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Era un punto del orden del día, el segundo, y se aprobó sin debate: rescindir la cesión de uso y devolver el material que fuera de propiedad del fallecido.
La sala lleva cerrada desde el veintiuno de junio con una nota mía en la puerta que dice ACTIVIDAD SUSPENDIDA y que se ha ido despegando por una esquina.
Bajamos cuatro: el administrador, Pilar Quiroga, Fito y yo.
Todo lo demás lo había traído él.
Un juego de mancuernas hexagonales de goma, de cuatro a veinte kilos, en una rejilla.
Dos kettlebells. Cuatro esterillas buenas.
Un TRX anclado con dos tacos químicos que puso él mismo en la pared de carga y que se ve, porque están bien puestos, que se tomó su tiempo.
Una báscula de bioimpedancia. Un radiocasete de los antiguos, del que Pilar Quiroga dijo que era de su padre y que se lo había prestado en enero.
Y una caja de plástico transparente con material de rehabilitación: gomas, pelotas, un rodillo, una tabla de propiocepción.
—Esto no lo he visto yo nunca —dijo Fito.
—Es de las individuales.
Era de Fermín Llobet. Lo compró él para que un hombre de setenta y ocho años con las piernas que se le olvidan hiciera veinte minutos de equilibrio dos veces por semana, y se lo cobraba dentro de la hora, y nunca lo pasó como material a la comunidad porque nunca se le ocurrió que hubiera que pasarlo.
Lo cargamos todo en el trastero del salón de actos.
Y a las siete y media de la tarde, en un trastero con olor a humedad, entre las sillas apiladas y las cajas de la comisión de fiestas, quedaron: el material de Óscar Vidal en la pared del fondo, sesenta y ocho vasos de plástico duro reutilizables de la derrama de 2019 y una placa de metacrilato que pone CUARENTA AÑOS DE LAS ADELFAS 1986–2026 y que no se llegó a colgar.
—¿Y esto qué hacemos con ello? —dijo el administrador, con la carpeta.
—Se le devuelve a la familia.
—Es que no consta familia.
—Consta —dije—. Lo que pasa es que no la hemos buscado.
Fito Quiroga levantó la cabeza y me miró raro, y no dijo nada, y siguió apilando esterillas.
Ese fue el momento en el que yo empecé a buscar a la madre de Óscar Vidal, y en el que dejé, sin decírselo a nadie y sin habérmelo propuesto, de estar del lado de mi propia calle.
En agosto esta calle se vacía y a Nando Ortiz lo cercaron en agosto.
Lo supe como se sabe todo aquí, por partes y por bocas equivocadas.
Que la sargento había estado dos veces en Retama 12.
Que se habían llevado el móvil. Que le habían pedido los movimientos de la cuenta y que en la cuenta había, en efecto, cuatro mil euros que Nando Ortiz le debía a Óscar Vidal desde febrero, de un préstamo para pagar una furgoneta, con un papel firmado a mano entre los dos y sin notario, porque así es como se prestan cuatro mil euros entre un hombre de la fase 2 y su entrenador.
Que el vídeo de la verbena lo tenían desde el primer día.
Y que Nando Ortiz, preguntado por dónde estuvo entre las dos y las tres de la madrugada del veintiuno de junio, había contestado que andando por el pinar. Solo. Sin teléfono, porque se lo había dejado en casa al salir cabreado. Sin nadie que lo viera.
En el pueblo, en la farmacia, la conversación de agosto fue esa, y la conversación de agosto tenía una forma que yo conozco desde hace veinte años y que reconocí sin esfuerzo, porque es la misma que tuvo el verano de 2006.
Nadie acusa. Todo el mundo comprende. Yo no digo que fuera él, pero es que el pobre hombre se puso en evidencia delante de toda la calle.
Yo no digo nada, pero cuatro mil euros son cuatro mil euros. Yo lo que digo es que algo habrá.
Es la forma. Se llama algo habrá , y en esta comarca es capaz de tumbar a un hombre en seis semanas sin que ninguna de las personas que lo tumban tenga que decir jamás en voz alta lo que piensa.
Vanesa Ortiz vino a la farmacia el lunes 10 de agosto a las dos menos diez, que es la hora a la que no hay nadie.
Eso lo sé porque yo, a las dos menos diez, llevo veinticinco años sabiendo quién viene a esa hora y por qué. A las dos menos diez viene el que no quiere que le vean.
—Buenas.
—Buenas, Vanesa. ¿Qué necesitas?
—Nada. Bueno, sí. —Puso la tarjeta sanitaria en el mostrador y la retiró—. No. Vengo a otra cosa.
Le dije que pasara a la rebotica, que allí hay dos sillas y una mesa donde firmo los estupefacientes, y no pasó. Se quedó del otro lado del mostrador con las dos manos en el bolso.
—El abogado dice que si tuviéramos un escrito de la comunidad.
—Lo dijo de corrido, como se dice lo que se ha ensayado en el coche—.
Que Nando lleva once años en la urbanización, que nunca ha habido un parte, que no ha tenido un problema con nadie.
Un escrito de la presidenta, dice él. Que eso en un juzgado no vale nada pero que en la fase de instrucción se mira.
—¿Y qué dices tú?
—Yo digo que me da vergüenza.
Once años en la urbanización. Los conozco de la lista de morosos, porque los Ortiz devolvieron dos giros en 2020 y los pusieron al día en catorce meses sin que nadie tuviera que llamarles.
—Te lo hago esta tarde —dije.
Levantó la cara.
—¿Sin junta ni nada?
—La presidenta puede certificar hechos de la comunidad. Y los hechos son que no consta ningún expediente ni queja formal contra tu marido. Eso es verdad y por eso lo puedo firmar.
—Reyes.
—No me des las gracias.
—Es que llevo seis semanas sin que nadie de la calle de arriba me hable.
—Amparo te habló en la comida.
—Amparo me llama por teléfono. —Se le movió algo en la barbilla y lo paró—.
Todos los domingos, desde el primero. Es la única.
Me pregunta por los niños y me dice que esto pasará y que la gente es muy mala.
Y a mí me da una cosa por dentro, Reyes, porque yo he estado veinte años pensando que esa mujer era una estirada.
Le hice el escrito aquella tarde, en papel con el membrete de la comunidad, sellado y firmado, y se lo llevé yo misma a Retama 12 a las ocho, y no me quedé a tomar nada porque no me lo ofrecieron, porque en la fase 2 a esas alturas de agosto ya nadie ofrecía nada a nadie de la calle de arriba.
Volví andando. Ciento sesenta metros hasta mi verja, y luego doscientos más.
Y no diré que iba contenta, porque contenta es una palabra que no se puede usar aquí. Diré una cosa peor y más exacta: iba tranquila. Iba con la tranquilidad concreta y física de una mujer que acaba de hacer algo bien.
Yo tenía en un cajón, dentro de una caja de Nolotil, un archivo de vídeo.
Y en el disco de mi sótano, en la CAM-07, sin borrar, sin tocar, a cuatro pulsaciones de ratón, había cincuenta y un segundos del veintiuno de junio de 2026 en los que Nando Ortiz cruza el aparcamiento de visitas a las 02:20 de la madrugada, solo, andando deprisa, en dirección contraria a la piscina.
El jueves 13 de agosto por la noche bajé al sótano a hacer lo que hacía todas las noches desde el veinticuatro de junio, que era comprobar que el bloque de la CAM-03 seguía sin estar.
Seguía sin estar.
Y cuando iba a cerrar la sesión, en la esquina inferior derecha de la pantalla, en la ventana de eventos del sistema, donde durante doce años no había aparecido nunca nada que no fuera una alerta de disco o un reinicio por corte de luz, había una línea nueva.
Estaba en gris, en el cuerpo de letra más pequeño que tiene el programa, y llevaba allí, según la marca de hora, tres semanas y un día.
21/07/2026 · 23:12:40 · aviso: 2 sesiones concurrentes
La leí. La entendí a medias, que es la peor manera de entender algo.
Llamé a Delgado al día siguiente y Delgado me dijo que eso salía a veces cuando una se dejaba la sesión abierta en el móvil y luego entraba desde el ordenador, y que no me preocupara, y que si quería le echaba un vistazo en septiembre, que estaba de vacaciones en Gandía.
Le dije que en septiembre.
Yo no entro nunca desde el móvil. No tengo la aplicación instalada. No la he tenido nunca, porque en 2014 decidí que un sistema al que se puede entrar desde un teléfono es un sistema que se puede perder en un taxi.
Hay una cosa que yo creía en agosto de 2026 y que creí durante doce años, y que era, mirándolo ahora, la única cosa verdaderamente estúpida que ha pensado en su vida una mujer que se dedica a comprobarlo todo dos veces.
Yo creía que el cuarto de las cajas era mío.
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