11
Se sentó en el mismo sitio del sofá. Puso la carpeta en la mesa baja, no en las rodillas, y la abrió del revés, hacia mí.
—Vale.
Yo tenía la jarra del agua en la mano.
La dejé en la mesa, en el posavasos, y me senté.
He contado esta escena tres veces en tres sitios distintos y las tres he mentido en la misma coma.
La verdad es que lo primero que pensé no fue mi hijo.
Lo primero que pensé fue: yo le he tocado.
—Señora Salmerón.
—Sí.
—¿Usted lo sabía?
—No.
—¿Alguien de aquí lo sabía?
—Si alguien lo sabía, se lo ha callado durante nueve meses mientras ese hombre le enseñaba a hacer sentadillas, y eso, sargento, en esta calle es perfectamente posible.
Se me quedó mirando. Fue la primera cosa parecida a una verdad que le dije desde el veintiuno de junio, y la dije sin querer, que es como salen.
—Ginés Vidal murió en 2013 —siguió—. En Móstoles. Tenía cincuenta y ocho años. Después de 2006 no volvió a trabajar en el sector. El hijo estaba en Irlanda; llegó dos días tarde al entierro.
Cerró la carpeta.
—Yo he hablado esta semana con once vecinos de esta urbanización y les he preguntado por Ginés Vidal.
Cuatro no se acuerdan del nombre. Tres me han dicho que era el de la piscina y que se fue.
Y cuatro me han dicho, con estas palabras o parecidas, que fue una pena pero que aquello no se podía dejar así.
—¿Y usted qué opina?
—Yo opino que a un hombre lo despidieron por una puerta mal cerrada y que la puerta no la ha visto nunca nadie. —Se levantó—. Le agradezco el agua.
Lo demás pasó solo, y pasó en dieciocho horas.
A las ocho y media de la tarde ya lo sabían Fito y Pilar Quiroga porque a Fito se lo dijo la sargento y Fito no ha guardado un dato en su vida.
A las nueve estaba en los tres grupos no oficiales.
A las diez y cuarto la señorita Puy escribió en el oficial que se abstuvieran de especular.
A las once y media Merche Berlanga había escrito catorce mensajes.
Y a la mañana siguiente, en la farmacia, Las Adelfas se acordaba perfectamente de Ginés Vidal.
Se acordaban de que fumaba en la puerta de la depuradora.
De que arreglaba las bicis de los críos gratis.
De que en el verano del 99 sacó del vaso a la niña de los Berlanga, que se llama Merche como su madre y que ahora tiene treinta y tres años y dos hijos.
De que su mujer limpiaba en tres casas de la calle Mimosa.
Se acordaban de todo, con una precisión de veinte años atrás, y lo contaban en mi mostrador con una nostalgia limpia y cordial, y ninguno, ni uno solo de los veintitantos que me hablaron de él aquel viernes, dijo la frase completa.
La frase completa es: y después nos pareció bien que lo echaran.
A las doce y veinte entró Amparo.
La farmacia estaba llena. Estaban las dos hermanas Berlanga, estaba Fito Quiroga esperando unas tiras reactivas y estaba la señora Pura sentada en la silla de los que esperan. Cuando entra Amparo Llobet en un sitio de Valdecillas, la gente se recoloca. No se calla: se recoloca.
—Buenos días a todos.
—Buenos días, Amparo.
Pidió lo suyo, que era una crema de manos, y esperó su turno como espera ella, que es de pie y sin apoyarse en nada. Y desde el segundo lugar de la cola, sin levantar la voz, dijo, a nadie y a todos:
—Yo he estado esta mañana pensando en Ginés.
Se hizo un movimiento en la fila.
—Porque lo estamos diciendo todos como si fuera una novedad, y no lo es.
—Se ajustó el asa del bolso—. Aquel hombre estuvo dieciséis años en esa urbanización, arreglando las bicicletas de estos —señaló con la barbilla a Fito Quiroga, que tiene cincuenta y dos años—, y la comunidad tomó una decisión que había que tomar y que él, estoy segura, entendió.
Porque él era el primero que sabía que aquella puerta era suya.
—Ya, Amparo, pero es que ahora resulta que…
—Ahora resulta que su hijo vino aquí con otro apellido, Fito. Eso es lo que resulta. —Le sostuvo la mirada dos segundos—. Y yo lo entiendo. A mí me parece hasta bonito, si quieres que te diga la verdad. Un hijo que quiere limpiar el nombre de su padre. ¿Qué padre no querría un hijo así?
Nadie contestó.
—Lo que pasa —siguió, y aquí bajó un poco la voz, lo justo para que hubiera que atender— es que él vino a buscar culpables donde no los hay.
Y buscando culpables donde no los hay, uno acaba encontrando enemigos.
Que es lo que ha pasado. Y ahora hay una familia entera en la calle de abajo pasándolo de una manera que a mí me quita el sueño.
—Eso es verdad —dijo la señora Pura desde la silla.
—Claro que es verdad. —Amparo puso el dinero justo en el mostrador, y lo puso mirándome a mí—.
Aquí se murió un niño hace veinte años y la calle lo pasó fatal.
Y ahora se ha muerto este chico y lo estamos pasando otra vez.
Dos veces, Reyes. Dos veces la misma piscina y las mismas caras.
Y no ha habido en veinte años un solo día en que yo no haya pensado que ojalá aquello se hubiera podido evitar.
Le di la crema y la vuelta.
—Cuídate, hija.
—Y tú, Amparo.
Se fue, y en el minuto siguiente la conversación de mi farmacia había cambiado de sitio.
Ya no se hablaba de Ginés Vidal. Se hablaba de la pobre Vanesa Ortiz y de lo mal que lo estaban pasando los críos, y a la una y media Fito Quiroga me dijo, recogiendo sus tiras reactivas, que la Amparo tenía razón, que uno viene a un sitio a remover y al final el que paga es el vecino de al lado.
Cuarenta y cinco segundos.
Le hicieron falta cuarenta y cinco segundos, delante de siete testigos, sin decir una sola mentira y sin levantar la voz, para coger la única conversación que en veinte años había puesto en peligro aquella calle y dejarla convertida en un asunto de compasión hacia la mujer del sospechoso.
Yo estaba a metro y medio y no vi nada. Vi a una señora mayor comprando crema de manos y diciendo cosas sensatas.
Charo Bermejo estuvo a punto. Charo Bermejo se apoyó en el mostrador con la caja del tratamiento de su madre en la mano y dijo:
—Reyes, hija, yo entonces… —Y se paró—. Yo entonces tenía a mi Rocío con año y medio y estaba con lo mío. No me enteré de nada.
—No pasa nada, Charo.
—Es que una está en su casa.
—Ya.
Se fue. Vino la señora Pura a por la insulina y le pregunté por el pie.
Yo no fui al entierro de Ginés Vidal en noviembre de 2013 porque no me enteré.
Y no me enteré porque en esta calle, cuando alguien deja de estar, no se avisa a nadie: simplemente se deja de saludar, y un día llevas siete años sin saludar a un hombre y ni siquiera te has enterado de que se ha muerto.
⁂