trece palabras, dichas a un cabo de la Guardia Civil a las once y cuarenta de la mañana del 26 de junio de 2006, aquella mujer cerró para siempre la única línea de investigación que existía, y la cerró con tanta elegancia que ni el instructor, ni el juez, ni el seguro, ni el Ayuntamiento, ni yo, que soy la madre y he tenido esos ciento dieciocho folios en un cajón durante veinte años, la vimos.

Se retiraron todos a sus domicilios con anterioridad.

Y era verdad. Esa es la parte que a mí me sigue quitando el sueño. Era verdad, y era verdad porque los había llevado ella.

Cerré el portátil a las cuatro y veinte y me quedé sentada en la silla del comedor hasta que la ventana empezó a ponerse gris.

Milagros vino a mi casa el viernes 2 de octubre por la mañana, que es un día en el que ella no trabaja para nadie.

Llamó al timbre a las nueve y diez, cuando Andrés ya se había ido. Traía la ropa de calle, no la de trabajo, que era la primera vez que yo la veía con ropa de calle en doce años, y un bolso distinto.

—Buenos días, doña Reyes. ¿La pillo mal?

—No. Pasa.

—Aquí está bien.

Se quedó en el recibidor, en la esterilla, con el bolso delante.

—Es que la semana pasada usted se portó muy bien con don Fermín en la farmacia. Y no le dijo nada a la señora.

—No había nada que decirle.

—Sí había. —Me miró—. Yo lo dejé salir por la puerta de atrás. Esa es mi responsabilidad y usted no me la puso encima.

—Milagros, esa puerta la dejas abierta por el gato y ese hombre se levanta doce veces cada noche. Hasta una santa lo perdería.

—Ya. —Abrió el bolso—. Yo le tengo que dar una cosa.

Sacó un sobre.

Era un sobre marrón, de los grandes, doblado por la mitad y con la doblez muy marcada, del tipo que se usa para mandar documentación. Estaba cerrado con precinto y encima, escrito con rotulador negro y letra de imprenta, ponía: PARA LA SEÑORA DE LA FARMACIA.

—Me lo dio el chico.

—¿Cuándo?

—El viernes de antes. El diecinueve. —No apartó la vista—. Vino a por don Fermín, que le tocaba ducha, y cuando terminó me lo dio en la cocina y me dijo: Milagros, guárdame esto y no lo abras. Y si a mí me pasa algo, se lo lleva usted a la señora de la farmacia, en mano, y a nadie más.

—¿Y qué le dijiste tú?

—Le dije: ¿y qué le va a pasar a usted? —Se rio un segundo, hacia dentro, sin ninguna gracia—. Y me dijo que nada. Que era por si acaso. Que él era muy exagerado.

Yo tenía el sobre en la mano y pesaba lo que pesa un taco de folios.

—Milagros. Han pasado tres meses y medio.

—Sí, señora.

—Han detenido a un hombre.

—Sí, señora. Ya lo sé.

Se hizo un silencio en el recibidor.

—¿Por qué ahora?

Milagros se ajustó el asa del bolso en el hombro, que es un gesto suyo, y contestó despacio, con las palabras puestas donde ella quería ponerlas.

—Porque el chico me dijo la señora de la farmacia, y en este pueblo la señora de la farmacia es usted. Pero en la urbanización usted es otra cosa. Usted es la presidenta. —Se subió el asa otro poco—. Yo he estado esperando a saber a cuál de las dos se lo daba.

—¿Y ya lo sabes?

—El otro día en la farmacia usted le puso una silla a don Fermín y le trajo un vaso de agua y le habló como se le habla a una persona. Eso lo hizo la de la farmacia.

Abrí la puerta y le pregunté si quería un café, y me dijo que no, gracias, que tenía el autobús.

Y en el escalón, ya vuelta, le pregunté la única pregunta que se me ocurrió y que era, de todas las que tenía, la peor formulada.

—Milagros. ¿Hay algo más que yo tenga que saber?

Ella se paró un segundo, tres cuartos de perfil, con el sol de octubre dándole en la cara.

—No, señora.

Bajó los cuatro escalones y se fue andando hacia la parada, y yo cerré la puerta con el sobre en las dos manos, y no volví a pensar en aquella respuesta hasta el veintiséis de noviembre.

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