Vecinos de buena familia 2
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No es un secreto, exactamente. Es una cosa que existe y de la que no se habla, como el suelo radiante de los Bermejo o como que el hijo mayor de los Quiroga estuvo dos años sin salir de casa.

La comunidad sabe que la presidenta se ocupa de las cámaras y la comunidad ha decidido, con un instinto colectivo que no ha necesitado votarse, no preguntar cuántas ni dónde.

En las facturas figura como mantenimiento.

Yo, cuando pienso en ello, que es poco, lo llamo el mantenimiento.

El domingo por la noche bajé a las doce y cuarto, cuando Andrés se durmió.

Puse la verbena.

Es lo primero que hay que entender de mi archivo: yo no vigilo.

Vigilar es mirar en directo, y en directo no hay nada, en directo esta calle es una calle.

Yo reviso. Reviso como se revisa un inventario, por lotes y hacia atrás, y por eso vi la fiesta del cuarenta aniversario de Las Adelfas por primera vez el domingo a las doce y cuarto de la noche, con el cuerpo de Óscar ya en el Anatómico Forense de Madrid y la calle apagada, en cuatro ventanas simultáneas y a velocidad dos.

CAM-01, entrada principal. CAM-02, explanada, plano general desde la esquina de la caseta de contadores. CAM-07, aparcamiento de visitas. CAM-05, calle Jara.

A las 21:30 estaban montando las mesas. Se ve a Fito Quiroga discutir con el del catering por la colocación de la barra, señalando dos veces el sitio donde él quiere la barra y una vez el sitio donde no.

Se ve a la comisión de fiestas colgar el cartel de los CUARENTA AÑOS DE LAS ADELFAS con las letras cortadas en foam, torcido, y a Amparo mandar que lo bajen y lo vuelvan a subir.

Se ve a Milagros cruzar la explanada con Fermín del brazo a las 21:52, darle la vuelta con mucha suavidad cuando él se dirige hacia la carretera, y volver a entrar en la casa.

A las 22:40 estaba la calle entera. Ciento y pico personas, que en una urbanización de sesenta y ocho parcelas es prácticamente el censo con los nietos incluidos.

Y todos saludan.

Es una cosa que sale en las grabaciones y que a mí me consta desde hace años sin haberla pensado nunca: la gente, al pasar bajo un poste, levanta la mano.

No todos, no siempre. Pero pasan por debajo de la CAM-02, que está a la vista de cualquiera que mire hacia arriba, y hacen un gesto: Fito hace el saludo militar, las niñas de los Bermejo se ponen a bailar, Nando Ortiz levanta el vaso.

Nadie sabe con exactitud quién mira ni cuándo ni si alguien mira, y aun así saludan, porque a un objetivo se le saluda igual que a una vecina.

Es cortesía. En esta calle se saluda a todo lo que pueda estar mirando.

Óscar aparece a las 22:51 en la CAM-02, entrando desde el aparcamiento, camisa blanca, y en catorce segundos tiene delante a tres mujeres y a un hombre.

Le abrazan. Le dan dos besos las que dan dos besos y le dan un abrazo las que dan abrazos, y Vanesa Ortiz, que entrena con él los martes, se ríe con la cabeza echada hacia atrás.

Le puse pausa. No sé cuánto tiempo. Después le quité la pausa.

A las 23:14 salgo yo.

Entro en el plano de la CAM-02 por la derecha, con la bandeja de los vasos vacíos de la mesa cuatro, porque la presidenta recoge. Cruzo hacia la barra. Y a mitad de camino, en el borde inferior del encuadre, se me pone al lado Óscar Vidal.

Noventa y cuatro segundos.

En mi archivo eso es una mancha blanca y otra mancha blanca a cuarenta centímetros, y el sonido es un zumbido con picos.

Pero yo estuve allí y me acuerdo de las cinco frases, y las voy a poner aquí, y voy a decir por qué no las había puesto antes: porque llevaba desde junio contándome que aquella noche no hablé con él.

Me cogió la bandeja. Eso fue lo primero.

—Deja, que peso más.

—Puedo con una bandeja.

—Ya sé que puedes. —Me la quitó igual—. ¿Tú te vas a quedar hasta el final?

—Yo me quedo hasta que se vaya la orquesta.

—Claro.

Dejamos la bandeja en la barra. Él llevaba la camisa blanca y olía a colonia de hombre joven y estaba, no lo voy a escribir de otra manera, guapísimo, y llevaba dos horas siendo el centro de una calle de gente de cincuenta y de sesenta años que aquella noche estaba contenta.

Y me dijo, mirando hacia la orquesta y no hacia mí:

—Oye. El lunes me voy a pasar por la farmacia.

—¿Te encuentras mal?

—No. —Se rio un poco—. Es otra cosa. Es una cosa larga.

—El lunes por la mañana hay bastante gente.

—Ya. Iré a las dos menos diez. —Cogió un vaso de la barra—. Que es cuando no hay nadie.

Y se fue con el vaso hacia el corro de Pilar Quiroga, y yo volví a la mesa cuatro a por más vasos.

Iré a las dos menos diez, que es cuando no hay nadie.

Un hombre me dijo a la cara, a las once y cuarto de la noche del sábado 20 de junio de 2026, delante de ciento y pico vecinos, la hora exacta a la que pensaba contarme quién era y qué había venido a hacer a esta calle.

Y yo pensé que quería pedirme algo. Se lo juro a quien haga falta: yo pensé, mientras volvía a por los vasos de la mesa cuatro, que aquel hombre me iba a pedir que le dejáramos poner un cartel en el tablón de la sala.

A las 23:20 empezó la orquesta y el sonido de mis cámaras es malo, así que la orquesta en mi archivo es un zumbido con picos. A las 00:14 sale del plano la mitad de la gente, que es cuando se sirvió la cena en las mesas del fondo, fuera del ángulo. A las 01:02 vuelve a llenarse la explanada.

A la 01:47 pasa lo de Nando.

Yo ya lo había visto, como lo había visto toda la urbanización: alguien lo grabó con el móvil y a la una y media de la tarde del domingo estaba en el grupo, en el oficial, del que soy administradora, y en los tres grupos no oficiales que existen y de los que no soy nada.

En el vídeo del móvil se ve muy bien y se oye peor.

En mi CAM-02 se ve peor y no se oye nada, pero se ve una cosa que en el móvil no se ve, porque el que grababa levantó el teléfono cuando ya habían empezado a gritar.

Se ve el principio.

Se ve a Nando Ortiz salir de detrás de la barra con el vaso en la mano y cruzar la explanada en línea recta, veintidós metros, sin mirar a nadie de los que le saludan al pasar, hasta el corro donde está Óscar.

Y se ve a Óscar verle venir con dieciséis segundos de margen y no moverse.

Ni un paso atrás. Al contrario: se acaba la cerveza tranquilamente y deja el botellín en la mesa antes de que Nando llegue, que es lo que hace un hombre que ha decidido no tener nada en las manos.

Después ya es lo de siempre. Empujones, gente en medio, Fito sujetando a Nando por la cintura como se sujeta a un hombre al que no quieres sujetar del todo, Vanesa tirando de su marido con las dos manos y la cara vuelta hacia el otro lado.

Nando le grita a Óscar cuatro cosas. En el vídeo del móvil se entiende una: que le devuelva su dinero.

Las otras tres, según quién las cuente en el grupo, van de su mujer.

Óscar no dice nada. Óscar sonríe. Es una sonrisa que yo conozco y que en aquel momento, sentada en el cuarto de las cajas a la una menos veinte de la madrugada, todavía creía que era la sonrisa de un hombre que aguanta.

A las 02:00 la explanada empieza a vaciarse. A las 02:04 se cierra la barra. A las 02:06 salen del plano de la CAM-02 los últimos siete, entre ellos las hijas de los Bermejo con los zapatos en la mano.

Y a las 02:07 la explanada está vacía y hay un plano general de sesenta y ocho parcelas dormidas y guirnaldas de banderines moviéndose muy despacio, y yo tenía a un hombre muerto y una hora que cubrir, y en la esquina inferior de la pantalla, en el listado de canales, la CAM-03.

Puse el cursor encima.

—¿Reyes?

Andrés estaba en el hueco de la escalera del sótano, descalzo, con el pantalón del pijama y la camiseta gris de dormir, con una mano en la barandilla y la cara a contraluz de la bombilla del pasillo.

Cerré el portátil. Es un gesto que dura menos de un segundo y que yo llevaba doce años sin tener que hacer, porque en doce años nadie había bajado nunca.

—Es tarde —dijo.

—Estaba con lo del seguro.

—Ya. —No se movió—. ¿Vienes a la cama?

Subí con él. Le dejé pasar delante, apagué la luz del sótano desde el interruptor de arriba y en la cocina, al pasar, vi que había fregado las tazas del desayuno y las había puesto boca abajo en el escurridor, alineadas por tamaño, las dos asas hacia el mismo lado.

Nos acostamos. Me dio un beso en el hombro, como todas las noches, y se durmió en cuatro minutos, como todas las noches.

Yo me quedé pensando en una cosa sin importancia. En doce años nadie había bajado nunca al sótano de noche. Nadie. Y aquella era la primera noche en doce años en la que yo había bajado teniendo algo que mirar.

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