Vecinos con demasiado roce Chapter 36
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Chapter 36

Nunca había tenido miedo de llamar a una puerta en mi vida, y sin embargo aquí estoy, plantado delante de la suya con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar primero.

Sé perfectamente que ella está ahí, al otro lado de la puerta, y durante unos segundos me quedo imóvil, porque resulta que enfrentarte a una negociación multimillonaria es bastante más sencillo que enfrentarte a la mujer a la que amas.

Tomo aire.

—Ábreme la puerta, Virginia, por favor —le pido.

Entonces la puerta se abre y Virginia aparece al otro lado.

Joder.

La veo y algo dentro de mí se rompe al comprobar que ha llorado, pues tiene los ojos hinchados y parece agotada.

Durante unos segundos solo nos miramos, como si nos hubiéramos olvidado de cómo hacerlo.

—Hola. —Su voz apenas es un susurro.

—Hola.

Quiero explicarme, lo necesito.

—¿Puedo pasar?

Ella asiente con la cabeza y se aparta para dejarme pasar.

Cuando entro, cierra la puerta detrás de mí y de pronto estamos solos, como en todos los lugares que visitamos en la cita, donde parecía imposible que algo saliera mal.

—No te robé la idea —le aseguro con toda la sinceridad que puedo.

Virginia baja la cabeza.

—Lo sé, creo.

—No —niego con la cabeza. Doy un paso hacia ella—. No lo sabes. Si lo supieras no tendrías esa cara, ni habrías llorado y no me estarías mirando como si todavía te quedaran dudas.

Su respiración se rompe y yo también me siento al borde de quebrarme.

—No te robé la idea, simplemente la escuché, me enamoré de ella y después intenté hacerla más grande. Eso es todo.

—Gael, yo...

—Déjame terminar. Porque llevo todo el día callándome cosas, y si no las digo ahora probablemente no las diré nunca. Aquella conversación en Valencia cambió algo.

Virginia me mira y puedo ver exactamente el momento en que vuelve allí.

La horchata, el calor, todo.

—Cuando empezaste a hablar de NíaBeauty ya no estabas hablando de productos, estabas hablando de ti, de cómo ves el mundo y de cómo conviertes cualquier cosa en una historia. Y pensé —me río de forma nerviosa— que eras la mujer más increíble que había conocido en mi vida.

Ella cierra los ojos y una lágrima resbala por su mejilla.

—No hagas eso —me pide.

—¿Qué?

—No me hagas llorar más, por favor —dice, pero sonríe un poquito.

—Voy fatal de tiempo para dejar de hacerlo.

Una risa se escapa entre sus lágrimas y gracias a Dios, porque significa que todavía estamos aquí, que todavía existe ese nosotros que estaba empezando a nacer.

—Cuando llamé a Valeria no fue para vender tu idea. Fue para venderte a ti, tu proyecto. El mundo está lleno de gente que sabe vender cosméticos, pero no conozco a nadie que sepa contar emociones como tú.

Su boca se entreabre y sé exactamente lo que está pensando, porque yo habría pensado lo mismo: que exagero, que dramatizo, que estoy siendo intenso…

Pero no, en serio, por una vez no.

—La colección era tuya desde el principio. La reunión era para ti, el contrato era para ti, todo era para ti. La única persona de aquella historia que nunca iba a quedarse fuera eras tú.

Virginia rompe a llorar y yo siento cómo algo se me retuerce dentro, porque verla llorar me duele y más si es por mi culpa.

Eso es otro nivel de infierno.

—Lo siento.

La frase sale de sus labios tan bajito que casi no la escucho.

—Lo siento muchísimo.

Niego con la cabeza.

—No.

—Gael...

—No.

Porque aquí hay una verdad que ella todavía no entiende y necesito que la entienda.

—No voy a dejar que te disculpes sola —digo y ella parpadea, confundida—. Yo también me equivoqué.

—¿Qué?

—Pensé que tendría tiempo para explicarte las cosas, para decirte cómo me sentía, para dejar de esconderme detrás de las bromas, tiempo para todo, yo qué sé.

Me acerco hasta que apenas queda distancia entre nosotros.

—Y resulta que no, porque la vida no funciona así. Puedes cruzarte media Comunidad Valenciana en moto, responder preguntas de sobres, besar a alguien junto a una muralla y aún así quedarte sin tiempo para decir lo único importante.

Virginia me mira y el mundo entero desaparece.

—¿Y qué era lo importante?

La pregunta me atraviesa y, además, me parece imposible de esquivar.

Me siento derrotado, hundido y completamente enamorado, si es que esta locura es posible, así que le digo la verdad.

—Que te quiero.

Sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas y entonces sonríe.

Dios.

Esa sonrisa, la misma de siempre, la que empezó todo y la que probablemente acabará conmigo algún día.

—Menos mal.

Parpadeo, sorprendido.

—¿Menos mal?

Asiente con la cabeza.

—Iba a ser muy incómodo seguir enamorada de ti yo sola.

Y entonces la beso, porque después de tantos sobres y kilómetros hechos, tantos miedos y confusiones, por fin estamos diciendo la verdad.

Y resulta que la verdad se parece muchísimo a llegar a casa.