Vecinos de buena familia 3
8%

3

Lo trajo Pilar Quiroga, que lo había conocido en un gimnasio de Majadahonda y que llegó a la junta de septiembre con una propuesta escrita a mano: aprovechar la sala de máquinas de la comunidad, que estaba muerta de asco desde la pandemia, y contratar a un entrenador para clases de grupo dos días por semana.

Coste por cabeza, veintidós euros al mes. Se aprobó en el punto tres.

En Las Adelfas la mayoría de la gente pasa de los cincuenta.

Nuestros hijos se han ido a Madrid, nuestros padres se están muriendo o ya, y la conversación de esta calle en los últimos diez años ha sido rodillas, tiroides, el precio de la luz y las obras del centro comercial.

Y entonces bajó a la sala de máquinas un hombre de cuarenta y dos años que se sabía los nombres de todos a la segunda clase.

No era solo el cuerpo, aunque el cuerpo estaba y él sabía perfectamente que estaba.

Era que escuchaba. Óscar preguntaba una cosa y luego preguntaba la siguiente, que es exactamente lo que no hace nadie.

Charo Bermejo le contó lo de su madre. Pilar le contó lo del hijo.

Fito, que es incapaz de decir una frase sin una cifra dentro, le explicó tres martes seguidos por qué se había ido de la empresa en la que estuvo diecinueve años, y al cuarto martes le pidió consejo, a un entrenador, sobre su vida.

Yo bajaba los lunes y los jueves a las ocho de la tarde, después de cerrar. Me apunté la segunda semana con un argumento perfectamente presentable: la presidenta debe usar los servicios que aprueba la comunidad.

En la ficha me preguntó por medicaciones y patologías, que es lo que se pregunta.

—Soy farmacéutica.

—Ah, perfecto. Entonces me lo cuentas tú a mí.

—No tomo nada. Tensión ciento veinte ochenta. Tuve una hernia discal en 2019 y hago los ejercicios.

—¿Los haces de verdad o los haces como los hace todo el mundo?

—Los hago de verdad.

—Ya lo veo —dijo, y se puso a escribir en la ficha—. Se te nota en cómo estás de pie.

Hay una cosa de aquel invierno que he tenido que contar cuatro veces, dos de ellas en una sala con una taquígrafa, y que la primera vez conté mal porque no le di ninguna importancia.

Fue un lunes de marzo, sobre las once y media de la mañana. Yo subía del pueblo con la compra y aparqué en la esquina de Jara porque la plaza de mi casa la tenía ocupada la furgoneta del butano.

Óscar salía de casa de Amparo Llobet.

Le tocaba los lunes y los jueves: llegaba a las diez, duchaba a Fermín, lo vestía, lo bajaba y lo dejaba sentado, y cobraba cuarenta euros la hora igual que por enseñarle a Pilar Quiroga a hacer zancadas. Eso lo sabía toda la calle y a toda la calle le parecía bien.

Lo que pasa es que aquella mañana tardó en irse.

Estaban los dos en el porche, de pie. Amparo en el escalón de arriba, con la rebeca, y él abajo, con la bolsa de deporte colgada, y estaban hablando. No discutiendo: hablando. Ella con las manos juntas por delante y él asintiendo.

Yo cerré el maletero y él me vio y levantó la mano.

—¡Buenas, Reyes!

—Buenas.

Y bajó los tres escalones y cruzó hacia mí, y Amparo se quedó arriba, en el porche, mirándonos.

—¿Te ayudo con eso?

—Puedo con la compra.

—Que ya sé que puedes.

Cogió las dos bolsas pesadas, que eran las del agua, y me acompañó los cuarenta metros hasta mi verja, y por el camino no dijo nada, que en él era rarísimo, y a mitad de camino se volvió a mirar hacia atrás.

Dejó las bolsas en mi escalón.

—Oye —dijo—. La señora Llobet lleva aquí desde el principio, ¿no?

—Desde 1986. Esto lo construyó su marido.

—Ya. —Se ajustó la bolsa de deporte—. Es que le he preguntado una cosa del sitio y me ha dado bizcocho.

Y se rio.

Se rio y yo me reí, porque es un chiste que en Las Adelfas entiende todo el mundo y que llevamos haciendo treinta años: a Amparo se le pregunta algo y te da de comer.

Cuando fui a contarlo por primera vez, en noviembre, dije que Óscar salía de casa de Amparo Llobet como salía todos los lunes. Punto. Eso dije, y era verdad, y me faltaban cuarenta metros, dos bolsas de agua, una pregunta y una risa.

Aquel lunes era el nueve de marzo.

Tengo cincuenta y tres años. Sé exactamente lo que hay: sé lo que ha hecho la gravedad, sé lo que hicieron dos embarazos, sé lo que hacen veinte años de mostrador en los tobillos, y sé, porque me lo veo en el espejo del baño cada mañana con la luz cenital que fue un error, dónde está la línea a partir de la cual una mujer de mi edad deja de ser mirada y pasa a ser tenida en cuenta.

Llevaba en el lado de acá de esa línea el tiempo suficiente para haberme acostumbrado.

Un hombre me dijo que se me notaba en cómo estaba de pie y yo tardé cuarenta minutos en volver a mi casa, que está a ciento sesenta metros.

Esto no lo cuento como confesión. Lo cuento porque forma parte del expediente y porque, si voy a contar el resto, no puedo permitirme empezar mintiendo en lo pequeño.

El lunes 22 de junio abrí la farmacia a las nueve y media, como todos los lunes.

Valdecillas del Monte tiene cuatro mil trescientos habitantes en invierno y once mil en agosto, y mi farmacia es la de la plaza.

Llevo el mostrador desde 2001. Sé quién duerme y quién no duerme.

Sé quién ha dejado de recoger su tratamiento del corazón y quién viene a por el de su mujer porque su mujer ya no baja.

Se puede saber muchísimo de un pueblo sin haber puesto una sola cámara, y durante los primeros veintiséis años de mi vida profesional eso me pareció suficiente.

El lunes 22 entraron treinta y una personas antes de las doce y veintinueve me hablaron del chico de la piscina.

—Dicen que fue el marido de la Vanesa.

—Dicen que llevaba bebiendo desde las siete.

—Dicen que se metió a nadar solo, a esas horas, con lo que había bebido, que es una imprudencia. Con perdón, Reyes.

Con perdón, Reyes, porque en Valdecillas la gente sabe que en el vaso de Las Adelfas se ahogó un niño hace veinte años, y sabe de quién era el niño, y por eso a mí me piden perdón antes de decir la palabra imprudencia.

Llevan veinte años pidiéndome perdón. Yo llevo veinte años diciendo que no pasa nada y despachando la receta.

A las doce y diez entró Milagros.

Viene los lunes, cuando le toca la compra, y siempre a esa hora, porque a las doce Fermín duerme la primera cabezada del día y es cuando ella puede bajar al pueblo.

Trae la tarjeta sanitaria de él en una funda de plástico con un gomelástico, y lo primero que hace al llegar al mostrador es ponerla encima, cuadrada con el borde, antes de saludar.

—Buenos días, doña Reyes. Los parches.

—Buenos días. ¿Sigue con los de nueve coma cinco?

—Sigue. El médico dijo que de momento no le subamos.

Le saqué la caja. Los parches de rivastigmina se ponen cada veinticuatro horas y hay que ir cambiándolos de sitio, y hay familias que llevan un cuaderno con un dibujo de un cuerpo y una cruz por día. Sé quién lleva el cuaderno y quién no. Amparo Llobet no lo lleva. Lo lleva Milagros.

—¿Y para usted?

—Ibuprofeno. El de seiscientos.

—¿La espalda?

—Las rodillas. —Se rio un poco, hacia dentro—. La espalda es de antes.

Puso el dinero de lo suyo aparte, en monedas contadas, y la tarjeta de la casa para lo de él, que es como se hace y como se ha hecho siempre en esta comarca sin que nadie lo haya escrito en ningún sitio.

—Qué mala cosa lo del chico —dijo, guardando la caja en el bolso.

—Sí.

—Y en la piscina, encima.

—Sí.

—Yo esa noche anduve hasta las tantas por la calle de atrás. —Cerró el bolso—. Se me fue el señor Fermín con la música y no lo encontraba. Tres cuartos de hora dando vueltas.

—Vaya.

—Y la señora había puesto un mensaje en el grupo de ustedes preguntando por él. —Se ajustó el asa del bolso en el hombro—. A mí no me llamó.

Le di el ticket. Me dio las gracias. Se fue.

Escribo esta escena entera, con las monedas contadas y los parches de nueve coma cinco, porque el lunes 22 de junio de 2026, a las doce y catorce minutos de la mañana, una mujer me dijo, de pie delante de mí, a un metro, mirándome a la cara, que había estado en la calle de la tapia sur de Las Adelfas dando vueltas mientras se moría Óscar Lema.

Y yo le di el ticket.

En mi descargo diré una sola cosa, y es la que peor me deja: no fue que no la escuchara.

La escuché perfectamente. La archivé. La archivé donde archivo lo que dicen las señoras que traen la tarjeta de otro en una funda con un gomelástico, que es un sitio de mi cabeza donde la información entra y no cuenta como información.

Ese lunes yo llevaba dieciocho años presidiendo aquella calle y no sabía el apellido de Milagros. Lo supe en diciembre, leyéndolo en una diligencia.

A las dos menos cuarto entró Nayara.

Traía el pelo mojado de la ducha y una camiseta de un festival, y se quedó en la puerta hasta que salió la última clienta.

—Hola.

—Hola, Nayara.

—Es que no sé si esto se puede comprar sin receta.

—Depende de lo que sea.

—Algo para dormir.

Le pregunté cuántas noches llevaba. Me dijo que tres. Le pregunté si dormía y se despertaba o si no cogía el sueño, y me dijo que cogía el sueño y que a las cuatro y pico estaba despierta y que ya no.

—¿Y qué te pasa a las cuatro?

Nayara tiene veintitrés años y estudia Ciencias de la Actividad Física en la Rey Juan Carlos, y hace socorrismo en verano porque paga once euros la hora y le cuadra con los exámenes.

—Que lo veo.

—Ya.

—Es que yo entré a las ocho y treinta y ocho y estuve mirándolo desde el bordillo no sé cuánto rato. —Se pasó la mano por el pelo mojado—. Y luego pensé: igual está vivo. Y no me metí.

—Nayara.

—Yo tengo el título de salvamento. Yo he hecho el curso entero, con maniquí y todo, y estuve mirándolo desde el bordillo sin meterme.

—¿Tú sabes cuánto tiempo llevaba ese hombre en el agua?

—No.

—Seis horas —dije—. Como poco. Lo dijo el forense delante de mí.

Ella se quedó mirando el expositor de las cremas, igual que se quedaría Nando Ortiz cinco meses después, en el mismo sitio, con el mismo gesto.

—Ya, pero es que eso no lo sabía yo desde el bordillo.

Y eso es verdad. Eso es exactamente verdad y no hay manera de quitárselo a nadie.

No le di nada para dormir. Le expliqué por qué: que a los veintitrés años y a los tres días, lo que hay es una reacción normal a una cosa que no lo es, y que meterle una benzodiacepina ahí es enseñarle al cuerpo un atajo que después cuesta mucho quitarle.

Le dije que si a las tres semanas seguía igual, entonces sí, pero con su médico.

—Vale.

—Y te doy otra cosa que va a funcionarte peor y que es gratis: cuéntaselo a alguien todos los días hasta que te aburra contarlo.

—¿A quién?

—A tu madre. A quien sea. A mí, si quieres. Yo aquí estoy de nueve y media a dos.

Vino cuatro veces más aquel verano. Siempre a las dos menos cuarto.

En la junta del 22 de septiembre se aprobó no renovarle el contrato para la temporada siguiente por haber comunicado ella su renuncia, y se acordó una tarjeta y un ramo con cargo a la partida de atenciones, y lo propuso Merche Berlanga y se aprobó por unanimidad, y nadie preguntó por qué renunciaba una chica de veintitrés años a un trabajo de once euros la hora que le cuadraba con los exámenes.

A la una y media entró la receta electrónica de mi hija.

No fue nada. Fue que estaba haciendo el cierre de facturación de la mañana, que es un listado, y en un listado los apellidos propios saltan a la vista igual que salta un número mal cuadrado.

No era una dispensación mía: era el aviso del sistema de que el tratamiento de una paciente de mi cupo, Coral Sanchís Salmerón, se había dispensado en otra oficina de farmacia. Código postal 28015. Chamberí.

Mi hija vive en Chamberí, así que hasta ahí no había nada que mirar.

Lo que había que mirar era desde cuándo. Entré en el histórico. Marzo de 2022.

Cuatro años. Cuatro años retirando su medicación a seiscientos metros de su casa, en una farmacia de barrio con un escaparate de dermocosmética que he visto al pasar, en vez de traérsela de la de su madre, que se la habría dado sin receta si hubiera hecho falta y sin cobrarle, como le doy el ibuprofeno y las tiritas y todo lo demás cada vez que viene un domingo.

Sertralina, cincuenta miligramos. Y desde octubre, lorazepam.

Cerré el histórico. Vino la señora Pura a por la insulina de su marido, y se la di, y le pregunté por el pie, y me contó lo del pie.

Ese lunes Coral me mandó un mensaje a las tres y cuarto: Mamá, he visto lo de la piscina en el grupo del pueblo. Qué horror. ¿Estás bien? Este finde no puedo bajar, tengo lío.

Le contesté que estaba bien y que no se preocupara. Le contesté eso porque era verdad y porque, además, mi hija no había bajado a la fiesta del cuarenta aniversario de Las Adelfas; me lo había dicho por teléfono el jueves anterior, que tenía una cena de la agencia y que lo sentía mucho.

Guardé el móvil. Seguí despachando hasta las dos.

Hay una cosa que sé hacer desde hace veinte años mejor que nadie de esta calle, y es no preguntar.

Se aprende igual que se aprende cualquier oficio: repitiendo el gesto hasta que sale sin pensar.

Mi hija llevaba cuatro años yendo a otra farmacia y yo, que lo tenía en la pantalla desde marzo de 2022 cada vez que hacía el cierre de la mañana, tardé cuatro años en mirarlo.

Lo miré el 22 de junio de 2026. El día después.

⁂