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L o primero que hice fue exportar.
Un archivo de vídeo no se borra de un grabador como se borra una foto de un móvil.
El sistema trabaja por bloques, sobrescribe en bucle cuando se llena el disco y guarda un registro de eventos que es una cosa distinta del vídeo: una lista de líneas de texto que dice qué cámara detectó movimiento, a qué hora, quién entró en el sistema y qué hizo.
El vídeo se puede quitar. El registro es más terco.
Después seleccioné el bloque en el grabador y le di a eliminar.
El sistema pregunta si estás segura. Le dije que sí.
El sistema pregunta si quieres eliminar también las marcas de evento asociadas.
Le dije que sí, y eso las quita del buscador, que es donde una las busca, y las deja donde estaban, que es el registro.
Delgado me lo explicó dos veces y yo lo subrayé con dos rayas y luego, doce años después, a las dos y un minuto de la madrugada, me acordé tarde.
Lo que no se puede eliminar es la línea que el propio sistema escribe cuando eliminas: archivo eliminado por el usuario .
Va con su hora y su nombre de usuario, que es admin, y admin soy yo, y no hay manera de quitarla porque el registro del sistema no es un archivo, es el sistema.
Delgado me lo dijo en 2014 riéndose: para eso hay que llamarme a mí y formatear entero, señora Salmerón, y entonces se pierden los tres años.
Miré la línea un rato largo.
Si formateaba, perdía doce años. Doce años de calle: los coches, los repartos, los niños creciendo en el vial, mi hija bajando del taxi en Nochebuena, mi madre en la acera el último verano que anduvo sola.
Y si no formateaba, en el registro de un equipo ilegal instalado en mi sótano quedaba escrita, con fecha y hora, la prueba de que la presidenta de la comunidad borró una hora de la noche del sábado 20 al domingo 21 de junio.
Cambié la hora del sistema.
Esto suena a mucho y es una tontería: en el menú de configuración hay un campo de fecha y hora, y se puede tocar.
Lo atrasé al 12 de febrero, hice tres eliminaciones más de bloques irrelevantes de febrero, dejé que el registro escribiera cuatro líneas seguidas de mantenimiento rutinario, y volví a poner la hora en su sitio.
Ahora la línea de mi hija estaba en medio de otras cuatro, en una fecha que no significaba nada, y cualquiera que mirase el registro vería a una señora ordenando su archivo un jueves de invierno.
Cualquiera que mirase el registro con la atención con que yo miro una receta vería que el sistema saltó de febrero a junio y de junio a febrero en el espacio de once minutos.
No se me ocurrió nada mejor. Lo digo tal cual: eran las dos y cuarto de la madrugada, yo llevaba desde 2006 sin llorar y no lloré esa noche tampoco, y no se me ocurrió nada mejor.
Subí. Me lavé las manos en el fregadero de la cocina, con jabón, como si hubiera estado tocando algo, y me di cuenta de lo que estaba haciendo a mitad, y terminé de hacerlo igual.
El pendrive lo metí en una caja de Nolotil vacía y la caja en el cajón del despacho donde guardo los papeles de la comunidad, entre el seguro de responsabilidad civil y el contrato de la empresa del cloro.
Una farmacéutica sabe una cosa que no sabe casi nadie: el mejor sitio para esconder algo no es un sitio raro, es el sitio correcto de una cosa parecida.
A las tres menos cuarto me metí en la cama. Andrés estaba de lado, respirando por la boca. Me quedé mirando el techo con el pulso completamente normal, cincuenta y ocho, sesenta, que es lo que tengo siempre.
No llamé a mi hija.
Esto es lo que me preguntan siempre y es lo único que la gente no consigue entender, y es también, creo, la única frase de todo esto de la que yo no me arrepiento: no llamé a mi hija porque llamarla habría sido preguntárselo, y preguntárselo habría sido pedirle que me lo contara, y en el momento en que Coral me lo contara habría dos personas sabiéndolo y una de ellas sería ella.
Mientras yo fuera la única, mi hija seguía siendo una chica de treinta y un años que trabaja en Madrid y que este año no bajó a las fiestas.
A las seis y diez sonó el despertador de Andrés. Se levantó, corrió la cortina un dedo para ver qué día hacía, y dijo lo que dice todas las mañanas de junio.
—Va a apretar.
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