16
No desde la ventana. Desde el monitor.
Ninguna de las tres se movió hasta que el coche desapareció. Y entonces las tres siguieron andando.
Esa mañana abrí la farmacia a las nueve y media y no vino nadie hasta las diez y veinte, que es un récord.
—Reyes, hija, qué noche. Yo no he pegado ojo.
—Ya.
—Es que lo he visto todo desde mi ventana, ¿eh? Todo. —Se apoyó en el mostrador—. Y la Vanesa en bata, la pobre, en la calle. Que yo lo siento por ella, que a ella nadie le ha hecho nada.
—Nadie.
—Y por los críos. Los críos son los que más pena me dan. —Cogió el paquete de compresas de su hija y lo dejó otra vez—. Pero yo te voy a decir una cosa y luego que no salga de aquí.
—Dime.
—Que esta noche mi Alfonso ha dormido con la ventana abierta.
Me quedé mirándola.
—Desde junio no la abría —dijo—. Desde junio. Con este calor, Reyes, con este calor durmiendo con la ventana cerrada por si acaso. Y anoche la abrió y no dijo nada, y yo tampoco le dije nada, ¿eh?, que no se hable de estas cosas. Pero la abrió.
Le cobré las compresas.
En la puerta se volvió.
—Que yo no digo que fuera él —dijo—. Que eso lo dirá el juez.
—Claro.
—Yo lo que digo es que se duerme distinto.
La calle de arriba estuvo tres días en un estado que no tiene nombre en castellano y que yo describiría así: alivio con vergüenza.
Nadie lo celebró. Nadie fue capaz de decir en voz alta que respiraba mejor.
Pero en Las Adelfas, entre el 27 y el 30 de agosto, se abrieron otra vez las ventanas de los dormitorios que dan al vial, volvieron a dejar las bicis de los niños fuera por la noche, y Merche Berlanga escribió en el grupo un mensaje de nueve líneas sobre lo importante que es no juzgar a nadie.
El jueves 27, a las once de la noche, bajé al cuarto de las cajas y abrí la CAM-07.
Cincuenta y un segundos.
Aparcamiento de visitas, veintiuno de junio, 02:19:58 a 02:20:49.
Nando Ortiz entra por el fondo del plano, viniendo de la explanada.
Anda deprisa y anda mal, con el peso hacia delante, como anda un hombre que lleva encima lo que llevaba él encima aquella noche.
Cruza el aparcamiento en diagonal, pasa entre el Golf gris de Óscar y el Passat de los Berlanga, y sale por la esquina de arriba, la que da al camino del pinar.
El pinar está en dirección contraria a la piscina. Doscientos ochenta metros contrarios.
Y no vuelve a entrar en ese plano. Ni en ese ni en ningún otro plano de las dieciséis cámaras de esta urbanización hasta las 05:52 de la mañana, cuando la CAM-01 lo recoge entrando a pie por la barrera peatonal con las manos en los bolsillos.
Tres horas y media en el pinar. Solo, sin teléfono, andando su cabreo, exactamente como declaró.
Cerré la ventana del programa.
Aquí es donde la gente espera que yo escriba lo que sentí, y lo que voy a escribir es lo que hice, que es más exacto y peor.
Miré la hora: las once y veinticuatro. Cerré la sesión.
Subí, apagué la luz del sótano desde el interruptor de arriba, comprobé la puerta de la calle y la del jardín, puse el lavavajillas, que estaba lleno, y me acosté a las doce menos veinte al lado de mi marido, que dormía de lado, respirando por la boca.
Y dormí. Esto es lo que no le he contado a nadie, ni a mi abogada.
Aquella noche dormí siete horas seguidas, que era la primera vez desde el veintiuno de junio.
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