Vecinos de buena familia 5
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Eran las diez y veinte. Yo estaba en la cocina con la carpeta de la comunidad y el móvil encima de la mesa, y salió su nombre en la pantalla.

—Hola, mamá.

—Hola.

—¿Estás bien? Es que me ha escrito la tía Puri diciendo que ha visto no sé qué en el periódico del pueblo.

—Ha habido un accidente en la piscina. Un hombre.

—Joder. ¿De la urbanización?

—El entrenador de la sala. No lo conoces.

Un silencio de dos o tres segundos.

—¿Y estás bien tú?

—Estoy bien. Estoy con lo del seguro, que es lo que hay que hacer.

—Ya. —Se oía un fondo de calle, un semáforo—. Es que con lo del sitio y todo eso, mamá. Digo yo que no será fácil.

—Es un vaso de veinticinco metros y llevo dieciocho años presidiendo esta comunidad.

—Vale.

—Coral.

—¿Qué?

—Nada. Que te llames si necesitas algo.

—Que me llame yo a mí.

—Que me llames.

—Vale. —Se rio un poco, la risa esa de compromiso que se hace por teléfono—. Oye, ¿el finde bajo?

—Como quieras.

—Es que tengo lío. Pero si me necesitas bajo.

—Baja cuando puedas.

Colgué a las diez y veintiséis. Recogí la carpeta. Puse el lavavajillas.

Treinta y siete horas después vi a mi hija cruzando la verja del recinto de la piscina.

El miércoles 24 a la una y cuarto de la madrugada bajé al sótano y abrí la CAM-03.

Había esperado tres días. Me he preguntado muchas veces por qué, y la única respuesta que resiste es la más pequeña: porque hasta esa noche había podido estar ocupada.

El domingo tuve el cuerpo, el lunes la farmacia y el martes a la sargento, y una mujer que tiene la agenda llena no tiene que decidir nada.

El miércoles no tenía nada. Andrés se durmió a las doce y media. Bajé.

La CAM-03 es la peor cámara del sistema.

Está a cuatro metros, mira a dieciocho grados hacia el este y por la noche trabaja en infrarrojos, que convierte a las personas en manchas blancas y a las adelfas en un muro negro.

Cubre la verja, el paso de la verja a las tumbonas y los tres primeros metros del bordillo. De ahí para dentro, nada.

Eso lo decidí yo en 2014, con un plano de la comunidad encima de la mesa del comedor y un rotulador.

Dieciséis cámaras da para lo que da. Se cubren los accesos, se cubren los viales, se cubren los portales, y el resto se acepta.

Un objetivo apuntando al agua era imposible: aquí se bañan niños en bañador y adolescentes en biquini y la comunidad me habría echado en la primera junta, con razón.

Así que la CAM-03 mira la puerta, y lo que pasa dentro del recinto es asunto de quien esté dentro del recinto.

Puse la línea de tiempo en 02:00 del domingo 21 y le di al play a velocidad uno, porque a velocidad dos las manchas blancas se saltan.

Verja. Adelfas negras. Un mosquito enorme cada pocos segundos, que son mosquitos normales pasando a cinco centímetros del objetivo.

02:03. Nada.

02:06. Nada.

Los banderines de la explanada no se ven desde este ángulo, pero se ve su sombra en el suelo del paso, moviéndose, porque a esa hora había algo de aire.

02:08:14 — movimiento detectado .

La verja se abre hacia dentro. Entra una figura.

Lo primero que se ve es siempre lo mismo: el blanco de la cara y el blanco de las manos, porque el infrarrojo se agarra a la piel.

Todo lo demás es una silueta gris. La figura entra, empuja la verja para dejarla encajada sin cerrar del todo —un gesto de quien no quiere ruido—, y avanza tres pasos por el paso de baldosa hasta salir del encuadre por la esquina inferior derecha.

Duró cuatro segundos.

Volví atrás y lo puse otra vez.

Cuatro segundos, cuarenta y siete fotogramas. Los tuve delante uno por uno, y a un tercio de la ampliación la imagen se rompe en cuadrados, y aun así.

No fue por la ropa. Llevaba algo largo y claro por encima, un vestido o una camisola, imposible de precisar. No fue por el pelo, que llevaba recogido. Fue por cómo andaba.

Mi hija pisa hacia dentro. Le pasa desde los cuatro años.

Se lo miró un traumatólogo en 2003, nos dijo que se corregía sola y se corrigió casi del todo, y de aquello queda una cosa que solo se ve cuando anda deprisa y que consiste en que el pie derecho entra medio centímetro por delante de la línea del izquierdo, y que le hace mover el hombro derecho un poco por detrás del izquierdo, y que le da a mi hija, cuando tiene prisa, un andar levemente torcido que a mí, cuando tenía diez años y cruzaba el patio del colegio hacia mí, me parecía la cosa más reconocible del mundo entre trescientas niñas iguales.

Coral cruzó la verja de la piscina el domingo 21 de junio a las 02:08:14 con prisa.

Y en la mano izquierda, colgando, la bolsa de tela.

Son de algodón crudo, con el nombre de la farmacia impreso en verde y el mortero del logotipo. Encargué cuatrocientas en 2019 para la campaña del día de la farmacia y las he ido regalando a razón de dos por semana durante siete años. Las hay por todo Valdecillas. Las hay por medio Madrid.

Se la di yo en marzo, llena de cosas del baño, porque se le había roto la bolsa de viaje.

Paré la reproducción. Subí a la cocina, bebí agua del grifo, con el vaso, de pie, y volví a bajar, y estas dos frases contienen catorce minutos de los que no tengo nada que declarar.

Adelanté.

02:37:41 — movimiento detectado . La figura entra en el encuadre por la esquina inferior derecha, cruza el paso de baldosa, empuja la verja y sale.

Cinco segundos. En estos cinco segundos anda distinto: más despacio, y se para un instante en la verja, medio segundo, con la cabeza vuelta hacia atrás, hacia el recinto.

Después se va por la izquierda, hacia la explanada, y ya no vuelve.

Mi hija estuvo veintinueve minutos y veintisiete segundos dentro del recinto de la piscina.

Adelanté otra vez.

02:41. Nada. 02:48. Nada. 02:52. Nada. 03:00.

Nada. 03:15, 03:30, 04:00, 05:00. El infrarrojo se apaga a las 06:12 con la primera luz y la imagen se vuelve de color, y las adelfas dejan de ser un muro negro y son otra vez blancas y rosas, y a las 07:00 arranca la depuradora, y a las 08:38 entra Nayara con la mochila y las llaves y se para en seco a los dos pasos.

Entre las 02:37:46 del domingo 21 de junio y las 08:38 de esa misma mañana, la puerta principal del recinto de la piscina de Las Adelfas no se abrió ni una sola vez.

Nadie entró después de mi hija. Nadie salió después de mi hija.

Me quedé sentada en una silla de plástico blanco, en el cuarto de las cajas, delante de un monitor de veintisiete pulgadas comprado de segunda mano, con la impresión física, en el esternón, de que alguien me había puesto una mano abierta ahí y estaba empujando muy despacio.

Tengo que decir una cosa con exactitud, porque de todo lo que viene después esto es lo único que no admite matices y lo único de lo que no me voy a defender.

No pensé: mi hija no ha podido hacer esto.

Pensé: hay que borrarlo.

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