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La vi por la ventana de la cocina antes de que llamara. Vi el Ibiza subirse medio metro al bordillo, vi la puerta abrirse, y vi a mi hija bajar y quedarse tres segundos de pie junto al coche mirando hacia la calle Jara, hacia abajo, hacia donde está la piscina.
Después vino andando por la acera y la vi andar.
—Hola, mamá.
Traía una bolsa de tela de la farmacia. No la misma. Otra igual, porque hay cuatrocientas.
Cenamos los tres a las nueve en la cocina, con la puerta del jardín abierta porque hacía treinta y uno a esa hora. Andrés hizo tortilla de patata, que es lo único que hace y lo hace bien, y mi hija le dijo que estaba buenísima y se comió un tercio de su ración.
Hablamos de la agencia. Hablamos de un cliente de laboratorios que se llama Zaneril y que quiere una campaña de menopausia con influencers de cincuenta años, y mi hija hizo una imitación de la directora de marketing de Zaneril que me hizo reír de verdad, con el estómago, por primera vez en diecisiete días.
Hablamos del calor. Hablamos de si conviene cambiar el aire acondicionado del salón antes de agosto o esperar a las rebajas de septiembre, y Andrés dijo que en septiembre.
Nadie dijo el nombre de Óscar Lema durante cincuenta minutos.
Es una cosa muy difícil de hacer y muy fácil de no notar.
En Valdecillas del Monte, en julio de 2026, no decir ese nombre en una hora de conversación exigía trabajo activo de las tres personas sentadas a la mesa, porque el nombre estaba en la caja del súper, en el grupo, en la peluquería y en el periódico comarcal.
Nosotros hablamos de un aire acondicionado.
A las diez y cuarto Andrés recogió la mesa. Recogió la mesa mientras nosotras seguíamos sentadas, que es lo que hace: se levanta y empieza a recoger cuando la conversación va a algún sitio, y uno tiende a pensar que es porque no le interesa la conversación.
—¿Y aquí cómo estáis? —dijo Coral.
—Aquí estamos bien.
—Ya. —Movió la miga de pan de su plato con un dedo—. En el grupo del pueblo dice la gente unas cosas.
—La gente dice cosas.
—Lo de la mujer esa, la del entrenador, la que…
—Vanesa. Vanesa Ortiz. Y no era la mujer de nadie: es la mujer de Nando Ortiz, de Retama 12, y está pasándolo francamente mal.
—Perdón.
—No me pidas perdón a mí.
Se me quedó mirando. Yo estaba fregando una fuente que no hacía falta fregar todavía.
—¿Tú lo conocías? —dijo.
Esta es la pregunta.
Mi hija me preguntó, el martes 7 de julio de 2026, a las diez y veinte de la noche, con su padre a dos metros metiendo platos en el lavavajillas, si yo conocía a Óscar Lema. Y llevo desde entonces sin poder decidir cuál de las siete preguntas posibles me estaba haciendo.
—Daba las clases de la sala. Lunes y jueves. Yo iba los jueves.
—Ah. ¿Ibas?
—Voy desde septiembre. Iba.
—No lo sabía.
—No es una cosa que se cuente por teléfono, Coral. Es una sala de máquinas.
—Ya. —Cogió una uva del frutero y no se la comió—. ¿Y qué tal era?
—Puntual.
—Puntual.
—Puntual, educado y barato. Es lo que se le pide a un entrenador.
Fregué la fuente. El agua caliente de esta casa tarda once segundos en llegar y hace un golpe en la tubería del office que Andrés lleva desde 2018 diciendo que va a mirar.
—Es que en el grupo del pueblo dicen que se llamaba de otra manera —dijo Coral.
—¿Quién dice eso?
—No sé. La gente.
—La gente en el grupo del pueblo dijo en marzo que iban a cerrar el ambulatorio.
—Vale.
Ahí paró. Y quiero dejar constancia exacta de lo que hice yo en ese punto, porque durante meses me he contado que no pregunté por no saber, y no es verdad: no pregunté porque tenía delante a una mujer de treinta y un años que estaba tirando del hilo de un hombre muerto en la cocina de su madre a las diez y media de la noche, y porque cada pregunta que yo le hiciera iba a ser una pregunta que ella pudiera devolverme.
Nos quedamos calladas. En esta familia el silencio no es incómodo; es de uso corriente. Lo tenemos amueblado.
—Mamá.
—Dime.
—El cuarto de abajo. —Estaba mirando el jardín negro por la puerta abierta, no a mí—. ¿Seguís teniendo ahí mis cosas de la facultad?
Cerré el grifo.
—Ahí no hay nada tuyo.
—Yo dejé dos cajas cuando me fui a Madrid.
—Las subimos al altillo en 2016.
—Ah. —Cogió otra uva—. Es que el otro día pensé en los apuntes de Farmacología. Por la campaña de Zaneril, que es todo menopausia y yo no me acuerdo de nada.
—Están en el altillo. Dentro de la caja azul.
—Vale.
Mi hija mide un metro sesenta y ocho. Aquella noche llevaba una camiseta ancha y estaba, lo vi cuando se puso a mi lado en el fregadero, cinco o seis kilos por debajo de lo que estaba en Navidad. Tenía las uñas comidas hasta la piel, las dos manos, cosa que dejó de hacer a los veintitrés años.
Andrés cerró el lavavajillas y le dio al botón, y el lavavajillas hace un pitido de tres tonos que se oye en toda la planta.
—¿Te quedas a dormir? —dije.
—No puedo, mañana tengo a las nueve.
—Son las once menos veinte.
—Ya. —Cogió las llaves de la encimera y se las quedó en la mano, que es lo que hace desde los diecisiete años cuando ya se ha ido y todavía está—. Oye, ¿te sobra ibuprofeno de seiscientos?
—Hay una caja en el armario del baño de arriba.
—Vale.
Se fue el miércoles a las siete y media de la mañana, antes de que yo bajara. Me dejó una nota en la encimera: Me llevo el ibuprofeno. Te quiero. C.
En el armario del baño de arriba, además del ibuprofeno, hay dos cajas de lorazepam de un miligramo a nombre de su padre, que se las receta el médico de empresa para los vuelos y que no se toma nunca. Estaban las dos. Lo comprobé.
El jueves 9 llamé al puesto de Valdecillas a las nueve y cuarenta y pregunté por la sargento Roca.
—Sargento, soy Reyes Salmerón, de Las Adelfas. Le llamo por una cosa menor que probablemente no sea nada.
—Dígame.
—En la junta de la semana pasada, un propietario comentó públicamente que tiene una cámara de videoportero en su puerta. Julián Sanz, de Retama 7. Yo le indiqué que se lo comunicara a ustedes.
—No lo ha hecho.
—Ya me lo imaginaba. —Cogí aire por la nariz, despacio, como se coge cuando se va a decir la frase de verdad—.
Mire, se lo digo con toda la incomodidad del mundo, porque yo soy la presidenta y no me corresponde.
El señor Sanz cerró el porche en 2023 sin licencia y sin comunicarlo a la comunidad.
Yo lo sé, él sabe que yo lo sé, y llevamos tres años sin hablar del tema.
Le digo esto solo para que entienda usted por qué ese hombre puede no tener ninguna gana de que la autoridad se acerque a su fachada.
Hubo una pausa al otro lado del teléfono que duró lo suficiente para que yo oyera el ventilador de su despacho.
—Se lo agradezco, señora Salmerón.
—Es que probablemente no sea nada.
—Probablemente. Lo miraré igual.
Colgué. Abrí la farmacia a las nueve y media, como todos los jueves. Entró la señora Pura a por la insulina y le pregunté por el pie.
He repasado esa llamada más veces que ninguna otra cosa de mi vida. La hice para poner delante de la sargento Roca un hombre asustado con una fachada ilegal, para que perdiera cuatro días, y para que esos cuatro días fueran cuatro días menos de mirar hacia mi calle.
Lo conseguí. Perdió los cuatro días.
Y a cambio le entregué, con mi nombre, con mi voz y con la incomodidad del mundo, el aparato que quince semanas después iba a entregar la única imagen que existe de lo que de verdad pasó en la tapia sur de Las Adelfas a las tres menos doce de la madrugada del veintiuno de junio.
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