Vecinos de buena familia 20
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La excusa era real, que es lo que hace buenas a las excusas: la comunidad tenía que renovar el convenio de uso de la pista cubierta para las clases de gimnasia de mayores, y yo tenía que hablar con el coordinador, y podía haberlo hecho por teléfono el lunes.

Álvaro Ortiz juega en el alevín del Valdecillas. Los partidos son a las once y media, en la pista de fuera.

Aparqué y me senté en la grada de cemento, en la tercera fila, con la carpeta de la comunidad encima de las rodillas.

En la grada había veintitantas madres y unos cuantos padres. Estaban agrupados como se agrupan siempre, por equipos y por años, con las neveras portátiles y los abrigos que no hacían falta.

Vanesa Ortiz estaba sentada sola en el extremo derecho, en la primera fila, con la hija pequeña al lado jugando con un móvil.

Nadie le había hecho nada. Esto es importante y quiero que se entienda bien, porque es la parte de esta historia que la gente de fuera nunca acaba de creerse: nadie le había hecho absolutamente nada.

No la habían insultado, no la habían señalado, no le habían escrito nada. Al llegar, tres o cuatro le habían dicho hola. Una le había preguntado qué tal.

Simplemente, entre el grupo grande y ella había cuatro metros de grada vacía, y esos cuatro metros los había hecho mucha gente decente cambiando ligerísimamente de sitio a lo largo de tres semanas, cada uno un poco, cada uno por una razón razonable, y ninguno de ellos podría decir hoy que hizo nada.

Álvaro Ortiz jugó los dos tiempos completos. Es central. Los centrales son los que piensan.

En el minuto no sé cuántos le entraron mal por detrás y se quedó en el suelo, y su madre se levantó de golpe, y las cuatro o cinco madres más cercanas se volvieron a mirarla, y ella se sentó otra vez.

El niño se levantó solo.

Al descanso bajé y me senté a su lado.

—Hola, Vanesa.

—Hola.

—Tengo una reunión con el coordinador a las doce.

—Ya.

Estuvimos los diez minutos del descanso sin decir casi nada.

Le pregunté por el crío y me dijo que está bien, que en el colegio bien, que los profesores muy bien.

Le pregunté por la pequeña y me dijo que la pequeña no se entera de nada, y luego se corrigió y dijo que se entera de todo pero que no lo dice.

—El miércoles fui a verle —dijo.

—¿A Soto?

—Autobús a Colmenar y allí otro. Cuatro horas entre ir y volver. —Miraba la pista—. Cuarenta minutos de vis a vis y no supimos de qué hablar. Cuarenta minutos, Reyes. Le conté lo de la caldera.

Sonó el silbato.

Me quedé el segundo tiempo entero, que no tenía por qué, y a las doce y cuarto entré a mi reunión y renové el convenio de la pista cubierta para las clases de gimnasia de mayores por otros dos años, con una bonificación del quince por ciento por ser comunidad de vecinos empadronada en el municipio.

Yo aquel sábado no hice nada malo.

Estuve dos horas sentada a cuatro metros de una mujer sola, la última media hora a su lado, hablando de una caldera, con una grabación en mi sótano que habría sacado a su marido de la cárcel en cuarenta y ocho horas.

Y volví a casa, y comimos, y por la tarde Andrés y yo fuimos a por unas plantas para el jardín.

En la junta del martes 22 de septiembre, en ruegos y preguntas, Pilar Quiroga pidió la palabra y propuso un aplauso para la presidenta.

Lo cuento con las palabras que ella usó, que las tengo porque las pasé yo a limpio al acta al día siguiente.

Dijo que llevábamos tres meses en una situación que ninguna comunidad de este país está preparada para vivir.

Dijo que había habido un fallecimiento, una investigación, una detención de un vecino, y que en esos tres meses la urbanización no había tenido ni un solo problema de convivencia, ni una avería sin resolver, ni un recibo sin girar.

Dijo que la piscina había abierto y cerrado su temporada en fecha. Dijo que eso no pasa solo.

Y dijo que ella quería que constara en acta el agradecimiento de la comunidad a doña Reyes Salmerón por su entrega.

Constó en acta.

Cuarenta y seis propietarios aplaudieron en el salón de actos de la Urbanización Residencial Las Adelfas durante dieciocho o diecinueve segundos, un martes de septiembre a las nueve menos cuarto de la noche.

Yo estaba de pie, detrás de la mesa, con la carpeta abierta y el bolígrafo en la mano.

Y lo que hice mientras me aplaudían fue lo siguiente: mirar a la tercera fila, donde estaba Amparo Llobet aplaudiendo, y a la última, donde no estaba nadie de la calle Retama porque desde agosto no baja nadie de la fase 2 a las juntas, y pensar, con una claridad absoluta, que a esa misma hora Fernando Ortiz Casal llevaba veintiséis días en un módulo de Soto del Real.

Después di las gracias.

Dije que el mérito era del administrador y de la comisión, que yo solo firmo papeles, y que lo que había que hacer ahora era pensar en esa familia. Dije la palabra familia y hubo un murmullo de asentimiento.

Levanté la sesión a las nueve menos diez.

Aquella noche, en la cama, con Andrés dormido de lado, estuve pensando en una cosa que aprendí en el mostrador hace veinticinco años y que no había vuelto a formular hasta entonces.

La gente no se equivoca al agradecer.

La gente agradece exactamente lo que ha recibido, con muchísima precisión, y aquella noche cuarenta y seis propietarios me habían aplaudido dieciocho segundos por lo que de verdad había hecho por ellos, que no era firmar papeles ni girar recibos.

Era que en tres meses, en esta calle, no había pasado nada.

Yo era la mujer que se había ocupado de que en Las Adelfas no pasara nada.

Igual que Amparo en 2006.

El jueves 17 de septiembre, a las siete y veinte de la tarde, Fermín Llobet entró solo en mi farmacia.

Llevaba el pijama de arriba y unos pantalones de vestir, y una zapatilla y un zapato. Fuera todavía había luz. Se paró en medio del local, mirando los estantes de dermocosmética como se mira un paisaje, y no dijo nada hasta que salí del mostrador.

—Fermín. Soy Reyes.

—Ya sé quién eres.

—¿Quieres sentarte un momento?

—He venido a por el hielo.

Le acerqué la silla que tenemos para los que esperan, la de la esquina, y se sentó con las dos manos en las rodillas. Le puse un vaso de agua y no lo tocó. Marqué el fijo de Amparo y no lo cogió nadie. Marqué el móvil y saltó el buzón.

Fermín Llobet tiene setenta y ocho años y construyó Las Adelfas.

La primera piedra de la fase 1 la puso él en abril de 1986 y hay una foto en el salón de actos, en un marco que limpian dos veces al año, en la que se le ve con casco blanco y treinta y ocho años y una calle que todavía es un secarral con dos zanjas.

—Está muy oscuro esto —dijo.

—Es la persiana de la puerta, que la bajo a media a esta hora por el sol.

—No. Allí.

Miraba el escaparate. Fuera había luz.

—Fermín, voy a llamar a Milagros.

—Le he dicho a Amparo que había que poner una luz. En la esquina de los vestuarios. Se lo dije en el ochenta y nueve y me dijo que las luces atraen a los críos.

Yo estaba marcando. Paré de marcar.

—¿Qué críos, Fermín?

—Los críos de la fiesta. —Se movió en la silla—. Hay que darles de cenar temprano y mandarlos a casa. Eso es lo que hay que hacer. Y ella los mandó a casa. Uno por uno los mandó, muy bien mandados, y a mí me dijo que me fuera a dormir, que ella se ocupaba.

—¿Cuándo?

—El del niño. El niño de la piscina. —Levantó la cara y me miró con una nitidez que no le había visto en cuatro años—. Ese niño no entró por la puerta de fuera, Reyes. Esa puerta la tenía yo con dos vueltas.

La campanilla de la puerta.

—¡Don Fermín! —Milagros, sin aliento, con el bolso cruzado y las llaves de la casa en la mano—. Ay, doña Reyes, perdone usted, se me ha escapado por la de atrás. La señora está en la peluquería.

—No pasa nada.

—Se me ha escapado por la de atrás, que la dejo abierta para el gato. —Ya le estaba poniendo la mano en la nuca—. Vamos, don Fermín, que hay cena.

Fermín se levantó sin protestar. En la puerta se volvió, me miró otra vez y dijo, en un tono completamente distinto, cordial, de vecino a vecina:

—Dale recuerdos a tu marido.

Se fueron. Los vi cruzar la plaza hacia el coche de Amparo, que Milagros conduce sin ser suyo desde hace tres años.

Cerré la farmacia a las ocho y media. Hice la caja. Apagué el rótulo.

Y me quedé de pie en el local a oscuras, con las llaves en la mano, delante del mostrador donde llevo despachando desde 2001, haciendo una cosa que no hacía desde el veintiuno de junio, que era pensar en mi hijo.

Martín murió la noche del sábado 24 de junio de 2006.

En el atestado consta que accedió al recinto de la piscina por la puerta de servicio de la tapia sur, que se encontró sin cerrar.

En el informe del seguro consta lo mismo.

En el periódico consta lo mismo. Esa puerta era responsabilidad de Ginés Vidal, y por esa puerta Ginés Vidal perdió su trabajo, y su casa, y el saludo de sesenta y ocho familias, y siete años después se murió en Móstoles a los cincuenta y ocho años.

Un hombre de setenta y ocho años con la cabeza rota acababa de decirme, sentado en la silla de los que esperan, que aquella puerta él la cerraba con dos vueltas.

Y otra cosa. Me había dicho otra cosa, y tardé dos meses en oírla, porque estaba debajo de la primera.

Me había dicho que había críos.

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