Vecinos de buena familia 4
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Eso fue lo primero que se supo de ella en Las Adelfas, y se supo en dos horas, porque en cuatro casas le ofrecieron café y en las cuatro dijo que no, gracias, y sacó la carpeta.

En esta calle se ofrece de beber por sistema y se acepta por sistema, y una mujer que dice que no cuatro veces seguidas se convierte a mediodía en un tema.

A mí me tocó la quinta casa. Le ofrecí agua, por variar.

—Agua sí, gracias.

Cuarenta y pocos, o eso pensé al abrirle: luego supe que treinta y ocho. Uniforme, el pelo recogido tirante, unas ojeras de estar llevando tres cosas a la vez. Se sentó en el sofá con la carpeta en las rodillas y miró el salón exactamente durante el tiempo que se tarda en mirar un salón.

—Bonita casa.

—Es de 1989. Todo lo que ve es reforma.

—Ya. Mi padre echó los cimientos de esta fase. Ochenta y seis, ochenta y siete. Roca, Ismael Roca, no sé si le suena.

—No me suena. Yo llegué en el noventa y siete.

—No tendría por qué. —Abrió la carpeta—. Vamos con lo suyo, que tengo trece más.

Preguntó lo que había que preguntar y lo preguntó en un orden que no era el orden en que yo lo habría preguntado.

Empezó por la llave. Sesenta y ocho propietarios con llave del recinto, más los que entrenan, más el que la haya copiado en cualquier ferretería de Valdecillas en cuarenta años, porque el bombín del recinto es de perfil europeo estándar y no está protegido. Quiso el listado. Se lo di.

Después preguntó por el dinero.

—¿La comunidad le pagaba algo al señor Lema?

—No. La comunidad le cedía la sala. Él cobraba directamente a cada vecino, veintidós euros al mes por las clases de grupo. Las sesiones individuales las negociaba cada uno con él.

—¿Usted qué tenía?

—Grupo. Lunes y jueves.

—¿Y quién tenía individuales?

—Eso tendría que preguntárselo a cada uno.

—Se lo estoy preguntando a usted, que es la presidenta y esto es una calle de sesenta y ocho casas.

Se lo dije. Pilar Quiroga, Vanesa Ortiz, Charo Bermejo hasta marzo, el matrimonio Berlanga, y Amparo Llobet, que le pagaba dos días por semana no para entrenar sino para que la ayudara a mover a Fermín, ducharlo y meterlo en el coche, porque Fermín pesa noventa kilos y Amparo tiene setenta y un años y Milagros, sola, no puede.

Ester Roca levantó la vista de la carpeta.

—¿El entrenador personal duchaba a un enfermo.

—Óscar cobraba por horas y le daba igual el contenido de la hora. Aquí eso se agradece.

Lo apuntó. Luego pasó una hoja y no pasó nada durante cuatro segundos, que en una conversación son cuatro segundos.

—Señora Salmerón, en el atestado del domingo consta que las cámaras comunitarias no graban desde febrero.

—Está pendiente de presupuesto. Se lo comunicó el administrador por escrito.

—Sí, tengo el escrito. —Cerró la carpeta—. Es que hoy he ido a ver el poste. La cámara de la esquina de vestuarios tiene el piloto encendido.

En el mostrador, cuando alguien te trae una receta que no cuadra, hay una técnica: no se mira la receta, se mira a la persona, y se le da tiempo, porque casi siempre la propia persona termina de rellenar el hueco sin que se lo pidas.

Yo llevo veinticinco años haciéndoselo a otros.

Es la primera vez que me lo hacían a mí y reconocí perfectamente lo que me estaban haciendo.

—Los pilotos llevan encendidos desde febrero —dije—. La cámara alimenta, pero no vuelca al grabador. El técnico me dijo que es lo peor que hay, porque parece que funciona.

—¿Y a usted quién le dijo eso, el técnico o el administrador?

—El técnico. Delgado, de Valdecillas. Puedo darle el teléfono.

—Démelo.

Se lo di, y me tembló exactamente nada, porque Delgado es el técnico que me monta el mantenimiento desde 2014, me factura cuatro mil doscientos euros al año y lleva doce años sin hacerle a nadie una pregunta.

Ester Roca se guardó el teléfono en la carpeta.

—Una cosa más y la dejo. ¿Usted salió de casa el sábado por la noche, después de la verbena?

—No.

—¿A qué hora se acostó?

—Sobre las tres. Recogí la cocina.

—¿Su marido?

—Igual. Estábamos los dos.

—¿Y alguien más en la casa?

—No. Mi hija vive en Madrid. Este año no bajó a las fiestas.

—Ya.

Escribió tres palabras. Yo no sé cuáles fueron y he tenido tiempo de sobra para imaginarlas.

Amparo vino esa misma tarde, a las siete y media, con el bizcocho.

Entró como entra ella, que es sin pedir permiso pero pidiéndolo con el cuerpo, un paso corto en el recibidor y la espera hasta que una dice pasa, pasa. Dejó el bizcocho en la encimera, en el sitio del pan, como si mi cocina tuviera sitios suyos.

—Es de yogur, sin azúcar, que ya sé que Andrés no puede.

—No tenías que molestarte.

—Con estos disgustos nadie cocina, hija. —Se sentó en el taburete del extremo, el de la esquina, desde el que se ve la puerta de la calle y el pasillo—. He tenido a la sargento en casa cuarenta minutos. Cuarenta. Con Fermín dando vueltas y ella preguntándome por las llaves del kiosco.

—A mí me ha pedido el listado de propietarios.

—Es su trabajo. —Alisó el paño de cocina con dos dedos, dos veces, hasta dejarlo cuadrado con el borde de la encimera—. Pobre chico. Y pobre madre, esté donde esté.

—Creo que no tiene.

—Alguien tendrá. —Levantó la vista—. ¿Tú cómo estás?

—Bien.

—Tú siempre bien.

Puse el agua a hervir porque necesitaba ponerme de espaldas.

—Yo cuando bajé el domingo y vi la verja abierta —dijo Amparo detrás de mí—, se me vino todo. Todo, Reyes. Como la otra vez.

Cogí dos tazas. Las puse.

—Entonces también fue horrible —siguió—, y mira, la calle supo estar. Nadie vio nada, cada uno se ocupó de lo suyo, y a los que había que arropar se les arropó. Que es como se cuidan las familias. Ahora todo el mundo tiene que opinar en un teléfono.

—Ahora es distinto.

—Ahora es más ruidoso. Distinto no. —Cogió su taza cuando se la puse delante y sopló—. Esa mujer va a remover, y removiendo se saca barro, y el barro salpica a gente que no ha hecho nada. A la Vanesa ya la están crucificando en el grupo. ¿Tú has leído lo que le han escrito?

—Lo he leído.

—Pues eso. —Bebió—. Está muy bueno el té este. ¿Es el de la farmacia?

Se fue a las ocho y diez, y en la puerta, poniéndose bien la rebeca, me tocó el brazo con dos dedos, muy poquito, dos golpecitos secos.

—Cualquier cosa, me llamas. A la hora que sea.

—Gracias, Amparo.

—A ti, hija.

Cerré, volví a la cocina, tiré el té que no me había bebido y me quedé un momento con la taza en la mano.

Amparo Llobet sabe que Andrés no puede tomar azúcar.

Sabe que Charo Bermejo lleva la tensión mal desde enero.

Sabe qué le dan a la niña de los Berlanga para el asma.

En esta calle, la mujer que trae los bizcochos es la mujer que se conoce las contraindicaciones de todo el mundo, y yo llevaba dieciocho años presidiendo una comunidad de la que ella era la memoria sin haberme preguntado ni una sola vez de qué está hecha una memoria así.

Lavé la taza. La puse boca abajo en el escurridor, con el asa hacia el mismo lado que las otras.

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