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Es una cosa que conviene decir sin adornarla: la desgracia llena. El año que tuvimos el pleito con la promotora vinieron ciento cinco. El año del granizo, noventa. Este año, con un hombre muerto en el vaso a cinco semanas, vino la calle entera con sus tuppers de ensaladilla.
Vanesa Ortiz vino.
Vino sola, con su fuente de ensaladilla tapada con papel de aluminio, y se sentó en la mesa cuatro, y la mesa cuatro se fue vaciando en veinte minutos con esa técnica que tiene la gente decente para levantarse a por hielo y no volver.
A las cuatro y cuarto Vanesa Ortiz estaba sentada en una mesa de caballete para diez con su fuente en el centro, comiéndose su propia ensaladilla, en una fiesta de ciento diez personas.
Fui a sentarme con ella. Que conste que no lo hice por bondad: lo hice porque soy la presidenta y porque a las cuatro y veinte aquello se veía desde el escenario, desde la barra y desde las ventanas de la calle Jara, y una comunidad no puede permitirse una imagen así.
—Hola, Vanesa.
—Hola, Reyes.
—Está buenísima la ensaladilla.
—No la has probado.
—Voy a probarla ahora.
Estaba buenísima. Se la come uno y sabe que lleva huevo cocido rallado por encima, que es lo que hacía mi madre.
—Nando no ha venido —dije.
—Nando no sale de casa desde el veintiuno. —Movió el tenedor por el plato—. No sale, no coge el teléfono y ha perdido dos instalaciones porque los clientes leen el pueblo. Y yo he tenido que dejar de llevar a los niños al polideportivo.
—¿Por qué?
Me miró como se mira a alguien que vive en la calle de arriba.
—Porque en el polideportivo están las madres.
En ese momento pasó Amparo detrás de nosotras, con el plato en la mano, y dijo, sin pararse:
—Vanesa, hija, qué bien que hayas venido.
Y siguió andando, y se sentó tres mesas más allá, en la de siempre, y no volvió.
Amparo Llobet llevaba desde las dos y media de anfitriona, saludando de mesa en mesa, con Milagros a diez metros dándole la comida a Fermín en la mesa dos, cortándosela en trozos pequeños, con un babero de tela que se había traído ella de casa para que no fuera de papel.
Milagros no comió hasta las cinco. Le pusieron un plato en la mesa dos, que agradezco, y en esa mesa se sentaron durante tres horas cuatro personas que hablaron entre ellas por encima de su cabeza.
A las cinco y media pillé a Julián Sanz en la barra.
—Julián.
—Hombre, presidenta.
—Lo del otro día en la junta. Lo de tu timbre.
—Uf. Mira, eso ya está.
—¿Qué está?
—Que ya vino uno de la Guardia Civil. El martes. —Se sirvió vino con las dos manos, mal—. Y con lo del porche encima, que me preguntó por el porche, que yo no sé quién les cuenta a estos las cosas.
—Ya.
—Se lo enseñé. El aparato es de los baratos, Reyes, de sesenta euros. Te avisa al móvil y ves lo que pasa en directo, pero no guarda nada. Para que guarde hay que pagar una cuota al mes y yo no pago cuotas.
—Ya.
—Le dije: mire usted, aquí no hay nada que ver. Y se fue.
Le dije que había hecho bien y me fui a hablar con la señorita Puy del presupuesto del catering.
Fue un alivio. Recuerdo el alivio con una nitidez que me da vergüenza: un alivio físico, en los hombros, mientras cruzaba la explanada entre las mesas de una comida de hermandad, saludando a la gente por su nombre.
Julián Sanz no pagaba la cuota.
La pagaba su mujer, desde su propio teléfono, con su propia tarjeta y a su propio nombre, desde marzo de 2024, por una razón que no tenía nada que ver con la seguridad de la vivienda y que Ester Roca tardó tres meses en averiguar y quince segundos en entender.
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