Vecinos de buena familia 7
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La clase de grupo terminaba a las nueve.

Aquel jueves quedamos cuatro recogiendo, y a las nueve y cuarto ya solo estábamos Óscar y yo, él enrollando esterillas y yo firmándole el parte mensual de uso de la sala, que es un papel que existe porque lo inventé yo para que el uso de la sala tuviera un papel.

—¿Tú te bañas alguna vez? —dijo.

—¿En la piscina?

—En la piscina de la que eres presidenta.

—No.

—Nunca.

—Nunca.

Terminó de enrollar la esterilla y la puso en el carro con las otras, y no dijo ¿por qué? , que es lo que dice todo el mundo, ni puso la cara de quien ya sabe la respuesta porque se la ha contado alguna vecina en una serie de sentadillas. Dijo:

—Está a veintiocho grados. Lo miré el martes.

—Veintisiete cinco. Lo miro yo todos los días.

—Pues eso.

Le di el parte firmado. Cogí mi bolsa. Y en la puerta de la sala, con la luz del pasillo ya apagada por el temporizador, le dije que si iba a nadar alguna vez sería a una hora en la que no hubiera nadie, y él me preguntó cuál era esa hora, y yo le dije que las once, y él dijo que las once le venía bien.

Nadie me obligó a decir ninguna de esas frases.

Llegué a las once y cuatro. La verja no chirría desde que la engrasé en octubre.

Óscar estaba sentado en el bordillo con los pies en el agua, vestido, y las luces del vaso apagadas, que se apagan solas a las once en punto por programación, y esa programación la aprobé yo en la junta de 2019 para ahorrar en la factura de la luz.

—Aquí hay una cámara —dijo, señalando el poste de vestuarios.

—Hay una cámara ahí y hay otra en el vial. Ninguna de las dos ve esto.

—¿Esto?

Le señalé el rincón. Entre la esquina del cuarto de la depuradora y la tapia sur hay un hueco de metro y medio, cerrado por el seto de adelfa, con el zumbido de la bomba y una losa de hormigón que en su día fue la base de un tobogán que quitamos en 2010 porque no cumplía la normativa.

Desde ahí no se ve la verja. Desde la verja no se ve eso.

—¿Y tú cómo sabes eso? —dijo.

—Porque las coloqué yo.

Fue lo primero verdadero que le dije y no me di cuenta de que lo era hasta muchísimo después.

Diré tres cosas y no diré más, porque no hace falta más y porque la parte que importa no es la que la gente cree.

La primera: yo elegí el sitio, yo elegí la hora, yo bajé andando los ciento sesenta metros de mi casa hasta la verja con las llaves en la mano, y en ningún momento de aquella noche fui una mujer a la que le pasó algo.

La segunda: Óscar besaba como escuchaba, con toda la atención puesta en lo que una hacía. Que es una manera de besar y es también una manera de tomar nota, y aquella noche a mí me dio exactamente igual cuál de las dos fuera, y he tenido después meses enteros para que me importe.

Y la tercera. Cuando terminó, y estuvimos un rato ahí sentados en la losa del tobogán que quitamos en 2010, con el zumbido de la bomba y el olor a cloro y a adelfa, que es un olor dulce y falso que se te queda en el pelo, él me preguntó desde cuándo estaba sola.

—No estoy sola. Llevo treinta años casada.

—Ya.

—Está durmiendo a ciento sesenta metros.

—Ya lo sé. —Se puso la camiseta—. Te he preguntado otra cosa.

Le dije que se fuera antes que yo, que la verja hace ruido al encajar y que a esas horas se oye desde la casa de los Berlanga.

Se fue. Yo me quedé nueve minutos más sentada en la losa, mirando el agua parada de un vaso de veinticinco metros a oscuras, en el que hace veinte años se ahogó mi hijo, y en el que aquella noche, por primera vez desde entonces, yo había estado tocando a alguien.

Volví a mi casa. Me duché para quitarme el cloro. Andrés dormía de lado, respirando por la boca.

Repetimos en abril y en mayo.

La cuarta y última vez fue el miércoles 3 de junio.

Aquella noche llovió a las diez, una tormenta corta de las de junio, y el suelo del recinto todavía estaba mojado y olía a tierra caliente.

Fue distinta desde el principio, y la diferencia la puse yo: me quedé más rato.

Las tres veces anteriores yo me había vestido primero.

Esa me quedé sentada en la losa con la espalda contra la pared de la depuradora, y le dejé fumar, cosa que le tenía prohibida, y hablamos treinta y cinco minutos de la nada.

De su padre no. De mis hijos no. De un viaje que él hizo a Escocia en 2011 y de una farmacia de guardia de Alcorcón donde yo hice la sustitución del verano del noventa y nueve.

Yo llevaba veinte años sin hablar treinta y cinco minutos con nadie de nada.

Luego se levantó a por la camiseta y me lo preguntó de espaldas, agachado, con la voz de quien pregunta una cosa sin importancia.

—Oye. ¿Tú sabes por qué no vaciaron la piscina en 2006?

El zumbido de la bomba de la depuradora hace un ciclo cada cuarenta segundos. Sube y baja. Conté uno entero.

—¿Y eso a qué viene?

—A nada. —Se puso la camiseta—. Lo leí en un acta.

—¿Tú lees las actas de mi comunidad?

—Las tenéis en el tablón del portal de la sala. Están todas escaneadas desde 2003. —Se pasó la mano por el pelo mojado—. Uno espera a que la señora Quiroga termine de cambiarse y lee lo que hay en la pared.

—No se vació porque no procedía.

—Ya.

—Es un vaso de cuatrocientos metros cúbicos. Vaciarlo y volverlo a llenar en junio, con la comarca en restricciones, eran ocho mil euros de 2006.

—Ya. —Cogió la bolsa—. Eso pone.

Y ahí termina. No me besó al irse, y eso yo lo registré como se registran esas cosas a los cincuenta y tres años, con un pequeño ajuste interno, sin darle importancia, poniéndome ya de pie para irme yo también.

Dieciocho días después bajó a la verbena del cuarenta aniversario con una camisa blanca y no salió del recinto.

Yo tardé veintiún días en volver a pensar en aquella pregunta, y cuando volví a pensar en ella él llevaba tres días muerto y yo acababa de borrar media hora de vídeo.

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