Vecinos de buena familia 19
49%

19

A ndrés lo gestionó todo aquel septiembre y lo gestionó impecablemente.

Fue idea suya lo del abogado. Me lo dijo un martes cenando, con la naturalidad con la que se dicen las cosas que se han pensado tres días.

—Los Ortiz están con un tío de Móstoles que cobra por acto. Eso en un homicidio son treinta mil euros y la mujer trabaja media jornada.

—Ya.

—Yo conozco a Bermúdez, el que llevó lo de la licencia de la nave. Penalista no es, pero sabe quién es quién. Le puedo preguntar a quién iría él.

—¿Y por qué ibas a hacer tú eso?

Andrés dejó el tenedor en el plato, no en el mantel.

—Porque es un vecino, Reyes.

Lo hizo. Habló con Bermúdez, Bermúdez le dio dos nombres, Andrés se los pasó a Vanesa Ortiz por WhatsApp con un mensaje de cuatro líneas que ella enseñó a media fase 2 y que le valió, en la calle de abajo, una reputación que todavía dura.

También propuso, y esto lo llevó él a la junta de septiembre sin decírmelo antes, una colecta voluntaria para gastos de defensa.

Se recaudaron mil ciento sesenta euros en tres días. Puso doscientos.

En Las Adelfas, en septiembre de 2026, mi marido era el hombre decente de la urbanización.

Yo lo miraba hacer.

Y a Amparo Llobet también.

Amparo puso doscientos euros en la colecta y pidió que constara en acta que era a título personal y que no se hiciera público, y en Las Adelfas eso significa que a las cuarenta y ocho horas lo sabía la calle entera. Después hizo lo otro, que es lo que a mí me interesa contar.

Fue el domingo 13 de septiembre, el día que cerramos la piscina. Yo estaba en el recinto con el del cloro haciendo el parte de cierre de temporada y ella apareció por la verja con dos tarteras.

—¿Bajas conmigo a casa de la Vanesa?

—¿Ahora?

—Ahora es cuando hay gente en la calle.

Bajamos las dos por el vial, ella con las tarteras y yo sin nada, doscientos ochenta metros, y en esos doscientos ochenta metros nos cruzamos con seis vecinos y a los seis les dijo lo mismo, con una variación mínima:

—Vamos a ver a la chica, que hoy es domingo y los domingos son los peores.

Nos abrió Vanesa. Amparo entró la primera, dejó las tarteras en la encimera de la cocina de melamina, y le dijo al niño de once años, que estaba en la mesa camilla, que qué alto estaba y que si seguía con el fútbol.

El niño contestó que sí. Ella le preguntó en qué puesto jugaba y él dijo que central, y ella le dijo que su Fermín también jugaba de central, y que los centrales son los que piensan.

Estuvimos cincuenta minutos.

Cuando salimos, ya en la acera, Vanesa Ortiz nos acompañó hasta la cancela y le cogió las dos manos a Amparo, las dos, y le dijo que no sabía cómo agradecérselo.

—No hay nada que agradecer, hija. Faltaría más.

Volvimos andando cuesta arriba. Amparo va despacio y hay que ir a su paso.

—Yo esto lo he visto antes —dijo, más o menos a la altura de los contenedores.

—¿El qué.

—Esto de las calles cuando pasa algo. —Iba mirando adelante—. La gente no es mala, Reyes. La gente tiene miedo, y el miedo es muy feo por fuera. Y hay que estar. Estar es lo único que sirve.

—Amparo.

—Dime, hija.

—¿Tú crees que fue él?

Y aquí es donde tengo que ser exacta, porque durante meses conté esta escena diciendo que ella no contestó, y sí contestó.

Amparo Llobet siguió andando tres o cuatro pasos y dijo:

—Yo creo que se hará justicia.

Se paró en la esquina de Jara para recuperar el aire, con la mano en la tapia, y añadió:

—Y que la que no se hizo entonces, hija, tampoco se va a hacer ahora. Eso lo llevo yo aprendido desde el ochenta y seis.

Se lo conté a mi abogada en febrero y me preguntó si aquello era una confesión.

Le dije que no. Le dije que era una mujer de setenta y un años, cansada, subiendo una cuesta.

Y sigo sin saber cuál de las dos cosas es, y me temo que las dos.

Hay una cosa de aquel septiembre que solo se entiende poniendo tres fechas juntas.

El 12 de mayo, Andrés Sanchís transfirió mil doscientos euros a Óscar Vidal.

El 21 de junio, Óscar Vidal apareció muerto.

Y el 8 de septiembre, Andrés Sanchís organizó y financió parcialmente la defensa del hombre acusado de matarlo.

Un hombre que ha pagado a otro y luego lo ha matado se aparta. Se queda quieto, no toca el asunto, no aparece en las fotos, no da su nombre para una colecta que se lee en un grupo de sesenta y tres personas. Eso lo sabe cualquiera.

Hubo una noche, además, que solo entendí en diciembre.

Fue el viernes 4 de septiembre. Habíamos cenado tarde y estábamos los dos en el sofá con la televisión puesta, un documental de aviones que él ve y yo no, y en un corte de publicidad Andrés bajó el volumen y dijo:

—Reyes.

—Dime.

—¿Tú te acuerdas de septiembre de 2006?

Yo tenía el móvil en la mano mirando el grupo de la comunidad.

—Me acuerdo de poco.

—De la niña, digo. De cuando la niña tuvo la fiebre.

—Estuvo tres semanas con treinta y ocho. Le hicieron análisis y no salió nada.

—Ya.

Volvió a subir el volumen.

Y a los dos o tres minutos, con los aviones otra vez sonando, lo bajó de nuevo y dijo:

—Es que estos meses me acuerdo mucho de aquello.

—Es normal.

—Ya.

—Andrés, ¿quieres que hablemos de esto?

Mi marido se quedó mirando la televisión unos segundos y después me dijo que no, que qué vamos a hablar, y que si quedaba de la tarta de la Charo.

Le corté tarta.

Aquella noche, sentada en mi sofá con un plato en la mano, yo pensé que a mi marido le estaba pasando lo que le estaba pasando a media urbanización, que era acordarse de 2006 porque en 2026 había un muerto en la misma piscina, y me pareció tierno.

Un hombre de cincuenta y cuatro años me preguntó dos veces en cinco minutos por septiembre de 2006 y me ofreció, en la única forma en que sabe ofrecer algo, la conversación que llevaba veinte años sin tener.

Y yo le corté tarta.

Y sin embargo hubo una cosa aquel mes. Una sola, y muy pequeña, y no supe qué hacer con ella hasta noviembre.

Fue el jueves 10. Yo estaba en el despacho pasando a limpio el acta de la junta y le pedí que me buscara el número de póliza del seguro de responsabilidad civil de la comunidad, que está en la carpeta azul del segundo estante.

—¿Cuál de las dos azules?

—La de arriba. Donde el contrato del cloro.

Fue, la cogió, la abrió y sacó el papel en once segundos.

En esa carpeta, entre el contrato de la empresa del cloro y el seguro de responsabilidad civil, había una caja de Nolotil vacía con un pendrive de treinta y dos gigas dentro.

Mi marido no preguntó por qué había una caja de Nolotil en la carpeta de la comunidad.

Y yo, que llevo treinta años viéndole abrir cajones, sé una cosa de él que no sabe nadie más: Andrés, cuando encuentra algo que no espera encontrar, lo aparta con dos dedos y sigue buscando, y luego lo comenta. Comenta todo. Comenta los calcetines desparejados y las facturas de 2011.

Aquel jueves 10 de septiembre volvió al despacho con el papel del seguro en la mano y me dijo el número de póliza, y no me dijo nada más.

Yo lo apunté y seguí con el acta.

⁂