10
—Hija, perdona la hora. ¿Tú podrías subirte un momento esta tarde a ver a Fermín?
Me abrió Milagros.
—Buenas tardes, doña Reyes. Está en el salón pequeño.
Fermín estaba en un sillón orejero con la televisión sin sonido y una manta de cuadros encima de las rodillas, en julio. Le di las buenas tardes. Me miró el tiempo que hacía falta para archivarme en algún sitio y me dijo:
—¿Tú eres la que se casó con el aparejador?
—Esa soy.
—Buen chico.
Amparo me hizo pasar a la cocina.
La cosa era un sarpullido. En la espalda, en la zona lumbar, un enrojecimiento con placas que llevaba nueve días y que a Fermín no le picaba lo suficiente para quejarse pero sí para rascarse dormido.
Me enseñó una foto en el móvil, hecha con luz de bombilla y sin enfoque, que es como hacen las fotos las señoras de esa generación.
—Yo no le llamo al médico por esto, Reyes. Que me tienen fichada.
—Esto es un intertrigo. Se lo hace la humedad y el roce del pañal por arriba.
—Le escribí en el reverso de un papel de la comunidad—.
Secado bien, sin fricción, secador frío si hace falta, y una pomada de óxido de zinc al veinte por ciento.
Se la doy yo mañana. Y si en cinco días no ha remitido o le aparecen puntitos satélite, entonces sí que hay que llamar, porque será un hongo y eso lleva otra cosa.
—Puntitos satélite.
—Alrededor de la placa. Pequeñitos, separados.
—Puntitos satélite —repitió, y lo escribió ella también, en su libreta, con su letra. Amparo Llobet lo apunta todo.
Y entonces me puso café que yo no había pedido y me dijo que me sentara un momentito.
Estuvimos cuarenta minutos.
Hablamos de la residencia de Torrelodones y de la lista de espera. De que ella no lo va a meter mientras pueda. De que Milagros vale su peso en oro y de que hay que tratar bien a la gente que te limpia la casa, porque eso, Reyes, es lo primero que se ve de una familia.
Y hablamos del chico de la piscina.
—Yo me sigo despertando a las cuatro —dijo—. Desde aquella mañana. Cuarenta años sin problemas para dormir y ahora a las cuatro, como un reloj.
—Es normal.
—Será. —Removió el café sin meter la cucharilla—. Y lo peor es que ya no me acuerdo de si aquella noche oí algo. Le doy vueltas y no lo sé. Una a mi edad no sabe si se acuerda de una cosa o se acuerda de habérsela imaginado después de que la cuenten cuarenta veces en el grupo.
Salí a las siete y media por la puerta principal, y al bajar los tres escalones del porche me fijé, porque me fijo en las cosas, en que la casa tiene salida trasera: una cancela de hierro en la esquina del jardín, con el cerrojo por dentro, que da al callejón de servicio de la tapia sur.
Y no pensé nada. Anoté que había una cancela, como anoto los soportes vacíos y las hojas de los partes del seguro, y me fui andando a mi casa por el vial, y lo que iba pensando por el camino era que aquella mujer se despertaba todas las noches a las cuatro y que a lo mejor le convenía media pastilla.
La sargento Roca volvió el jueves 16 de julio a las cinco y media de la tarde, y esta vez no vino a mi casa. Me pidió que me pasara por el puesto.
El puesto de Valdecillas es un edificio de los años setenta con dos plantas, un mostrador y un despacho al fondo donde hay tres mesas y una sola ocupada. Me hizo pasar, me señaló una silla y esta vez ni siquiera me ofreció agua.
—¿Usted sabe lo que es la red de la comunidad?
—Tenemos línea contratada para el portero automático, la barrera del aparcamiento, el sistema de riego y las cámaras del vial. Va todo por el mismo router, en el cuarto de contadores.
—¿Quién tiene la clave?
—La empresa de mantenimiento. Delgado. Y el administrador, supongo.
—¿Usted?
—Yo la tengo apuntada en la carpeta de la comunidad. Es la que dejaron puestos en 2014 los instaladores. La de la pegatina del router.
—Ya. —Giró la pantalla de su ordenador hacia mí, un gesto que probablemente hace mucho y que funciona mucho—. Esto es el listado de conexiones que nos ha facilitado la operadora. ¿Usted sabe lo que estoy viendo?
Yo veía una tabla. Direcciones, horas, cantidades de datos.
—No.
—Le voy a ahorrar la explicación técnica. Desde el 14 de febrero, un dispositivo que no es de la comunidad ha entrado en esa red doscientas once veces. Casi siempre de madrugada. Siempre desde dentro de la urbanización o desde muy cerca. Y la última vez fue el sábado 20 de junio a las 23:40.
El ventilador del despacho hacía un ruido cada vez que giraba a la derecha.
—El teléfono del señor Lema está intervenido en el sentido de que lo tenemos, señora Salmerón. Lo tenemos y no lo tenemos: el terminal no ha aparecido. Pero la operadora sí nos da lo que hizo. Y lo que hizo, entre otras cosas, fue conectarse doscientas once veces a la red de su comunidad.
—¿Para qué?
—Eso le iba a preguntar yo. Es su red.
Le dije la verdad, o una parte de ella con forma de verdad entera, que es la única mentira que se me ha dado bien en la vida: que en esa red no hay nada.
Que el portero automático abre la puerta peatonal, que la barrera sube y baja, que el riego riega y que las cámaras del vial no vuelcan a grabador desde febrero.
—Desde febrero —dijo Roca.
—Desde febrero.
—El catorce de febrero, concretamente, es la primera vez que ese dispositivo entra en la red.
Puse las dos manos encima del bolso, que estaba en mis rodillas, y no las moví.
—Señora Salmerón, yo llevo tres semanas en esta calle y he entendido dos cosas.
La primera es que allí nadie miente exactamente, pero todo el mundo se calla.
Y la segunda es que en las cuarenta y dos casas de la fase 1 me han ofrecido café y no me han contado nada, y en las veintiséis de la fase 2 no me han ofrecido café y me han contado hasta lo que no les he preguntado.
—Giró la pantalla otra vez hacia ella—. Yo soy de aquí.
Mi padre echó los cimientos de esa fase en el ochenta y seis.
Cuando yo tenía ocho años, en Valdecillas todo el mundo sabía que en la piscina de Las Adelfas se había ahogado un niño y todo el mundo sabía a quién le habían echado la culpa.
Y eso lo sabíamos abajo, en el pueblo. Arriba nadie sabía nada.
—Yo llegué en el noventa y siete —dije.
—Ya me lo dijo.
—Ese niño era mi hijo.
Lo dije para que se callara, y funcionó, y es una de las cosas más feas que he hecho, y me quedan por contar cosas mucho más feas.
Ester Roca se quedó quieta. Después cerró el portátil, se levantó, y me acompañó a la puerta del puesto sin decir nada más hasta el escalón de la calle.
—Le pido disculpas —dijo—. No lo sabía y tenía que haberlo sabido.
—No pasa nada.
—Sí pasa. En el atestado de 2006 el nombre de la madre viene en el folio cuatro y yo lo he leído esta semana tres veces. —Se metió las manos en los bolsillos—. Lo he leído tres veces por otra cosa, y usted tampoco me va a preguntar por qué, porque en esa calle nadie pregunta.
Conduje los cuatro kilómetros hasta Las Adelfas a cincuenta por hora.
Doscientas once veces. Desde el 14 de febrero. Un hombre que se metía de madrugada en la red de mi comunidad y que el 3 de junio, con la camiseta en la mano, me preguntó por qué no se vació la piscina en 2006.
En mi calle hay dieciséis cámaras que no constan, un grabador en el cuarto de las cajas y un pendrive dentro de una caja de Nolotil.
Y durante ciento veintiséis días, un hombre que ahora estaba muerto había estado entrando por una puerta que yo dejé abierta en 2014 con la contraseña de la pegatina del router.
Aparqué. Entré. Andrés estaba en el sofá con la tableta y el partido de fondo sin sonido.
—¿Qué quería? —dijo.
—Nada. Papeleo de la comunidad.
—Ya.
Subí a cambiarme, y cuando bajé él seguía en el sofá pero había apagado la tableta, y tenía las dos manos apoyadas en las rodillas, y me estaba esperando.
—Reyes.
—Dime.
—¿Tú estás bien?
Mi marido me ha hecho esa pregunta cuatro veces en treinta años. La primera fue en 2006, en el pasillo de un hospital. La segunda cuando murió mi madre. La tercera cuando me operaron en 2019.
—Estoy bien —dije.
—Vale.
Volvió a encender la tableta y el partido siguió sin sonido, once hombres corriendo en silencio en el salón de mi casa.
Las tres veces anteriores, mi marido me hizo esa pregunta cuando ya sabía la respuesta.
En 2006 se la había dado un médico en un pasillo.
Cuando murió mi madre se la había dado yo por teléfono desde el tanatorio de Alcorcón.
En 2019 se la había dado el parte de quirófano, que se lo entregaron a él en la mano porque yo estaba dormida.
Mi marido no pregunta para enterarse. Pregunta cuando ya se ha enterado.
Tardé cuatro meses en preguntarme quién le había avisado esta vez.
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