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Yo había ido a llevar el listado actualizado de propietarios, que me habían pedido por tercera vez. Se lo di en el mostrador y ella salió conmigo a la calle y se encendió un cigarro, y esa fue la primera vez que la vi hacer algo que no fuera trabajar.
—Ya.
—Y me dijo una cosa que se me quedó. Me dijo: la puerta esa la cerraba Ginés. Ginés cerraba todo con dos vueltas y probaba el picaporte. —Dio una calada—. Mi padre era encofrador y le tocó trabajar con veinte tíos en esa obra y solo se acordaba de uno.
—Sargento.
—Sí.
—El jueves pasado, Fermín Llobet se me escapó y entró en la farmacia. Me dijo lo mismo. Con esas palabras: dos vueltas.
Ester Roca se quedó con el cigarro a medio camino.
—¿Fermín Llobet le dijo eso a usted?
—Fermín Llobet tiene setenta y ocho años y una demencia diagnosticada en 2022. No sirve para nada.
—No sirve para un juzgado. —Tiró el cigarro y lo pisó—. Para lo mío sirve.
Me explicó, allí de pie, en cuatro minutos, lo que había estado haciendo el mes de agosto entero mientras la calle de arriba hablaba del pinar y de los cuatro mil euros.
Había pedido el expediente de 2006 al archivo del juzgado.
Ciento y pico folios, archivado por auto de octubre de aquel año.
Lo había leído tres veces. Y a la tercera se había parado en el folio sesenta y uno, donde consta la comparecencia del entonces empleado de mantenimiento, Ginés Vidal Ferrero, que manifiesta que él cerró la puerta de servicio a las 20:30 del día 24 y que la probó, y que no puede explicar cómo apareció abierta, y que él no tiene la llave del kiosco de fiestas.
Y a la tercera lectura Ester Roca hizo lo que no había hecho nadie en veinte años, que fue preguntarse quién había reparado esa puerta después.
—Cerrajería Soto, de Valdecillas. Cerró en 2014. El hijo tiene las facturas de su padre en el trastero, en cajas, por años, porque su padre era de esos.
—¿Y?
—Y hay una factura de la comunidad de Las Adelfas. Sustitución de bombín, puerta de acceso de servicio.
—Eso no significa nada. Después de aquello se cambiaron las cerraduras de todo.
—La factura es del tres de julio.
Yo tenía las llaves del coche en la mano.
—Señora Salmerón. El niño murió el veinticuatro de junio.
La primera obra que se hace en esa puerta, la primera, es nueve días después.
Nueve días en los que la puerta estuvo exactamente igual que estaba la noche de autos, con su bombín original, sin tocar, en una urbanización donde ya sabían todos que un crío se había ahogado por culpa de esa puerta.
—A lo mejor tardaron en llamar al cerrajero.
—A lo mejor. —Se guardó las manos en los bolsillos—. O a lo mejor no había prisa por cambiar un bombín que no estaba forzado, y sí la hubo, de pronto, en cuanto alguien preguntó cómo se abre una puerta que no está forzada.
El miércoles 30 fui a ver al hijo de Soto.
No se lo dije a nadie. Cerré a las dos, comí de pie y a las cuatro y media estaba llamando al telefonillo de un tercero sin ascensor de la calle Mayor, encima de lo que fue la cerrajería y ahora es una tienda de vapeadores.
Jesús Soto tiene sesenta y un años, es jubilado de Correos y no se dedicó nunca al oficio de su padre.
—Usted es la de la farmacia.
—Reyes Salmerón. Vengo por lo mismo que la Guardia Civil.
—Pues suba, que ya me sé el camino.
El trastero está en el pasillo, entre el baño y una habitación cerrada, y mide metro y medio por dos. Dentro hay veintitantas cajas de cartón apiladas hasta el techo, y en cada una, escrito con rotulador grueso y con una letra de hombre que aprendió a escribir en los cincuenta, un año.
1988. 1991. 1994. 1997.
—Mi padre facturaba a mano y guardaba la copia. —Jesús Soto se apoyó en el marco—. Cuarenta y un años. Cuando cerramos en 2014 mi mujer me dijo que a la basura, y yo dije que no, y llevamos doce años discutiéndolo.
—¿Puedo ver la de 2006?
—Es la que se llevaron ellos. Pero tengo la de 2007, si le vale.
—Me vale.
Sacó la caja de 2007 y la abrió en el suelo del pasillo, y nos pusimos los dos de rodillas en un pasillo de Valdecillas del Monte, un miércoles de septiembre a las cinco menos veinte de la tarde, a pasar facturas de un cerrajero muerto.
Lo que yo quería comprobar era una cosa muy tonta y era esta: si en 2007 la comunidad de Las Adelfas volvió a llamar a Cerrajería Soto para cambiar el resto de las cerraduras.
Estaban las facturas del año entero, por meses, con una goma.
En 2007 la comunidad de propietarios de la Urbanización Residencial Las Adelfas llamó a Cerrajería Soto tres veces: para el portal de la sala de máquinas en febrero, para el cuarto de contadores en mayo y para dos buzones en noviembre.
Ninguna para la puerta del recinto de la piscina. Ninguna para la puerta grande. Ninguna para el vestuario.
—¿Encuentra lo que busca?
—Encuentro lo que no busco, que a veces sirve más.
Después de la muerte de mi hijo, en Las Adelfas no se cambió ninguna cerradura.
Ni una. Ni la de la puerta por la que oficialmente había entrado un niño de seis años a ahogarse, que siguió con su bombín original hasta que alguien preguntó cómo se abre una puerta que no está forzada.
—Su padre apuntaba cosas en las facturas —dije—. En la de 2006 hay una observación a mano.
—Todas. Mire.
Cogió una al azar. Al pie, con bolígrafo azul y letra pequeña: «Aviso al cliente: la puerta tiene el marco vencido, esto se repetirá.»
—Era muy suyo —dijo Jesús Soto—. Decía que él ponía la cerradura y que lo demás no era asunto suyo, pero que constara.
Bajé los tres pisos andando.
En el portal me tuve que parar, no por las rodillas.
Un hombre que se murió en 2011 y al que yo no conocí escribió al pie de una factura, un lunes 3 de julio de 2006, que el cilindro que le mandaban retirar estaba en buen estado y sin señales de forzamiento, y lo escribió porque le pareció que tenía que constar.
Y constó. Constó durante veinte años en una caja de cartón con un año escrito en rotulador, en un pasillo de metro y medio por dos, encima de una tienda de vapeadores.
Constó mejor que en dieciséis cámaras.
Conduje los cuatro kilómetros a cincuenta.
Hay una cosa que hay que decir aquí y que no me deja bien: yo, en aquel momento, no estaba pensando en 2006.
Yo estaba pensando en que aquella mujer llevaba tres meses tirando de un hilo con una paciencia de perito, en que ese hilo pasaba a nueve metros de la puerta de mi sótano, y en que el otro extremo estaba atado a mi hija.
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