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Vanesa me puso el café en taza de las buenas, de una vajilla de doce que habría salido de una lista de bodas, y me dio las gracias tres veces en el primer minuto.
Le dije que la comunidad estaba con ellos, y era verdad: lo habíamos aprobado el martes, por unanimidad, punto cuarto del orden del día.
Estaba también la madre de Vanesa, que había venido de Getafe a quedarse.
Y estaban los dos críos. El pequeño hacía los deberes en la mesa camilla con el abrigo puesto, porque con el padre fuera habían bajado la calefacción del agua y a las diez de la noche en aquella casa hacía fresco de agosto de sierra, y me enseñó una división de dos cifras que estaba bien.
Se lo dije. Que estaba bien.
—¿Usted es la de la farmacia?
—Soy la de la farmacia.
—Mi padre está en la cárcel.
—Álvaro. —Vanesa, desde el fregadero, sin volverse.
—Está en Soto del Real. Lo pone en el papel.
—Álvaro, los deberes.
Tu padre está en prisión provisional, que no es lo mismo, y estará ahí hasta que un juez decida otra cosa.
Eso es lo que le podría haber dicho a un niño de once años que estaba haciendo divisiones con el abrigo puesto, y no se lo dije, porque no era mío el papel de decírselo y porque a esas alturas de la noche yo ya había decidido no decir nada en ninguna dirección.
La madre de Vanesa habló casi todo el rato.
Habló del abogado, que es de Móstoles y que cobra por acto.
Habló del recurso contra la prisión provisional, que se resolvía en dos semanas.
Habló de que ella siempre había dicho que este barrio era mucho barrio para su hija.
Habló de la fase 1 y de la fase 2 con una precisión de topógrafo, y en un momento dado dijo, mirándome a mí:
—Y ustedes ahí arriba, tan tranquilos.
—Mamá.
—Es que es verdad.
—Es verdad —dije yo.
Vanesa me sirvió más café. Nadie dijo nada durante unos segundos y el niño terminó la división.
—Yo he escrito lo del certificado —dije—. Se lo di a Vanesa el diez.
—Sí, sí, eso ya lo tiene el abogado. Muy amable, de verdad. Muy amable.
Muy amable.
Me tomé el café entero. No se me ocurre ninguna manera de contarlo que sea mejor que esa, ni más honrada: me lo tomé entero, con azúcar, y estaba muy bueno, y cuando terminé pedí un vaso de agua y también me lo bebí.
Estuve en aquella cocina una hora y cuarenta minutos.
En ese tiempo, en el disco duro de un grabador de dieciséis canales instalado en el sótano de mi casa, a cuatrocientos metros de la mesa camilla en la que un niño hacía divisiones con el abrigo puesto, había cincuenta y un segundos de vídeo, con fecha, con hora, con marca de agua del sistema, en los que Fernando Ortiz Casal se alejaba de la piscina.
A las once y media me acompañaron a la puerta los tres. La madre me dio dos besos. Vanesa me dio dos besos y me apretó el brazo por encima del codo.
—Gracias por venir, Reyes. De verdad. Aquí no ha venido nadie.
—Cualquier cosa que necesites.
—Ya lo sé.
Volví andando. Es todo cuesta arriba desde la fase 2, doscientos ochenta metros de vial hasta la esquina de Mimosa y luego ciento sesenta más, y las farolas de la fase 2 son las mismas de 1994 y dan una luz amarilla, y las de la fase 1 las cambiamos en 2021 a led blanco con una derrama que aprobamos en el punto tercero.
Se nota exactamente dónde cambia la luz. Hay una raya en el suelo.
La crucé.
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