Chapter 37
Epílogo
Han pasado ocho meses desde Morella y Gael sigue convencido de que ronco.
Sigue mintiendo, claro.
Hay una teoría que dice que las personas no cambian, que simplemente aprenden a esconder mejor las mismas manías, los mismos defectos y los mismos miedos.
No sé si es verdad, pero lo que tengo claro es que hace un año no habría sido capaz de hacer esto ni de lejos.
—Virginia, deja de sonreír como una psicópata y ayúdame con estas cajas.
Levanto la vista y observo a Gael, que está al otro lado del local, arrodillado junto a una montaña de paquetes con una camiseta negra, las mangas remangadas y una expresión que deja bastante claro que se arrepiente profundamente de haber ofrecido su ayuda.
Sonrío todavía más.
—No estoy sonriendo como una psicópata.
—Llevas sonriendo sola quince minutos.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra muchísimo.
Me acerco y le robo un beso.
Porque sí, porque puedo, porque sigue pillándole por sorpresa y porque nunca me cansaré de hacerlo.
—Buenos días.
—Son las doce y media.
—Buenos días igualmente.
Niega con la cabeza, pero se está riendo, y eso sigue siendo una de mis cosas favoritas en el mundo.
La colección salió hace tres meses y todavía me cuesta creerlo.
Nostalgia.
Calma.
Valentía.
Amor.
Las cuatro emociones alineadas sobre las estanterías del local exactamente como las imaginé aquella tarde en Valencia.
O incluso mejor, porque aunque la realidad rara vez supera a la imaginación, esta vez sí.
Gracias a la colaboración con Valeria he podido avanzar tanto en mi negocio. La gente se volvió loca.
Además, colaboro de forma habitual con Inés Ferrer que, al igual que yo, también piensa que existen las citas perfectas.
¡ NíaBeauty va viento en popa!
—¿En qué piensas?
La voz de Gael me devuelve al presente.
Miro los productos, las cajas, las flores y a las personas entrando y saliendo.
Después lo miro a él.
—En que todo esto da un poco de miedo.
—Eso es porque eres tú.
—Gracias.
—De nada.
—Era sarcasmo.
—Lo sé.
Sonríe y entonces me guiña un ojo, el mismo con el que inició la guerra vecinal que protagonizamos hace ocho meses.
Siento algo cálido dentro del pecho, algo tranquilo, algo que desde que se marchó la iaia no conocía: PAZ.
*
La tarde termina mucho más tarde de lo previsto, como siempre, y cuando por fin cerramos el local ya es de noche.
Las calles del centro de Alicante brillan bajo las farolas y Gael baja delante de mí las últimas cajas.
—Voy a dejar esto dentro.
—Vale.
—No te escapes.
—No prometo nada.
—Virginia.
—¿Qué?
—Te conozco.
—Eso es discutible.
—Lamentablemente no.
Se pierde dentro de la estancia y yo me quedo fuera, esperando.
Es entonces cuando la veo, está sentada en el escalón del exterior del local donde ahora vendo mis productos de cosmética, moviendo las piernas.
Durante unos segundos no me muevo, de nuevo hacía meses que no aparecía, pero pronto es el aniversario del día en el que partió la iaia, así que tampoco me sorprende verla.
—Hola.
Ella gira la cabeza.
Hola.
Su voz es exactamente la misma, la postura también, incluso la cara de pocos amigos.
Me acerco, me siento a su lado y observo las luces de Alicante, que brillan a nuestro alrededor.
—Hace tiempo que no te veía.
Lo sé.
—Pensaba que te habías ido.
Patricia se encoge de hombros.
He estado ocupada.
—¿Haciendo qué?
Supervisándote.
—Qué detalle.
Alguien tenía que hacerlo.
Me río y ella también. Luego nos quedamos en silencio, observando la ciudad y escuchando el viento.
Creo que estoy llegando a una conclusión que me hace entender muchas cosas, y es que Patricia nunca fue el enemigo, solo era una alarma, una respuesta al miedo.
—Gracias —le digo.
Ella frunce el ceño.
¿Por qué?
—Por intentar protegerme todo este tiempo, por avisarme de todos los posibles peligros que podían acecharme.
Era mi trabajo.
—Lo sé.
Y además alguien tenía que impedir que tomaras decisiones absurdas.
—La mayoría de ellas las tomé igualmente.
Exactamente. Ya no me necesitas .
La frase se queda suspendida entre las dos, simplemente como una verdad.
Tiene toda la razón, ya no necesito a Patricia, porque ha cumplido con creces su función y, aunque no voy a echar de menos las palpitaciones ni los tics en el ojo que me provocaba con su presencia, sí siento que con ella también muere una etapa de mi vida y eso también da penita.
Entonces se pone de pie.
Bueno.
—¿Ya está?
Sí.
—¿Así de simple? ¿Te vas?
Virginia.
—¿Qué?
Gael te está esperando, mueve el culo.
Miro hacia mi izquierda y, efectivamente, Gael está cerrando el local, apenas me había dado cuenta.
Cuando vuelvo a mirar a Patricia está más lejos y más difusa, como una fotografía perdiendo el enfoque, como un recuerdo que poco a poco vas olvidando o una etapa que, como ya he dicho, termina exactamente cuando debe hacerlo.
Las lágrimas me escuecen detrás de los ojos cuando desaparece por completo, pero sonrío porque necesito vivir con normalidad, sin que me oprima el pecho ni me haga pensar cosas malas que en la mayoría de los casos jamás pasarán.
—¿Estás bien? —me pregunta Gael, sacándome de mis pensamientos.
—Eh, sí, sí. ¿Nos vamos a casa? —le respondo.
A casa.
Es que suena de maravilla eso de dejar de ser vecinos para ser… ¿vecinos con demasiado roce?
No lo sé.
El caso es que me alegro de que no tengamos que comunicarnos con toques de nudillos a través de la pared y de que Gael me cante esa canción que dice La vecinita tiene antojo, antojo que quiere resolver. El vecinito le echa un ojo… mientras se afeita.
Por cierto, ahora en la casa de Carmen vive una pareja de franceses supermajos que nos hacen cada viernes crème brûlée. Nosotros los deleitamos con una buena coca amb tonyina, que somos unos vecinos increíbles.
—Claro.
Me rodea la cintura, me acerca hacia él y durante un instante apoyo la frente contra su pecho escuchando los latidos de su corazón, la vida y el futuro que estamos construyendo juntos.
—¿Lista?
—Sí —sonrío.
El miedo sigue existiendo y existirá siempre, créeme, pero no hay que dejar que se ponga al volante ni que decida ni que mande.
Subimos a la moto para volver a casa, el motor ruge, las luces de Alicante se abren ante nosotros y, mientras rodeo la cintura de Gael con mis brazos, comprendo algo que me habría costado años entender.
A veces la vida no te lleva exactamente al lugar que habías planeado, hace que te equivoques de ruta, tomes desvíos absurdos, te pierdas, des vueltas y acabes más lejos de donde pensabas llegar.
Pero si tienes suerte, descubres algo mejor y es que hay personas que terminan convirtiéndose en destino.
Con todo lo bonito que me queda por vivir junto a Gael, mis amigas y con NíaBeauty, también he entendido que, después de todo, quizá el amor nunca fue la meta, sino el viaje.