12
A quella noche no bajé al sótano. Me senté en la cama de la habitación de Coral, que es la habitación donde se plancha, y estuve hasta las tres repasando cuatro noches.
Es una cosa que hace la gente y que yo siempre había considerado una pérdida de tiempo: volver a mirar lo que ya se ha mirado. Los archivos no cambian. Lo que cambia es el índice.
Y con un índice nuevo, esto es lo que tenía.
Un hombre llega a esta urbanización en septiembre.
En cuatro semanas se sabe los nombres de sesenta y ocho parcelas y las patologías de veinte vecinos.
Pregunta mucho y cuenta poco: en nueve meses, a mí, que soy la persona con la que más veces se quedó a solas, no me contó dónde nació, ni a qué se dedicaba su padre, ni por qué vuelve a los cuarenta y dos años a un pueblo de la sierra de Madrid con un Golf de segunda mano.
Se apunta al gimnasio la presidenta de la comunidad. La presidenta es también la farmacéutica del pueblo. La presidenta es, además, la madre.
Yo le dije el 12 de marzo, con mis palabras, que dentro del recinto de la piscina hay un punto donde no llega ninguna cámara. Se lo dije yo. Nadie me lo sacó.
El sábado 1 de agosto fui a Móstoles.
Adelina Lema Souto tiene setenta y un años, vive en un cuarto sin ascensor de la avenida de Portugal y trabajó treinta y un años limpiando escaleras y portales en ese mismo barrio.
La localicé como se localiza a la gente en este país, que es preguntando: llamé a la parroquia de Valdecillas, la parroquia me dio el nombre de la funeraria y la funeraria me dijo que la que firmó los papeles de Óscar Vidal Lema en junio fue su madre.
Le dije por teléfono quién era. Le dije: soy la presidenta de la urbanización donde trabajaba su hijo, y soy la madre del niño que se ahogó allí en 2006.
Hubo un silencio largo y luego me dijo que subiera el sábado, que ella los sábados hace cocido.
Me abrió con delantal.
—Pasa, mujer.
El piso tiene sesenta metros y un salón con una vitrina, y en la vitrina hay diecisiete fotos, y de las diecisiete, catorce son de Óscar.
Óscar de niño con un flotador amarillo. Óscar de comunión.
Óscar con veintitantos delante de un pub en Irlanda.
Óscar en un gimnasio con dos chicas jóvenes a las que yo no conocía y que se reían.
—Siéntate ahí, que la otra silla cojea.
Adelina Lema dejó a Ginés Vidal en 1999 y se vino a Móstoles con su hermana, y Óscar, que tenía quince años, se quedó en Valdecillas con el padre. Eso me lo contó de pie, sirviendo el cocido, sin que yo se lo preguntara y sin ningún dramatismo.
—Yo me fui porque aquello no era vida —dijo—. Él tenía su trabajo en la urbanización y su piscina y sus horarios, y yo me pasaba el día en un pueblo donde no conocía a nadie. Y el niño quiso quedarse. Y a mí eso me pareció bien, ¿eh? Que eso lo tengo hablado con quien lo tenía que hablar.
—Ya.
—Y luego pasó lo que pasó y yo ya no pinté nada.
Comimos.
Adelina Lema hace el cocido con repollo aparte y con un poco de comino, que dice que es de su madre, que era de Muxía.
—Cuando echaron a Ginés vine —dijo—. Al mes o así.
Vine a decirle que se viniera a Madrid, que aquí hay obras y hay de todo.
Y él me dijo que no se iba a ir de Valdecillas porque irse era darles la razón.
—Se limpió con la servilleta de papel—. Y ahí se quedó.
Trece años. Trece años sentado en un pueblo de cuatro mil personas esperando a que alguien le dijera que no había sido culpa suya.
Y entonces me miró por primera vez de verdad.
—Y a ti nadie te dijo nada tampoco, ¿verdad?
—A mí me dijeron que había sido un accidente.
—Ya. —Movió la cabeza—. A mí me lo dijeron en el tanatorio de mi hijo. Un señor, no sé quién era. Que había sido un accidente.
Estuve en aquel piso cuatro horas.
Me enseñó las cosas de Óscar que la Guardia Civil le había devuelto en julio, que caben en una bolsa de deporte y en una caja: ropa, un reloj, cargadores, un pasaporte irlandés caducado y un cuaderno de espiral en el que su hijo apuntaba las series y los pesos de cada cliente, con los nombres, y en el que yo salgo tres veces.
R. Salmerón. Sentadilla búlgara 3x10, peso corporal. Buena técnica. No le gusta que se lo digan.
—Tú eres esa —dijo Adelina.
—Soy esa.
—Le hablé con él de ti por teléfono, ¿sabes? En mayo o por ahí. Me dijo: mamá, aquí hay una señora que es la única que no me pregunta nada.
Bajé los cuatro pisos.
En el portal, en el buzón, todavía pone VIDAL LEMA, con dos apellidos que ya no viven en ningún sitio.
Yo he pasado veinte años pensando que en esta historia había dos madres, y me equivocaba, porque durante veinte años solo hubo una a la que la gente le llevó bizcocho.
Y en mayo pasó lo que pasó en mayo.
La tercera vez fue el martes 19 y él llegó antes que yo, que era la primera vez.
Estaba de pie, no sentado. Con la espalda contra la pared de la depuradora y las manos en los bolsillos, y cuando entré por la verja y crucé los veintidós metros hasta el rincón, no dijo nada y no se movió.
Me dejó llegar.
Es una cosa muy pequeña y muy grande, dejar llegar a alguien. Consiste en no dar el paso y quedarse mirando cómo lo da la otra, y en aquel momento a mí me pareció que era una cosa que él hacía porque yo le gustaba.
—Llegas tarde.
—Once minutos.
—Trece.
—¿Los has contado?
—Sí.
Aquella noche fue él quien decidió el ritmo y fue él quien decidió cuándo, y en algún momento me cogió la cara con la mano abierta en la mandíbula y me la giró hacia la izquierda, hacia la luz.
En ese rincón hay una sola luz. Entra desde la farola del vial, por encima del seto, en diagonal, y le da en la cara a quien esté sentado en la losa si se la giran quince grados a la izquierda. Nadie diseñó eso. Es donde cae la farola.
Me tuvo así un rato. Sin hacer nada. Mirándome.
—¿Qué haces?
—Mirarte.
—No hay nada que mirar.
—Eso lo decido yo.
Y luego dijo una cosa más, muy despacio, todavía con la mano en la mandíbula:
—Te pareces a él.
Yo pensé, en ese segundo, que se había equivocado de palabra. Que quería decir a ella, o a alguien. Que se le había ido.
—¿A quién?
Me soltó la cara. Se rio. Dijo que a nadie, que qué tontería, que estaba cansado, y me preguntó si el agua seguía a veintiocho.
Aquella noche me fui a mi casa pensando que había sido lo más parecido a ser vista que me pasaba desde hacía veinte años.
En julio, sentada en la habitación de plancha a las dos de la mañana, tuve que admitir que también había sido, literalmente, un hombre poniéndome la cara a la luz para verla mejor.
Y que cuando dijo te pareces a él no se le había ido nada.
Ginés Vidal sacó del agua a un niño de seis años el veinticuatro de junio de 2006 y no pudo hacer nada, y por eso lo echaron. Su hijo tenía veintidós años y estaba en Irlanda y no vino al entierro de aquel niño porque no era su entierro.
Lo único que Óscar Vidal supo de mí durante diecinueve años fue una cara en un periódico comarcal.
Y en mayo de 2026, en el único rincón de esta urbanización donde no llega ninguna cámara, con la mano abierta en mi mandíbula, aquel hombre me giró la cara hacia la única luz que hay para comprobar si yo era la de la foto.
No sé cuál de las dos cosas era. No lo supe entonces y no lo sé ahora, y he tenido delante, desde entonces, casi todos los papeles que un ser humano puede llegar a tener sobre otro, y sigue sin saberse.
Esa es la parte que nadie entiende cuando lo cuento.
La gente quiere que Óscar Vidal fuera una cosa: o un hombre que me utilizó, y entonces yo soy una idiota de cincuenta y tres años, o un hombre al que le pasó algo conmigo, y entonces yo soy otra cosa peor.
Y la verdad es que las dos posibilidades caben enteras dentro de los mismos cuatro encuentros, sin sobrar ni faltar un gesto.
Lo único que sé de cierto es lo que hizo con la información.
En nueve meses, ese hombre no se lo dijo a nadie.
No fue a la Guardia Civil, no fue al Ayuntamiento, no fue a un periódico, no puso nada en internet, que es lo que hace todo el mundo con un agravio de veinte años.
No le pidió dinero a la comunidad. Y a mí, que le tenía delante en un rincón de metro y medio cuatro noches de mi vida, no me dijo ni una sola vez quién era su padre.
A las tres apagué la luz y bajé a la cocina a por agua, y desde la cocina se ve la puerta del sótano.
Mi hija entró en ese recinto a las 02:08 del veintiuno de junio. Yo llevaba desde el veinticuatro creyendo que sabía por qué.
Aquella noche, por primera vez, se me ocurrió que a lo mejor mi hija no había ido a la piscina por su vida. A lo mejor había ido por la mía.
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