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Fuimos siete de Las Adelfas.
Éramos sesenta y ocho parcelas.
El cementerio de Valdecillas está en la carretera de la estación, subiendo, y es un rectángulo de nichos de cuatro alturas con un ciprés en cada esquina y un aparcamiento de tierra. A las once de la mañana de un martes de junio allí no hay sombra en ninguna parte.
Habría treinta personas. La mayoría no eran de la urbanización: eran del pueblo, gente de la edad de Ginés Vidal, señores de setenta años con camisa de manga corta que se quedaron todo el rato en el lado de la izquierda y que se saludaban entre ellos por el apellido.
No hubo cura. Hubo dos minutos de silencio que los hizo el de la funeraria mirando el reloj.
En primera fila había una mujer mayor, bajita, con una rebeca negra y el pelo teñido de caoba, sentada en la única silla que habían sacado.
No lloró en ningún momento. Cuando subieron el ataúd al nicho —el 314, tercera altura, hay que usar la escalera— se levantó y se quedó de pie con las dos manos en el bolso.
Yo pensé que era una tía. Se lo pregunté a Charo Bermejo en voz baja y Charo me dijo que ni idea.
Cinco semanas después, en un cuarto piso sin ascensor de la avenida de Portugal de Móstoles, aquella mujer me sirvió cocido y me dijo que se llamaba Adelina.
En Las Adelfas no se organizó nada. No hubo colecta, no hubo corona de la comunidad, no hubo mensaje en el grupo.
Yo lo propuse el lunes por teléfono a la señorita Puy y la señorita Puy me dijo, con toda la corrección del mundo, que una corona de la comunidad podía interpretarse como un posicionamiento de la comunidad, y que había vecinos afectados.
Se refería a Nando Ortiz, al que todavía no había detenido nadie.
Puse yo un ramo. Lo pagué de mi bolsillo, sin tarjeta, porque no supe qué poner en la tarjeta.
Al salir, en el aparcamiento de tierra, estaba la sargento Roca apoyada en su coche, de paisano, y no había entrado.
—Buenos días.
—Buenos días. ¿Usted no entra?
—Yo en los entierros me quedo fuera y miro quién entra. —Se puso las gafas de sol—. Es feo y funciona.
Nos quedamos las dos viendo salir a la gente.
—Le voy a contar una cosa que va a salir en el juzgado igual —dijo—. Ya tenemos la autopsia.
—Dígame.
—Ahogamiento. Agua en los pulmones, así que entró en el agua vivo. —Hablaba mirando al frente—. Y un traumatismo en la región parietal derecha, sin fractura, compatible con un golpe contra un borde. Compatible con caída. Compatible con muchas cosas.
—¿Estaba bebido?
—Uno con cuatro. Que a las tres de la mañana, después de una verbena, es lo que hay.
—¿Y la hora?
—Entre las dos y las cuatro. Con esa temperatura de agua y ese margen, más no se puede afinar.
—Se separó del coche—. Señora Salmerón, ese hombre se golpeó la cabeza y se cayó al agua y no salió.
Si estaba solo, es un accidente y en tres meses archivamos.
Si había alguien delante, ese alguien lo vio hundirse y no hizo nada.
Los siete de Las Adelfas nos fuimos cada uno en su coche.
Yo bajé al pueblo, abrí la farmacia a la una menos veinte y despaché hasta las dos.
La junta extraordinaria se convocó para el jueves 2 de julio a las siete y media de la tarde en el salón de actos, y asistieron cincuenta y un propietarios, que es un récord absoluto de esta comunidad. El anterior era de treinta y ocho, en 2019, por lo de los patinetes.
Yo llevaba ocho días borrando.
Digo borrando en presente continuo porque no fue una sola noche: fue bajar cada madrugada a comprobar que el bloque seguía sin estar, que el registro seguía diciendo febrero, que nadie había tocado nada.
Once noches bajando a un sótano a verificar la ausencia de un archivo.
En mi oficio a eso se le llama conducta comprobatoria y se trata con inhibidores de la recaptación de serotonina.
El lunes 29, cuando levantaron el precinto, bajé a hacer el parte de estado del recinto para el seguro. Hay que fotografiar todo antes de reabrir.
El recogehojas estaba en su soporte.
Lo miré un rato. Tres metros y medio de aluminio con la red de nailon en la punta, encajado en las dos horquillas de la pared de vestuarios, seco.
Pregunté a Nayara y no lo había puesto ella.
Pregunté al del cloro y no había entrado desde el sábado.
Lo escribí en el parte del seguro —«material de limpieza: completo»— porque era verdad, y en la casilla de observaciones no escribí nada, porque en las casillas de observaciones nunca escribe nadie nada.
Un hombre había muerto en ese vaso ocho días antes y alguien había devuelto la pértiga a su sitio.
Yo, aquella mañana, pensé que la Guardia Civil se la habría llevado y la habría traído.
Abrí la sesión a las siete cuarenta, en segunda convocatoria.
—Buenas tardes a todos. Gracias por venir. Antes de empezar con el orden del día, quiero decir dos cosas. La primera es que Óscar Lema llevaba nueve meses trabajando en esta comunidad y que su entierro fue el martes en Valdecillas. Fuimos siete de aquí. Éramos sesenta y ocho.
Hubo un movimiento en las sillas. En una comunidad de propietarios el silencio se oye en las sillas.
—La segunda es que la Guardia Civil está investigando y que a esta junta no le corresponde investigar nada. Punto primero del orden del día: información sobre el estado de la instrucción.
Duró cuarenta minutos, en los que informé de que no tenía información. Es una cosa que se puede hacer si una tiene el tono.
Punto segundo: uso de la zona de piscina.
La instrucción había levantado el precinto el lunes.
Merche Berlanga preguntó si eso significaba que se podía usar.
Le dije que legalmente sí. Charo Bermejo dijo que ella no pensaba meterse.
Fito Quiroga dijo que él había pagado su cuota y que la temporada dura setenta y cuatro días.
Se sometió a votación la apertura de la piscina: treinta y nueve a favor, seis en contra, seis abstenciones. Se abrió el lunes 6.
Punto tercero.
En Las Adelfas todo lo importante ha ido siempre en el punto tres, y aquella tarde el punto tres era la partida de jardinería del segundo semestre.
—Dos mil cuatrocientos euros —leyó Fito—. ¿En qué?
—Reposición de setos, poda de perímetro y tratamiento fitosanitario.
—¿Otra vez adelfas?
—Otra vez adelfas —dijo Amparo desde la tercera fila, sin levantarse.
Y entonces pasó lo que pasa en las juntas de las comunidades de propietarios de todo este país, que es que cincuenta y un adultos que llevaban cuarenta minutos sin poder hablar de un hombre muerto encontraron por fin un asunto en el que podían gritarse.
—Yo quiero que conste que las adelfas son venenosas —dijo Alfonso Berlanga—. Venenosas. Toda la planta. Lo pone en internet.
—Alfonso, tus nietos tienen once y catorce años.
—Da igual la edad.
—No da igual la edad. —Amparo ni siquiera se volvió—. A los catorce años ya no se come uno los setos. Se comen otras cosas.
Risas de cuatro o cinco. Alfonso Berlanga se puso colorado desde el cuello.
—A mí me dan alergia —dijo Pilar Quiroga—. Desde mayo estoy con antihistamínico y el médico dice que es el polen del seto.
—El seto de adelfa no suelta polen suficiente para eso —dije yo, porque soy farmacéutica y hay cosas que una no puede dejar pasar aunque le convenga.
—Pues algo será.
—Será el olivo, Pilar. Como a media España.
Fito Quiroga se puso de pie con un folio, que en las juntas de esta comunidad es el equivalente a desenfundar.
—Mil ochocientos cuarenta euros. —Levantó el folio—.
Es lo que llevamos gastado en adelfas en cinco ejercicios.
Reponemos las que se mueren, y como se mueren todos los eneros, reponemos todos los junios.
Yo lo que digo es que si en vez de reponer plantáramos otra cosa que no se muriera, con lo ahorrado tendríamos medio vial reasfaltado.
—¿Y qué plantamos, Fito? —dijo alguien de la cuarta fila.
—Cualquier cosa. Un aligustre.
—Un aligustre tarda seis años en tapar.
—¿Y qué tenemos que tapar, si puede saberse?
Y ahí estuvo, dicho por Merche Berlanga a las ocho y diez de la tarde del jueves 2 de julio de 2026, delante de cincuenta y un propietarios, en el punto tercero del orden del día, y nadie de los presentes, empezando por mí, oyó absolutamente nada.
—Yo lo que digo —siguió Merche, que no se había enterado de que acababa de decir la única frase importante de la tarde— es que a mí me parece de un mal gusto tremendo que estemos aquí discutiendo de plantas con un hombre muerto en el vaso hace once días.
—Precisamente por eso, Merche —dijo Charo Bermejo.
—¿Precisamente por eso qué?
—Precisamente por eso.
Nadie entendió el precisamente por eso, y todos estuvieron de acuerdo, y aquello duró otros seis minutos.
Amparo esperó a que se cansaran. Es un método. Luego pidió la palabra levantando un dedo, y yo se la di.
—Yo llevo cuarenta años en esta calle. —Se levantó, que no hacía falta—.
Cuando llegamos, esto era un secarral con cuatro chalés y no había ni acera.
Los setos de adelfa los plantamos mi marido y yo en el ochenta y nueve, con Fermín cargando los cepellones, y los plantamos porque son las únicas que aguantan aquí el agosto sin riego y porque tapan.
—¿Tapan el qué? —dijo Fito.
—Tapan, Fito. —Se ajustó la rebeca—. Tapan el camino de servicio de la tapia sur, que es donde antes se dejaban los escombros y donde ahora, si quitáramos el seto, tendríamos una vista preciosa de los cubos de basura desde las terrazas de la calle Jara.
Y tapan la piscina desde la carretera. Que hay quien pasa por la carretera y mira.
Se sentó.
Se aprobó la partida de jardinería con cuarenta y siete votos a favor, ninguno en contra y cuatro abstenciones, y Fito Quiroga solicitó que constara en acta su abstención razonada. Constó en acta.
Punto cuarto: suspensión o mantenimiento de la comida de hermandad del último domingo de julio.
Se debatió veinticinco minutos si suspenderla era una falta de respeto hacia el fallecido o si mantenerla lo era hacia los vecinos.
Merche propuso mantenerla sin música. Charo propuso mantenerla con música pero sin baile.
Fito preguntó si la señal del catering se perdía en cualquiera de los dos casos.
Se aprobó mantenerla, sin orquesta, con un minuto de silencio al principio.
Ruegos y preguntas.
Merche Berlanga rogó que se recordara que las plazas de visitas no son plazas de segundo vehículo. Se recordó.
Y a las nueve menos cuarto, cuando yo ya tenía el bolígrafo en la carpeta, Julián Sanz, de Retama 7, levantó la mano desde el fondo.
—Una pregunta para la presidenta. ¿Las cámaras del vial estaban grabando la noche del sábado?
Cincuenta y un propietarios se giraron a la vez, que es un ruido concreto.
—No —dije—. El sistema comunitario está sin volcar a grabador desde febrero, pendiente de presupuesto. Consta comunicado por escrito a la Guardia Civil y consta en el acta de la junta de febrero, punto sexto.
—Ya. Es que yo tengo una cosa en la puerta, de esas del timbre con cámara, y la Guardia Civil no me ha preguntado.
—Pues si tiene usted algo, lo suyo es que se lo diga a ellos, no a mí.
—Ya, ya. Si es que no tengo nada. Lo decía por eso.
Se hizo un ruido de sillas y Merche Berlanga dijo en voz alta, para todos, que esas cámaras de los timbres apuntando a la vía común son ilegales, que se lo había dicho su cuñado, y que aquí se aprobó por unanimidad que la videovigilancia era competencia exclusiva de la comunidad.
—Efectivamente —dije yo—. La captación de imágenes de la vía común por particulares está prohibida.
Lo dije con la voz con la que se leen los artículos, y cincuenta y un propietarios asintieron a la vez, y dos filas más adelante Amparo Llobet, que llevaba cuarenta minutos sin abrir la boca, me miró un segundo y medio con una cara que en aquel momento me pareció de aprobación.
Levanté la sesión a las nueve menos diez.
El salón de actos tiene una puerta de doble hoja con dos cristales alargados, y al otro lado hay un pasillo con cuatro sillas de plástico apiladas contra la pared y una máquina de bebidas que no funciona desde 2021.
Milagros llevaba allí desde las siete y media.
Estaba sentada en la primera silla, con el bolso en las rodillas y el móvil apagado, y en la silla de al lado estaba Fermín, dormido con la cabeza vencida hacia el hombro de ella.
Amparo salió, le dijo algo que no oí, y Milagros se levantó y empezó la maniobra de despertar a un hombre de noventa kilos sin sobresaltarlo, que consiste en hablarle mucho rato de cosas de las que él se acuerda.
Milagros no puede entrar a una junta de propietarios.
No es propietaria. En Las Adelfas hay sesenta y ocho parcelas, ciento y pico personas con derecho de voto, y cuatro mujeres que llevan doce, quince o veinte años entrando y saliendo de esas casas todos los días de la semana, y ninguna de las cuatro ha estado nunca dentro de esa sala cuando se decide nada, ni siquiera cuando lo que se decide es el horario de la piscina en la que ellas vigilan a los niños de otras.
Pasé por su lado con la carpeta.
—Buenas noches, Milagros.
—Buenas noches, doña Reyes. ¿Ha ido bien?
—Ha ido larga.
—Ya vi. —Le puso a Fermín la mano en la nuca para enderezarle la cabeza—. Vamos, don Fermín, que ya nos vamos a casa.
Recogí el coche. Y conduciendo los cuatrocientos metros hasta mi puerta tomé una decisión que aquella noche me pareció una molestia administrativa y que hoy me parece la maquinaria entera funcionando delante de mis narices, con mi mano en la manivela.
A Julián Sanz había que quitarle la idea de la cabeza.
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