Vecinos de buena familia 1
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Vecinos de buena familia

Vecinos de buena familia

Por Mara Bastida

© inepub.com

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A las nueve menos veinte de la mañana del domingo me llamó Nayara, la socorrista, que lleva dos veranos con nosotros y todavía me llama presidenta.

Bajé andando. Son ciento sesenta metros desde mi puerta hasta la verja del recinto y los hago cuatro veces al día desde hace dieciocho años, así que no corrí. Correr en esta calle se ve desde todas las ventanas.

Nayara me esperaba en la verja con las llaves en la mano y la cara de una chica de veintitrés años que ha visto exactamente una cosa en su vida.

—No he entrado —dijo—. He abierto, lo he visto y he salido y le he llamado a usted.

—Has hecho bien.

—¿He hecho bien?

Le dije que sí otra vez, porque a veces hay que decir las cosas dos veces para que se queden, y entré yo.

El recinto por la mañana temprano es la parte más bonita de esta urbanización, y lo digo yo, que lo he votado todo.

Los setos de adelfa que plantamos en el noventa y ocho están ahora en flor, blanco y rosa, tan cargados que hay que podarlos dos veces por temporada, y el agua a esa hora está quieta y verde de tanto azul.

La depuradora había arrancado a las siete, como está programado, y la superficie tenía ese movimiento mínimo de la impulsión.

Óscar estaba boca abajo en el vaso, en la parte de los dos metros, con los brazos abiertos y la camiseta subida hasta los omóplatos. La espalda muy morena y muy trabajada, sin una marca. El agua le movía el pelo.

Miré tres cosas antes de mirar nada más, y las miré por costumbre profesional, que es la costumbre que me queda: la hora en el reloj de la fachada de vestuarios, las nueve menos diecisiete; el suelo alrededor del vaso, seco salvo lo que había mojado la impulsión; y el soporte de la pared donde va la pértiga recogehojas, que estaba vacío.

Anoté las tres cosas en el sitio donde anoto.

Luego llamé otra vez al 112 para decirles que no hacía falta que vinieran corriendo.

Eso es lo que hice. Lo digo así de seguido porque así fue.

A las nueve y diez ya había gente en la verja.

En esta calle las noticias no se transmiten, se filtran: alguien ve un coche de la Guardia Civil, se lo dice a la vecina de al lado por encima de la valla, y en once minutos hay catorce personas en bata y chanclas conteniéndose muchísimo.

Los del catering llegaron a menos cuarto y se quedaron en la furgoneta.

—Reyes, hija, ¿qué ha pasado? —Charo Bermejo, la de Mimosa 9, que cuida a su madre y por eso está siempre despierta.

—Ha habido un accidente. Está la Guardia Civil.

—Ay, Dios mío. ¿Es alguien de aquí?

Y esa es la pregunta. Esa siempre es la pregunta, y no se hace con maldad; se hace con contabilidad. La gente quiere saber si tiene que asustarse por su casa o solo por el mundo.

—Vamos a esperar a que digan ellos.

La pareja del puesto de Valdecillas llegó a las nueve y veinte: un cabo mayor que se llama Nieto y un agente joven que se puso pálido y lo llevó con dignidad.

Precintaron con la cinta que traían y me pidieron que despejara.

Despejar en Las Adelfas significa pedirle a cada uno individualmente, por su nombre, que se vaya a desayunar. Lo hice en once minutos.

Amparo Llobet llegó a las nueve y media, arreglada, con la rebeca de punto fino que se pone cuando el día va a apretar, y no preguntó nada. Se puso a mi lado en la verja, a la distancia exacta a la que se pone ella, y miró el agua un rato.

—Este chico tenía llave, ¿verdad? —dijo.

—Todos los que entrenan tienen llave. Lo aprobamos en marzo.

—Ya. —Se ajustó la rebeca—. Qué barbaridad, hija.

A las diez menos cuarto lo sacaron. Yo estaba de espaldas, hablando con el administrador por teléfono sobre el seguro de responsabilidad civil, que es lo que hay que hablar y alguien tiene que hablarlo.

Oí el sonido del agua cuando un cuerpo sale de ella, que no se parece a ningún otro sonido y que yo conozco, y seguí hablando de la póliza.

El cabo Nieto vino a por mí con la libreta.

—¿Usted es la presidenta?

—Reyes Salmerón. Desde 2008.

—¿Lo conocía?

—Óscar Lema. Entrenador personal. Trabaja con doce o trece vecinos, en el gimnasio de la comunidad y aquí, con los de natación. Lleva desde septiembre.

—¿Vive en la urbanización?

—No. En Valdecillas, en los pisos de la carretera. Aquí no vive nadie que trabaje aquí.

Lo dije sin ninguna intención y él lo apuntó sin ninguna intención, y ahí está todo el libro, si uno tiene ganas de mirarlo.

Me preguntó por la fiesta, por las horas, por quién cierra el recinto por la noche —nadie, tiene llave sesenta y ocho propietarios— y luego levantó la barbilla hacia el poste de la esquina de vestuarios, donde hay una cámara con su carcasa blanca y su cable por fuera de la pared.

—¿Eso graba?

Miré el poste. Es la cámara que cubre la puerta principal del recinto, la que lleva ahí desde 2014 y que quedó registrada en acta como «videovigilancia perimetral de zonas comunes, accesos».

Está a cuatro metros de altura, orientada dieciocho grados hacia el este, y cubre la verja, los tres primeros metros de la zona de tumbonas y nada más.

—Esa está en el perímetro —dije—. Dentro del recinto no tenemos cámaras. La junta lo ha votado dos veces y las dos veces salió que no. Hay menores bañándose.

—Ya. ¿Y el perímetro sí graba?

—Habría que ver si el disco estaba lleno. Se lo puedo consultar al administrador.

—Hágalo, por favor. —Pasó página—. Una cosa más. Usted entró antes que nosotros. ¿Vio algo fuera de sitio?

—El recogehojas.

—¿El qué?

—La pértiga de limpiar la superficie. Aluminio, tres metros y medio, con una red en la punta. Va en un soporte atornillado a la pared de vestuarios y esta mañana no estaba.

Lo apuntó, y me pareció que lo apuntaba por educación.

—Esta misma tarde.

Escribió algo, cerró la libreta y me dio las gracias por la colaboración. La gente le da las gracias a una por casi cualquier cosa cuando lleva bata blanca o cuando preside algo.

Volví andando a casa por la calle Mimosa.

Sacaron el cuerpo por la puerta grande, la de vehículos, que yo había mandado abrir a las nueve menos veinte sin saber para qué la abría, y en las aceras la gente saludaba al pasar la comitiva, porque en esta calle se saluda, se saluda siempre, y me saludaron a mí también.

—¡Buenas, Reyes!

—Buenas, Merche.

Andrés estaba en la cocina con el café hecho y el periódico en la tableta. Me preguntó si quería que bajara. Le dije que ya estaba todo. Se levantó, me puso la mano en la espalda, entre los omóplatos, y la dejó ahí el tiempo que se deja.

—¿Estás bien?

—Estoy bien.

Subí, me duché, me vestí para la farmacia aunque era domingo y no me tocaba, y a la una llamé al administrador y le dije que el disco de las cámaras comunitarias llevaba desde febrero sin grabar, que estaba pendiente de presupuesto, y que se lo comunicara él a la Guardia Civil por escrito, que es como se comunican estas cosas.

Le mentí a un cabo de la Guardia Civil a las nueve y cuarenta de la mañana del domingo veintiuno de junio, cuarenta minutos después de ver un cadáver en mi piscina, y no me tembló la voz, y no me lo pensé, y no fue la peor cosa que hice ese verano ni la quinta peor.

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